Yo no quisiera ser de aquí

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Manuel José Arce - Yo no quisiera ser de aquí
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Viñeta

Carlos López

Manuel José Arce, poeta que conjuntó, como pocos, la congruencia entre decir y hacer, fue un militante de la literatura y de la revolución guatemalteca. Si —como dice Miguel Ángel Asturias— «el poeta es una conducta moral», Arce es un modelo a seguir: escribiente (como se definía, con humildad), activista, organizador, ideólogo, difusor de la cultura guatemalteca, su compromiso con la lucha de emancipación de su pueblo, la defensa de la libertad, la democracia, el progreso, la dignidad le acarrearon la represión de los distintos gobiernos dictatoriales que padeció Guatemala. Sufrió aislamiento, amenazas, persecución, cárcel, tortura, exilio. El poeta resistió de manera heroica, sin claudicar ni renegar de sus principios, hasta su muerte en el destierro. 
     Profesó el trabajo honesto, callado, libre. Sus fieles lectores reconocen en él a un autor fundamental de las letras guatemaltecas. Desde cualquier trinchera, en la intimidad, en el estudio, en el goce de la lectura, la poesía de Arce se recitaba, se pasaba de mano en mano, clandestina, como toda la literatura estigmatizada por los regímenes oscurantistas, que quemaban en público los libros que consideraban subversivos. El odio de la reacción guatemalteca por la cultura no tuvo límites: eliminó cualquier flor del páramo en que convirtió al país. 
     En la obra de Manuel José permea la creencia en los valores más sentidos de los pobres, marginados, reprimidos, explotados, oprimidos de su país. Sin embargo, Yo no quisiera ser de aquí reúne poemas apasionados, hechos con gran maestría, de distintas temáticas, formas, tonos y momentos; en ellos se oye y respira amor, rebeldía, desgarramiento, dolor, rabia, ironía. La mirada certera, compasiva, esperanzadora, vital de Arce trasciende fronteras, épocas. Con él se recupera el ánimo, se refuerza la certeza de que todo lo que se hace con el corazón toca las fibras profundas de quienes anhelan otro mundo más humano, más justo.

 


Viñeta

 

Estética y revolución

Óscar Wong 

El registro de las expresiones más profundamente emotivas va más allá de la búsqueda del reconocimiento público, como es el caso del poeta guatemalteco Manuel José Arce(1). Aunque algunos poetas buscan exteriorizar sus emociones a través de la sonoridad del verso. Del esplendor rubendariano, generado casi como homenaje o fusión de identidad, hasta la puntualización del verso directo, libre, a veces con resonancias ríspidas, cada autor plantea una dirección, un rumbo lírico, de acuerdo con sus necesidades expresivas, de acuerdo con sus necesidades afectivas. Es evidente que como reflejo de la realidad, que expresa a través del lenguaje una serie de pensamientos y sentimientos, la Poesía se erige como la voz más entera del hombre. En tal sentido, este objeto particular, este discurso lírico revela el basamento histórico, geográfico y filosófico de cada autor en un acto único e irrepetible. Más que un ejercicio de escritura, la Poesía constituye una profunda experiencia existencial. A veces un giro del lenguaje, la intención misma de las palabras y hasta el sentido visual de las metáforas traduce en el poema la personalidad del escritor. Conviene resaltar que el arte —y la Poesía lo es— representa una forma de conocer. Por eso cada poeta tiene la obligación de cantar al mundo a su particular manera. Por lo mismo, la perdurabilidad de los objetos artísticos se encuentra en relación directa con la profundidad de la visión filosófica, estética, que el autor entrega en su obra; a la capacidad de expresión, a sus valores cualitativos dispuestos de manera que trascienda su propio tiempo de creación. Forma y contenido logran esa unidad única, inseparable, de manera que el discurso poético transforme el sentimiento y lo entregue renovado. Así cada lectura es nueva, siempre. Por supuesto que hay una relación íntima, profunda, entre la palabra y el hombre, entre éste, como sujeto de la historia, y el mundo. Las palabras son trazos, signos, meros símbolos. La palabra reproduce un sistema de señales estrictamente humano: el de los sonidos articulados. La palabra, ya lo sabemos, «altera» la realidad, y además llena vacíos emotivos, existenciales. Aspectos sociales, intimistas; preocupaciones por la forma, hasta deseos de hurgar en el Yo más último, determinan algunas voces. La gradación temática se amplía en un amplio espectro que determina las intenciones técnico-formales de cada autor.

