Territorio del tiempo

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Territorio del tiempo, Albert Ràfols-Casamada, 2010, 120 p., ISBN 978-607-420-053-9, $150.00
$150.00


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Viñeta

 

Francisco Calvo Serraller

Las revelaciones de Ràfols no se han hecho contra sí mismo, sino extendiéndose y ahondándose más él mismo por la naturaleza pictórica y poética, ya que parece abarcarlo todo. Para explicarme esta belleza, que es producto de una total libertad conquistada a través de toda una vida, no puedo resignarme a reducir el hallazgo de este don a una cuestión de maestría técnica, sino a una decantación espiritual, que es, en suma, no me cabe la menor duda, pariente directa del «temblor del tiempo», el juicio final de la pintura, que es, a la vez, su consumación y resurrección. ¡Vaya paisaje!

 

 


Viñeta

 

Eduardo Moga

Los poemas de Ràfols-Casamada -en los que se advierten ecos valentinos, como su insistencia en la espera y la luz, y de eso que se ha llamado poesía del silencio- son poemas de la fugacidad: poemas que atrapan instantes. Algunos de ellos, brevísimos, casi haiku, transcriben literalmente esa sensación de instantaneidad.

 

 


Viñeta

 

Albert Ràfols-Casamada: «Hay un tiempo de cantos...»

José Francisco Conde Ortega

 

En las primeras páginas —10, 15— de El amor, Marguerite Duras nos convierte en testigos de un triángulo inusitado. Un hombre que camina con un paso tan regular que parece un prisionero, otro que únicamente mira y una mujer encinta parecen querer que el lector se vuelva cómplice propiciatorio de un silencio que favorece, en la isla que les sirve de escenario, el arrobo ante la gama de colores que suscita la luz, en su empecinado ir y venir del día a la noche, en su contacto con el mar, la arena y los resquicios de un paisaje melancólicamente compartido. Es, a fin de cuentas, la puesta a prueba de la experiencia vital más onerosamente destructiva: el amor.

Algo muy parecido ocurre con Territorios del tiempo, antología poética de Albert Ràfols-Casamada preparada por Miguel Ángel Muñoz. Si bien el libro contiene una selección de la obra poética del autor en un espacio de tiempo reducido —1976-2007—, sí es posible percatarse de una tensión vital que da sentido al conjunto: un triángulo que atisba las luces de la creación en el ávido movimiento de sus vértices: la conciencia vigilante de Ràfols-Casamada, la búsqueda de la palabra escrita que permita vislumbrar el misterio de la creación y la omnipresencia de la línea y de la forma conforman las aristas de un oficio poético obsesiva y dolorosamente sujeto a su carácter transitorio.

La conciencia vigilante de Ràfols-Casamada le permitió erigirse como una de las figuras intelectuales más notables del siglo xx. Es uno de los mayores pintores abstractos; y ejerció, como necesidad vital la teoría, el magisterio y la poesía. Todo como un asidero en la zozobra; como una manera de cercar el tiempo para explicarse la fragilidad y la permanencia de ese «minuto fraudulento», de ese instante en que el artista roza la eternidad. Por eso la referencia a Marguerite Duras, pues ésta coloca a sus personajes en la experiencia límite del olvido, quizás para entender menos superficialmente algo muy parecido al amor. Por eso los ángulos de su triada se mueven caprichosamente, como un espejo que siguiera las opacidades de la vida. Así los lados del triángulo de Ráfols-Casamada.

De seis títulos son los poemas tomados para esta antología: Territorio del tiempo, Ángulo de luz, Roc de mestral, El color de las piedras, Huésped del día y Textos dispersos. En ellos se deja ver una constante: la búsqueda de equilibrio entre la tradición y la ruptura formal de las vanguardias. Así, la permanencia de un ritmo de cadencia antigua pasa, sin mayor apuro, a la amplia ola rítmica tan cara a, por ejemplo, T.S. Eliot. Todo en busca, inevitablemente, de la imagen irrepetible y, al mismo tiempo, esclarecedora del misterio de la forma pictórica. Por eso casi todos los poemas enuncian empecinadamente el presente, como si el poeta hablara en voz baja para conjurar a los fantasmas que se mueven traviesamente entre el límite siempre evanescente del pasado y el futuro. Es la conciencia vigilante y la palabra, dos lados del triángulo que buscan su tercera posibilidad: la certidumbre de la línea.

Por eso dice el poeta, en Roc de mestral: «para rencontrar la imagen/ sonora vuela una abeja». Ardua sinestesia que configura un arte poética. Ése es el camino —uno de tantos, quizás— que permite el libro al lector. Es decir, imagen en busca de la imagen. Conciencia vigilante que mira con cierta desconfianza a las vanguardias, pero sin rechazarlas. De ahí que la parte en ese sentido más propositiva sea la de los poemas de Huésped del día. Allí se encuentra más confiada la conciencia vigilante del artista. Y todo mediante dos artificios seguros. El primero es la decantación de la imagen. Decantación que lleva a Ráfols-Casamada a ofrecer una versión personalísima del haiku. La otra, asumirse como testigo ultraconsciente de otros artistas en el momento de la creación.

Así, Ráfols-Casamada cierra las aristas de su triángulo. Deja que el lector comparta un poco esa búsqueda de la (sin)razón del arte. Por eso es ejemplar el poema titulado «Gris»:

 

                                   ¿Qué color tiene la luz

                                    cuando entra por las ventanas?

                                   Con gesto seguro

                                               Velázquez

                                   pinta

                                               y

                                   piensa

                                   mientras pinta.

  

Casa del Tiempo, 50-51, México, dic., 2011-ene., 2012, p. 94-95

 


Viñeta

 

José Antonio Sáez

 

En la antología poética del pintor catalán Albert Ràfols-Casamada, titulada Territorio del tiempo y publicada por la editorial mexicana Praxis, se compendian textos seleccionados de un largo periodo comprendido entre los años 1976-2007 por el poeta y crítico mexicano Miguel Ángel Muñoz, amigo personal del pintor fallecido en 2009. Concretamente, se integran en ella poemas extraídos de los libros Territorio del tiempo (1976-1989), Ángulo de luz, Roc de mestral, El color de las piedras (1989-1994), Huésped del día (1994-2002) y Textos dispersos (2002-2007). En la introducción que va al frente del volumen, firmada por el propio Muñoz («Lenguaje y tradición en la poesía de Albert Ràfols-Casamada») se nos hace saber lo siguiente: «Ràfols reconoce las resonancias de la tradición clasicista mediterránea que heredó una infancia influida por el nouvencentisme que defendía Eugenio d’Ors» (p. 9). Señala, además, el crítico mexicano desde las influencias de la poética íntima de Sunyer hasta las del expresionismo abstracto estadunidense o el espacialismo europeo. En los poemas de Ráfols-Casamada hay un pintor que se acerca con inteligencia y sensibilidad a la pintura de la poesía. Sus versos son sensaciones pictóricas visuales y emociones pictóricas surgidas de la forma y el color, del espacio y la superficie, no exentas de emoción y fascinación, los cuales rayan, en múltiples ocasiones, en el minimalismo poético. Pintor de palabras, los trazos y las superficies sobre las que imprime forma a lo que no tiene forma. Podríamos decir así, en un juego verbal, que el autor hace de su pintura poesía, y poesía de su pintura.

 

La mirada ausente, España, 24 feb., 2013

 

 


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