Visita de Woody Allen a Venecia

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Hernán Lavín Cerda - Visita de Woody Allen a Venecia
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Viñeta

 

HERNÁN LAVÍN CERDA nació en Santiago de Chile, en 1939. Es licenciado por la Facultad de Filosofía y Humanidades, de la Universidad de Chile, desde 1965. Fue redactor y columnista de varios periódicos y revistas de su país durante la década del 60 y principios del 70. En 1970 obtuvo el Premio Vicente Huidobro por su texto de narrativa poética La crujidera de la viuda. En 1971 fue becario del taller de escritores jóvenes dirigido por Enrique Lihn en la Universidad Católica. Reside en México a partir de octubre de 1973. Desde 1974 es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el área de letras hispánicas. De 1975 a 1979 dirigió el taller de poesía del Instituto Nacional de Bellas Artes. A partir de 1992 es miembro de la Academia Chilena de la Lengua. Ha publicado más de cincuenta libros de poesía, ensayo y narrativa de ficción. Ha sido traducido al alemán y al inglés. Parte de su obra aparece en antologías de Latinoamérica, Estados Unidos y España.

 


Viñeta

 

Hernán Lavín Cerda, La fiesta de la palabra

Carlos López

Con una actividad literaria —que incluye novela, poesía, ensayo— iniciada hace casi medio siglo en Chile, un país que viviría una convulsión con niveles casi dantescos de 20 años, pero con una tradición literaria envidiable, empezando por la renovación poética de Carlos Pezoa Véliz, luego por Vicente Huidobro, seguida de Nicanor Parra, el máximo creador de la antipoesía, iniciada por Virgilio Piñera en Cuba, Hernán Lavín Cerda, a quien le gusta jugar con su apellido, con la vida, con todo, con nosotros, que terminamos involucrándonos en el vértigo de sus grandes versos y sus poemas de largo aliento, se ha ganado el reconocimiento de quienes tenemos la dicha de conocerlo desde hace más de 20 años. En Editorial Praxis publicó Tal vez un poco de eternidad (2004), La sublime comedia (2006) y ahora Visita de Woody Allen a Venecia (2008).
    Hernán Lavín Cerda tiene la voz poética de un joven; trata a las cosas por su nombre, por lo que tal vez a algunos les parezca irreverente, iconoclasta. Oigamos el siguiente poema: «Dos estómagos»: «Dicen que las vacas tienen dos estómagos: uno para la mierda/ y otro para rumiarse a Dios, el primero/ y el último, el Gran Simpático,/ la primera y la última esperanza de los rumiantes// de siempre, nosotros, los más antiguos, ustedes,/ los más ambiguos, aquellos que aún están naciendo en el aire/ del Gran Simpático, la primera y última esperanza/ de los resucitados con alegría».
    El animalario del poeta —en el que no hace falta desarrollar gran olfato para reconocerse—, sus personajes tan cercanos a nuestro contexto, aunque su estirpe sea milenaria, las preguntas ontológicas que plantea sin necesidad de abstracciones inentendibles, el lenguaje directo, accesible, su diálogo con otros bardos de su estirpe (Vallejo, en primer lugar), todo se da cita en este libro que tiene un timbre único, una voz singular.
    En la poesía de Lavín Cerda hay hondura en la percepción de la realidad, en las rutas de la introspección, en el tono lúdico, subversivo. La manera irónica de poetizar el mundo es una de las características del oficio revolucionario de este autor, que bordea los límites entre las formas tradicionales de hacer poesía, la aventura del riesgo y el rigor de la academia. El poeta se renueva en cada libro, reinventa su pasión por la palabra viva, que transforma.
    La sintaxis llana de Visita de Woody Allen a Venecia reconfirma el prodigio de la pluma sin tregua del autor, que entrega en cada título no sólo la suma de su erudición sino, también, su mirada abarcadora de mundos cotidianos que él, con magia, vuelve sorprendentes. Sus versos alcanzan vuelos convulsivos, invitan al viaje de la inteligencia. En el tren de la locura en que nos encontramos inmersos, se agradece la poesía que nos saca del aletargamiento, que opera en nosotros el milagro de la sonrisa y que, de paso, nos llena de cultura, signos, claves.
    Lavín Cerda entiende a la poesía como un acto milagroso. Su libro es un viaje de la imaginación y un viaje real; data en distintas geografías algunos de sus poemas, en donde prevalece el verbo sobre todas las palabras, lo que le da un ritmo sorprendente a la travesía. Uno de los trabajos del poeta es hacer visible el vacío, volver tangible la nada. Para realizar esta alquimia se requiere paciencia, entrega, pasión. Tantos años de oficiar como maestro de generaciones de poetas, tantos años de exorcizar demonios o de atraerlos, tanto pulir la piedra han revelado la rebelión, la inconformidad y le han dado al poeta la serenidad para escanciar sus mejores versos.