Hay, también, un vínculo muy estrecho entre poesía y vida. Por lo mismo, el poeta no es un simple emisor de elevadas notas líricas: también es un hacedor, un narrador de historias donde se encuentran todas las voces de la humanidad. Tiene, desde luego, una función social: dar voz a los demás, expresar no sólo el amor, sino también manifestar la inconformidad, lo injusto muchas veces de los procesos sociales, debido a la vinculación que persiste entre ética y estética. Insisto en citar a Paz, quien nos recuerda que la religión, la iglesia, cristiana desde luego, la política, la economía, etc., son «máscaras podridas que dividen al hombre de los hombres, al hombre de sí mismo»(2).Cierto: durante la turbulencia centroamericana y suramericana provocada por los regímenes militares de los 70, hubo manifestaciones internacionales de muchas organizaciones no gubernamentales para defender los derechos elementales de existencia, libertad, integridad y otros de aspectos políticos. La violencia bélica represiva contra la población tuvo lugar en esta zona. Y el poeta alzó su voz, su canto. Y a veces pagó con cárcel su osadía, como fue el caso de Heberto Padilla en Cuba, o con su muerte, como fue el caso de Roque Dalton. También se dieron movimientos literarios determinantes que buscaban devolverle al poeta el derecho a expresarse como persona, incluso el derecho a violentar a la sociedad y violentarse a sí mismo para romper lo que postulaban las modas o las academias. Huidobro, en Chile; y Vallejo, en Perú, son los pioneros, a quienes después se agregarían Pablo de Rokha, Gonzalo Rojas, César Fernández Moreno, Nicanor Parra y un largo etcétera(3). Estética y revolución coincidían tanto en narrativa como en poesía; la turbulencia centro y suramericana iba a la par con las tendencias literarias. El poema servía como ideología y praxis política. Nadaístas colombianos, con Gonzalo Arango a la cabeza, los tzántzicos(4) del Ecuador, el Movimiento Hora Zero, de Perú, y en México los infrarrealistas, con Roberto Bolaño y Bruno Montané, por la parte chilena, y Mario Santiago por la mexicana(5), son algunos de los antecedentes del poemario Yo no quisiera ser de aquí(6), de Manuel José Arce.

Poesía desnuda de artificios retóricos, expresiones coloquiales, versos directos que aprovechan la frase cotidiana, el sarcasmo y hasta el exabrupto, participan en este libro. Recurrencia social y política son algunos aspectos temáticos que aborda el autor, sin olvidar los acentos amorosos, combinados con tonos epigramáticos. El amor y la justicia se concilian en sonetos y décimas, así como en versos de expresión libre. Las circunstancias en que vive el poeta son reveladas con pasión crítica y social. El país, la patria, se convulsionan. Y el poeta clama:

 

Veo su mapa cercenado, una y otra vez.
Veo su historia de burlas crueles, sangrientas.
Veo su geografía amenazada por el planeta.
Veo a sus moradores misérrimos, ignorantes, enfermos, raquíticos
hambrientos.
Veo su suelo ubérrimo, inútilmente ubérrimo, para la mayor parte de sus
habitantes.
Veo su violencia, progresiva, galopante.

 

 

El poeta canta al mundo, revela la existencia. Por eso, aun cuando no milite en ningún partido político, está obligado a defender la vida. Y el escenario circundante se vuelve más dramático, más real y doloroso. Manuel José Arce lo sabe. Y denuncia:

En este mapa ardiente que describe mi patria
ya no existen niños:
desde que el hombre nace, nace adulto.
Adulto y combatiente.

 

Después de estos versos, el silencio deviene en obligación. El silencio que precede a la praxis política, el silencio que antecede a la acción bélica, defensiva. El mutismo representa un sueño oscuro: el silencio de la piedra no tocada. Y aquí convendríamos en resaltar la persistencia de cierta resonancia cósmica emanada de la materia. En cierto modo, la poesía está hecha de silencios. Y éstos provoca una imagen sonora. De esta manera, el poema resplandece.

Recordemos que la enumeración en poesía agrega atributos, crea atmósferas, conforma emociones. El silencio cobra inusitada significación. Aunque Yo no quisiera ser de aquí va más allá del silencio retórico. Lenguaje y realidad, poesía y testimonio, la dinámica del mundo —hostil, crudelísima— se refleja en la dimensión estética del poema. Así, la denuncia social, las expresiones coloquiales, determinan los territorios inasibles y reveladores de la esencia de lo poético.

