Oficios de un crepúsculo

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Marcela Solís-Quiroga - Oficios de un crepúsculo
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Viñeta

Carlos López

Recuerdos, granizadas revueltas, abrasados laberintos de la memoria, sueños congelados en la piel, en la sangre, eco de lejanías, los cantos de Marcela Solís-Quiroga perturban, cuestionan, hacen que replanteemos nuestras miradas, invitan a recorrer el mundo sensible con nuevos verbos.

 

 


Viñeta

Ricardo Muñoz Munguía

La Cultura en México, sección cultural de Siempre!, núm. 2883, México, 14 de septiembre, 2008, p. 78-79

El día y la noche, el mar y la tierra, el silencio y la voz, el volcán y el invierno... forman un camino de largos muros donde Marcela Solís-Quiroga hace de su andar el oficio de esculpir el poema y desde esa frontera ambas paredes terminan por exponer su nuevo rostro en las páginas de Oficios de un crepúsculo,son «Soluna».
        Los poemas de Oficios de un crepúsculo son sepultados, como se menciona en el título, en los márgenes del día y de la noche, crepúsculo donde las figuras luminosas o los cuerpos de sombras no han cobrado por completo su forma y es desde ahí que, al vaciar la presencia en el balde nocturnal, la voz recorre el lindenro de los cuerpos con los oficios nacidos en las caricias de una luz tenue: «Ayer, la oscuridad del cuarto/ me abrazó distinta:/ tu silueta dejó de ser sombra/ para convertirse en la piel que me acaricia. (...) Ayer, la oscuridad del cuarto/ me abrazó distinta/ porque tus deseos se unieron a los míos. (...) Hoy, el temblor se desvanece/ la oscuridad empapa nuestros cuerpos/ ilumina lo que antes fue/ sombra y agua, tierra y mar...».
        Oficios de un crepúsculo, de Marcela Solís-Quiroga, se hermana en buena medida con el poemario Entre ruinas, poenumbras,de Juan Antonio Rosado. Ahora, con esta nueva lectura, es haber encontrado la figura que completa un diálogo en que la lumbre del erotismo junta sus lenguas o en el que la conversación de las miradas cabalgan a un ritmo: «Derrites con tu aliento las palabras/ en el hueco de tu palma./ Disueltas, líquidas, brillantes.../ ya no brincan...», dicta Juan Antonio en su poema «Más allá de las palabras». Mientras que en «Nevada de verano», Marcela menciona «Las palabras me producen miedo/ de ti, de mí, de nosotros,/ del verbo que nos encubre/ y nos desviste/ en el momento/ menos indicado». Y, por otro lado, las estupendas imágenes de Eduardo B. Rosado que ilustran ambos libros.

 
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