 

Viñeta

 

Visita de Woody Allen a Venecia

Héctor Carreto

Lo que probablemente sienta el lector que inocente abra esa cajita de sorpresas que es Visita de Woody Allen a Venecia, de Hernán Lavín Cerda, tenga que ver con la extrañeza de haberse inmiscuido en un lugar donde las cosas no ocupan el sitio que convencionalmente les corresponde: como en los lienzos de René Magritte, los objetos parecen estar ilógicamente acomodados. Aquello que la cultura nos enseña como anómalo lo presenciamos tanto en el pintor belga como en el poeta chileno como algo natural. Así, la esposa del «Caballero del monóculo», en una confesión que imaginamos le hace al psicoanalista, en un tono pausado, sereno, detallado, acerca de las anormalidades de su consorte, llegamos a percibir que para ella tienen el mismo nivel de anormalidad la risa y el llanto histéricos del cónyuge que el «ritmo pendular de su lengua bífida».
    Y ya que tocamos el tema del ritmo, confieso al público que el lento aleteo de los versículos de los poemas de Hernán, de esos expansivos versos que terminan muchas veces de fundirse con la prosa, siento que en cada lectura me van envolviendo hasta dejarme atrapado en un vuelo que nunca sé con certeza adónde me conduce. Este ser conducido con los ojos vendados me hace recordar a Felisberto Hernández, y no únicamente por el camino sin señales que ambos autores van tomando sino también por el tono perturbador y clandestino, desequilibrante, iconoclasta, pues, ¿quién diablos dijo que lo normal era normal?, ¿quién está realmente autorizado para asegurar que Cristo era una estatua siempre seria o una imagen de calendario? Como Buñuel en La vía láctea, Lavín Cerda nos revela que Jesús también fue un hombre con debilidades, como escribe en «La vida breve» y en «La eternidad». Reproduzco, de este último título, el texto completo: «Últimas palabras de Jesucristo desde aquella cruz que aún está volando por encima y por debajo del mundo, como si fuera la sombra del más viejo ombligo sepultado en la profundidad de las tierras más húmedas:   —Siento un poco de vértigo. No estoy acostumbrado a la Eternidad».
    Y si Jesucristo recobra su dimensión humana, el hombre común y corriente, pero tímido, tendrá que compactarse a las dimensiones de un mosquito para poder entrar, sin ser invitado, ni advertido, en un «campo nudista junto al mar de olas neuróticas». Fisgoneará, se posará sobre vastas colinas cubiertas con bloqueador solar y se le hará posible penetrarlas con su «aguja cándida, libidinosa y sutil». Además, por la velocidad de su vuelo, este «sexópata que sólo se mueve en círculos de mucosidad» difícilmente podrá ser alcanzado por el mosquitero o por un periódico doblado.
    El manejo que este autor hace de la litote, es decir, de la reducción extrema, también lo encontramos en un espléndido texto: «Una historia real», donde cuestiona la percepción que tenemos del espacio.
    A semejanza de Neruda, Lavín Cerda mantiene una relación casi erótica con las cucharas. Queda hechizado frente a sus formas curvas, brillantes y lisas: «Alguien me ha regalado una cuchara brasileña. Yo la toco suavemente y la beso por debajo, la muerdo con relativa elegancia, me descubro en el desliz de sus líneas curvas, dejo caer mi lengua en el reflejo de su ojo —esa mirada cóncava y convexa—, me miro en su reflejo y la cuchara sonríe, inoxidable, como una viuda…».
    En cambio, en su acercamiento a los muebles es inevitable no pensar en el autor de las Historias de cronopios y de famas. Aunque el autor chileno no pretende armar un manual de instrucciones sino que nos da algo así como una historia precientífica tanto de la naturaleza como de los artículos construidos por el hombre para algún fin que no tenían en el principio de los tiempos, donde nadie, ni los filósofos más filosos, se ha preguntado jamás qué ocurría con los cuerpos humanos antes de que se descubriera la cama. En su aguda reflexión, nuestro poeta nos hace ver que tal vez el hombre descansaba como los caballos, ya que escribe: «Mucho antes del descubrimiento de la cama,/ los hombres dormían de pie, sin conocer el miedo,/ y la paz universal no era una utopía».
    En cuanto al humor, Hernán Lavín Cerda pertenece al árbol genealógico de los ya citados Felisberto Hernández, el Cortázar de los cronopios y los famas y el Neruda de «Estravagario». Además, escuchamos ecos de Nicanor Parra, humor negro de Buñuel, neurosis de Woody Allen y respiraciones de Gonzalo Rojas, de quien hace un homenaje a su poema «Cama con espejos», en un texto que resulta ser su negativo: si en el de Rojas abundan las luces, que los espejos reproducen hasta el infinito, en el de Lavín la cama está a oscuras, como lo prefieren los amantes; no vemos sino escuchamos: en vez de reflejos escuchamos el incansable martilleo del tic tac, la respiración de los cuerpos en su desnudez; la cama está dentro de la cueva «donde no solamente se escucha/ la respiración de los muertos y los vivos de cada día,/ sino también ese rumor que viene de lejos, aquel rumor/ como la espuma siempre carnal de la apariciones y las desapariciones».
    Cuando maneja las imágenes, éstas me siguen sorprendiendo por los recursos frescos e ingeniosos: una cebolla de nombre Narcisa que hace llorar aunque ella no pueda hacerlo, una berenjena cuya cáscara compite con la piel de Venus y la espalda de una mujer, cuya belleza semeja un estadio olímpico son algunas de las muchas asociaciones que nos salen al encuentro por todos lados.
    Los invito cordialmente a que se arriesguen a internarse en la aventura lúdrica y zigzagueante de Visita de Woody Allen a Venecia.

                                              El Péndulo, 31 de marzo de 2009

 

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