 

Cuando sembramos el maíz,
sabemos que deberán pasar lunas y soles
hasta que la mazorca sonría con sus granos y se vuelva alimento.
Y cuando disparamos nuestras armas
es como si sembráramos
y sabemos
que deberá venir una cosecha.
Tal vez no la veamos.
Tal vez no comeremos nuestra siembra.
Pero quedan sembradas las semillas.

 

Una primera condición del poeta: saber de qué están hechas las cosas, conocer el pretérito y el futuro. Esa innata sabiduría se presenta en el poeta.Por eso procura revelarlas a través de ritmos e imágenes, fijarlas en la simultaneidad de planos significativos. Por eso el poeta puede, también, cantar a los sucesos sociales. El poeta instaura la verdad. Y exige que el mundo sea mejor, que la sociedad en que se encuentra asentado se base en el respeto a los demás. El poeta canta la libertad con dignidad y con su obra construye una cultura de paz. Ahí, justamente, estriba la fuerza del poeta y la naturaleza de los derechos del ser humano. Ahí se encuentra su fuerza moral. La poesía, ciertamente, es un arma. Y con ella en el corazón luchan los pueblos. «El amory la poesía —puntualiza Excilia Saldaña— son dos de los grandes privilegios con que cuenta el hombre y están ahí, siempre, al alcance de nuestras manos. Poesía y amor. En la tierra húmeda, en la yerba humilde, en el mar, en el cielo, en los ojos de un niño, en la risa de la madre, en el arma que nos acompaña, en el trabajo generoso, en la lucha por un mundo mejor. Es la vida que se nos da con toda su belleza, que se nos regala luminosa en cada amanecer mientras nuestras manos van construyendo el futuro». Por eso, Manuel José Arce determina lo siguiente:

Abro mi pecho acústico para oír tus palabras,
que lleguen por mis brazos
al corazón sonoro.
Pero tu voz no llega.
¿Dónde estás?
¿Por dónde pasa el río tembloroso de tu imagen?
¿Dónde estás?

 

 

Poesía: memorial de silencio. Un espacio donde la vida cobra relieve y dimensión. Yo no quisiera ser de aquí aborta con singular profundidad, a travésde versos directos, una apasionada visión crítica para denunciar las condiciones sociopolíticas guatemalteca de los años 60-70. Tonos epigramáticos, acentos amorosos, pero por sobre todas las cosas, con palabras vivas, con elementos conversacionales, con profunda emotividad, sin desligarse de la realidad social. La lección es clara: ahora más que nunca, frente al embate belicista de las naciones poderosas, frente a la violencia generalizada, ante la marginación, la pobreza, la degradación del medio ambiente y las flagrantes desigualdades sociales el poeta, incluso como ciudadano, está obligado a postular su verdad y a ejercitar su libertad a favor de los demás, aunque se quede Fuera del juego, como el cubano Heberto Padilla(7).

 

Óscar Wong, poeta, narrador y ensayista sinomexicano originario de Tonalá, Chiapas, fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1985-1986) y del INBA-FONAPAS (1978-1979). Pertenece al PEN Club México. Su más reciente obra es Poética de lo sagrado. El lenguaje de Adán (Ediciones Coyoacán, México, 2006).


(1) Guatemala, mayo 13 de 1935-Albi, Francia, septiembre 22 de 1985

(2) Piedra de sol, FCE, Méx., 1958

(3) Cfr. Fernando Alegría, Literatura y revolución, FCE, Méx., 1971, (col. Popular)

(4) De hecho, el movimiento fue en los 60, a través de la revista Pucuna. Los autocalificados «reductores de cabezas», puesto que tzantzas son las testas reducidas a menos del tamaño de un puño que realizan los indios de la selva oriental ecuatoriana, postulaban que la poesía era un instrumento de la política. Apud., Miguel Donoso Pareja, “Once poetas, seis países: ¿poesía concreta o poesía en proceso?, enMuchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego (antología de Roberto Bolaño), Editorial Extemporáneos, Méx.,1979, p. 22-23

(5) V. Miguel Donoso Pareja, op. cit. p. 13-36

(6) Antología poética, Editorial Praxis, México, 2006

(7) Conviene recordar su poema denominado «Poética»: Di la verdad./ Di, al menos, tu verdad./Y después/ deja que cualquier cosa ocurra:/ que te rompan la página querida,/ que te tumben a pedradas la puerta,/que la gente se amontone delante de tu cuerpo/ como si fueras/ un prodigio o un muerto.

 
 

 

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