Taciturna luz

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María Elena Espinosa Mata - Taciturna luz
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Viñeta

 

Taciturna luz

María Elena Espinosa Mata (Ciudad Mante, Tamaulipas) es licenciada en educación primaria. Ejerció el magisterio durante 30 años. Publicó el poemario Hiéreme, amor (2004). Durante el 2004, asistió al taller de poesía de Óscar Wong. Radica, desde hace 25 años, en Altamira, Tamaulipas.

 


Viñeta

 

Sueños, desaliento, evocaciones: lírica reflexión de una mujer que penetra en el territorio de la madurez. Tonos sacros, diversas vertientes de una salmodia existencial que se adhiere a las cosas cotidianas. Taciturna luz significa la voz del entorno perpetuándose en estos poemas, una breve meditación sobre el ámbito social. He aquí las tres circunstancias que se concilian en este poemario de María Elena Espinosa Mata para forjar un volumen rítmico, de aliento íntimo-social que revelan un trabajo sostenido. «Extinta hoguera», «Desvanecidos huecos», «Cópula sonora»: triada singular que eslabona la luminosidad plena de nostalgias y de ensoñaciones. Taciturna luz abre una nueva etapa en el trabajo literario de la escritora tamaulipeca.
 


Viñeta

 

Taciturna luz, una salmodia existencial

Óscar Wong

María Elena Espinosa ha conseguido expresar sus emociones, describir las parameras de su espíritu con insólita singularidad en este puñado de poemas que, para mí, conforman su primer poemario. Los textos de Taciturna luz[1] muestran un primer nivel emotivo, generador de otros elementos sustanciales en el poema. Y ya sabemos —desde la época de Aristóteles— que el ritmo está delimitado por la emoción, que se fija en un tamaño, en una métrica precisa, con una intencionalidad y una función determinadas. Pero más allá de esa expresión, muchas veces retórica, hay elementos que nos entregan una cadencia, un orden sonoro elemental, que puede funcionar óptimamente si se utilizan diversos mecanismos, como son el hipérbaton o algunas figuras de repetición que elevan al máximo su vehemencia.
    Quienes nos dedicamos a leer, más por gusto que por obligación, sabemos que la literatura representa ese espacio sagrado donde la realidad se revela con toda su carga contradictoria. Horror y belleza se contraponen y, muchas veces, se concilian para darnos esa carga existencial cotidiana (aunque en demasiadas ocasiones la realidad circundante es más severa y dramática que la literaria.). El mundo, ciertamente, es más terrible que la imaginación de los escritores. Cioran es más contundente cuando revela que en 1a naturaleza nada está en su sitio, ni siquiera el mismo mundo; por eso la injusticia, la aceptación del nacimiento, la pasión amorosa, la temperatura o la muerte.
    El destino es aterrador: hasta las estrellas se pulverizarán[2] y acaso hasta el mismo Dios ha sucumbido «siglos de edades arriba» y «hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta»[3]. Desde esta visión pavorosa, todo es caótico y perturbador. La voracidad de ese sombrío dios helénico que devora a los hombres está presente a cada instante. El mundo tal vez fue creado por ese dios oscuro que concebían los cátaros. Y la Palabra misma demuestra el vacío que se agranda y se hace presente.
    Ante esta expectativa, al individuo no le queda más que escribir, desfogar esa contradicción original, determinar su trágico sino a través de la escritura. Develar su futuro, revelar esos trazos con sonido y significados conocidos como palabra. ¿Y qué es la literatura sino ese cruel enfrentamiento entre el cielo y la tierra? La turbulencia primigenia, ese matrimonio anómalo que generó al ser humano, es justamente la causa del horror, del miedo a la existencia, que se debate entre lo sublime del poema y la pavorosa terrenalidad de las historias que se narran.
    Así, la eternidad se vuelve, en términos de Cioran, un lugar común, una manifestación del poeta que canta a la existencia como tema único. Por lo mismo, sorprende que después de su ardua tarea magisterial, después de su jubilación, María Elena Espinosa viajara, durante semanas, desde Altamira, Tamaulipas, hasta el caótico Distrito Federal, con su bagaje de sueños para enfrentarse a la tarea de aprender, y aprehender, los elementos primarios y primigenios del verso. En esa tarea, la autora tamaulipeca supo que el poeta, el hacedor y descifrador de signos, busca su propia salvación, acaso sin conseguirlo. Por eso también hace uso de su aciaga función y se pasa la vida reproduciendo imágenes, descifrándolas.

