Tremévolo

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Adán Echeverría - Tremévolo
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Viñeta

Tres formas de ver el amor en Tremévolo

 

Carlos López    

Un signo marca el poema de largo aliento Tremévolo y tres aires distintos: la libertad en el lenguaje, el cuerpo como centro del universo, la decadencia y tormento del estado de amor, y la necesidad expresiva de una voz poética doliente, inquisidora, música filosa con arpegios bestiales. El desasosiego del poeta está colgado de la rendija de una alcantarilla o de una piedra cósmica: en sus cantos no hay cosas grandes ni pequeñas; todo está tejido con sorprendentes imágenes que laten en la vida diaria como crisálidas. Adán Echeverría entrega un poemario despojado de vestiduras, lejos de retóricas vacuas, con voz propia.

El contrapunteo en los versos del poeta viene de una voz profunda que se desgarra, que no tiene asidero; la soledad de barro y de viento, viento vertical que trae cantos lejanos, barro que no remite a la tierra sino a la moldura de los hombres imperfectos; la luz mortecina que lo alumbra no deja ver la claridad, pero tampoco la noche termina de cerrar los espacios; entre poema y poema hay oquedades, respiros para soportar el afán de la vida por seguir a pesar de todo.

La desolación traspasa Tremévolo como una pantera blanca, como la muerte; el poeta por mo­mentos reflexiona, por momentos grita, le habla al sujeto poético, lo increpa, lo hace cómplice; si no fuera por eso, sentiríamos más la trepanación de la rutina, del hastío. Dice Gustave Flaubert que «la perla es la enfermedad de la ostra y el estilo el derrame de un dolor más profundo». El poeta lo sabe. También, que existen varias formas del silencio; que algunos silencios se reflejan en el espejo y golpean como si desde muy adentro del espejo surgiera la fuerza que los impulsa; otros que atraviesan como la luz el cristal; otros que sólo se oyen; hay silencios que no sólo rom­pen el alfabeto de los signos, lo ordenan, le dan sentido.

En Tremévolo, Adán Echeverría pone al descubierto sus filias literarias, con lo que también abre su alma, pero un conocedor de la literatura como é1 sólo necesita las herramientas del len­guaje para componer. Y ésta es otra característica de su libro: con pocos recursos literarios (algu­nas anáforas y otros leves guiños a Vicente Huidobro, a César Vallejo, a Gerardo Diego, a los creacionistas en general y a los surrealistas e hiperrealistas contemporáneos; algunos oxímorons), deja que la majestuosidad de la palabra se imponga, sin ripios ni afanes demostrativos. Es é1 y su dolor, él y su pasión, é1 tres veces viviendo su forma de poetizar el mundo y sus orillas.

En estas fronteras, en este andar en el filo, el poeta ve poco para afuera; en su descenso al in­framundo, sólo lo acompañan los recuerdos; sin embargo, a pesar de ser producto de la memoria, eco de otras voces, el poema siempre se construye con una voz original, los hechos que lo molde­an siempre son nuevos. Por eso la poesía destila pasión, sinceridad y cada poema nos cautiva. La fidelidad a esto y la convicción de escribir con la única moral que exige la literatura a quienes la practican, la de escribir bien, revive en los libros con espíritu. 

Tremévolo encierra las jaurías demoniacas, los dardos flamígeros, las agujas de la obsesión, la rasgadura de la máscara, el desarraigo calcinante, las grietas de Adán Echeverría; también, sus búsquedas, sus viajes adentro del ser, sus navegaciones inmóviles, su única certeza: la de estar vivo en su poesía.
 

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