    El mito celta nos habla del Niño Divino, quien, al quemarse con el brebaje mágico del caldero que cuidaba, se lleva el dedo a la boca; entonces conoce el presente, el pretérito y el futuro, así como la esencia de las cosas. Éste es el cometido del poeta, además de nombrar al mundo.
    Esto aprendió María Elena Espinosa en este proceso literario: enfrentarse a la realidad, a surealidad. Por eso ahora pretende designarla con sus propias herramientas. Y ya se encuentra a mitad del camino. Al menos empieza a caminar a través del verso, con segura imprecisión, con certero bamboleo; aunque la instancia iluminadora, el manotazo afortunado,como dijera en su momento Eduardo Lizalde, aún no lo consigue. Vendrán, seguramente, poemas de perfectísima factura, perturbadores, arrebatadores, porque después de todo, atrás de cada verso hay más de una experiencia de vida. Sueños y frustraciones, abismos y cumbres que en ocasiones se derrumban. Y la revelación espiritual. María Elena Espinosa se encuentra en la busca.
    En tres instancias líricas, muestra su conocimiento del verso, sus adecuados recursos estilísticos.
    «Extinta hoguera», por ejemplo, en siete poemas determina esa lumbre hogareña que se despliega con intenciones esperanzadoras. El amor y el desamor, el anhelo de placer, de conciliar el afecto con la expresión fecunda del poema, se articulan en un tono evocativo, como una «gota irrevocable»que se estampa en las caricias con alborozado sueño, de manera que se forja una extinta hoguera donde las ilusiones se establecen con imágenes visuales. La sensualidad, a gotas, se desborda:
 

    En vehemente arranque
    en mi piel estampas tus caricias. Llenas de calidez el lienzo tibio donde
    trémulo
    mi alborozo juega
    (p. 16)

    «Desvanecidos huecos», con 21 poemas, configura esa memoria que retorna la carga emotiva, existencial. La mirada recorre la campiña: templos de sombría serenidad, noches extenuadas, amaneceres incorpóreos, oquedades obstinadas revelan la soledad que simula «agónicos pétalos».El dolor y el hastío anticipan instancias taciturnas, evanescentes. La vida mordisquea la piel como hormigas agresivas. Símiles y metonimias hacen que el mar descargue su furia.
    «Cópula sonora» entabla un diálogo a través de 12 poemas. De la sonoridad a los enardecidos ecos, del resonar de una trompeta a la abatida luz, irrumpe la palabra. Aquí la figura materna, el eco de la voz, del verso que se fragua en «derretidos sueños» se enlazan al deseo de expresar el aspecto volitivo, emotivo de esta autora tamaulipeca. Hay líneas contundentes, imágenes que sorprenden por su construcción precisa:
 

    Dentro del fruto
    ya no germina el sol.
    En áridas cenizas crepita
    la semilla.
    (p. 54)
 

Verdad y belleza, conocimiento y capacidad creadora y armónica empiezan a conciliarse en estos poemas. Así, Taciturna luzrecurre a la emoción, a la acción y a la razón lírica porque después de todo «las emociones y las actividades sensoriales y perceptivas son formas de conocimiento»[4]. Datos, adquisición lingüística, buscan los significados posibles de la palabra, procurando otra coyuntura, otra forma de expresar con precisión lírica lo que se desea. María Elena Espinosa empieza a transitar por esa salmodia existencial, esa Taciturna luzque, en ocasiones, caracteriza al trabajo literario.

 


[1]Editorial Praxis, México, 2005, 64 p.

[2]Esther Seligson, Apuntes sobre E.M. Cioran, CNCA/Ediciones Sin Nombre, México, 2003, p. 26-27 (col. La Centena-Ensayo)

[3]José Gorostiza, Muerte sin fin, Ediciones Rafael Loera y Chávez, México, 1939, p. 66

[4]Ramón Xirau, De ideas y no ideas, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1974, p. 35


 

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