Nagasakipanema

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Autor: Víctor Sosa

Nagasakipanema, Víctor Sosa, 2011, 228 p., ISBN 978-607-420-066-9, $220.00
$220.00


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Viñeta

Un zafarrancho que no se desmancha

Mario Arteca

 

a) Víctor Sosa (Uruguay, 1956) es el poeta de las inserciones. Esos insert funcionan desde el movimiento impersonal de proponer que todo lo intuido no debe ser explicitado. Si no es sentido el sonido de la lluvia, diría Sosa, tampoco escuchamos la palabra lluvia al pronunciarla. Sin embargo, la lluvia existe, cae, es atrapada —como todo— por la ley de gravedad de la sintaxis. Insertar es intercalar, introducir, pero también adherirse a la superficie de un órgano. Si Nagasakipanema es un artefacto donde no puede hallarse nada que no pueda mirarse, entonces cada poema en prosa trabaja, como diría un poeta tan disímil de Sosa, Gregory Corso, «una llave para abrir una puerta no escrita». Porque se trata de prosas cuya continua dislocación no afecta el equilibrio que las semeja. Lo que se intenta decir —y una introducción jamás será suficiente para abarcar las capas de cualquier libro de Sosa— es que este texto en particular podría ser las esquirlas de una novela mayor, uno de esos textos en los que un entramado distinto se confundiría con un proyecto diferente. Nagasakipanema mantiene un lejano parentesco, casi auxiliar, con esa gran novela del desperdicio y la borradera, que es Juan sin Tierra, de Juan Goytisolo. En el texto del catalán, una mixtura de escatología, ausencia de puntuación y un permanente rompimiento de la sintaxis consigue que el big-bang descrito por Goytisolo halle los senderos de un origen multiétnico, lo que emparenta su texto con De donde son los cantantes o Cobra, del cubano Severo Sarduy, traspasado por El ojo pineal, de Georges Bataille. Esta amalgama funcional del lenguaje encuentra su etiología en Nagasakipanema, justo en el punto en que se desproporciona la estructura para brindarle un sistema a la palabra que se vuelve un disloque en el cauce. Es decir: salirse de sí para retomar la superficie y luego volver a las profundidades. Una isla sinuosa recubre el epitelio escritural de este nuevo libro de Víctor Sosa.

b) Nagasakipanema está en el centro de la totalidad y, sin embargo, esa totalidad tiene su centro en otro lugar.El centro no es el centro, le gustaría decir a Jacques Derrida, porque en verdad se trata de la aventura del yo errante, cuyo sonido es ruido, en el sentido propuesto por el rock para esa palabra y que es todo un estilo en sí mismo: noise. Si pudiéramos emparentar a Nagasakipanema con un trabajo coincidente con esa estética, elegiríamos el enorme Psychocandy, de los escoceses Jesus and Mary Chain. Tal como se da en el texto de Sosa, Psychocandy estáconstituido a partir de una inmovilidad fundadora. Eso que Víctor Sosa llama, y a sí mismo se nombra, supernova: «superar en luz a mis iguales y después detonar sin partenaire». Y este estallar sin mediador es ese big-bang personal al que nos referimos párrafos atrás.

c) «Un pasado que nunca ha sido presente», señaló Derrida en una conferencia dictada en 1968, con relación a una fórmula de Emmanuel Levinas, y que desemboca en lo que el argelino llama «el enigma de la alteridad absoluta». Ese pasado sin el pasillo del presente es lo que Nagasakipanema pone en funcionamiento, porque desordena la coordenadas temporales de un relato poético sensible a las proyecciones. En ese sentido, y bien vale por eso refuncionalizar la cita, Víctor Sosa reproduce en sus prosas la inmanencia de un futuro que está en la voz de la escritura. Y aquí, futuro no refiere directamente al porvenir, sino a lo que está arribando. ¿Cómo es esto? En cada nuevo libro de Sosa hallamos esa diferencia ontológica heideggeriana, por lo cual es posible pensar presencia y presente como sensibles desvíos de sentido. A diferencia de Mansión Mabuse, Nagasakipanema dialoga con la exégesis de un simulacro dentro de una presencia que se desplaza y que no tiene propiamente lugar. El texto de Sosa consigue borrarse y al mismo pertenecer a su estructura. Y la borradura tiene su sitio de privilegio en esa homogeneidad falsificada por un logos retirado de su fondo, porque el formato de Nagasakipanema es la secuencia de un relato inconcluso, disipado por la ausencia de anclaje y reforzado por mecanismos de incrustaciones de realidad. Todo en Nagasakipanema suena a realidad, pero siempre estamos enfrentándonos con el residuo de esas inserciones. Como Sosa escribe con base en un sistema de empalmes o de yuxtaposiciones —pero en el sentido sistémico de la palabra—, entonces a cada capa se le superpone otra y con una velocidad tal que cada renglón queda anulado, o mejor, simplificado, por otro que obstruye la llegada asimilable de la lectura. La dificultad está alejada del estilo, porque se trata más bien de todo un sistema.

d) Un poema en particular parece concentrar, a un ritmo centrífugo, los mecanismos de Nagasakipanema. Ese texto es «Trepanación». Hay todo un génesis enarbolado en esa forma de parapraxis, o desplazamiento de la lengua, o del inconsciente de la lengua. Desde la microhistoria de una especie de Rosa Luxemburgo periférica, como Anacaona, hasta el hallazgo de los valores reales de intervenir sobre la naturaleza, en un final a toda orquesta borgeana, una especie de perífrasis sustituyendo la pampa por el Sahara, y ese Pflicht, que en verdad es un Müssen, interrumpido por el corrimiento leporino de unos labios que lo único que hacen es describir y patentizar la complejidad de una lengua. De una u otra manera, Víctor Sosa construye organismos cuyos fines son alimentarse de restos de culturas descatalogadas por el circuito cosmopolita. Y con ese acervo dialoga sin proporciones entre sí. Como en cualquier escuela de la sospecha, pensar equivale a interpretar, pero la poética de Víctor Sosa sigue un mecanismo diferente: la misma noción de «verdad» es el efecto de una estratificación histórica, cuyos orígenes siempre son retóricos. Sin embargo, este libro y este texto tan móvil, en lo particular, trabaja o profundiza una noción problemática de la escritura. En «Trepanación», la escritura es extraña al sistema interno de la lengua. Es la contracara de la gramatología derridiana, aunque no la desmiente, porque con ello la escritura reviste la vida de la lengua: «no es un vestido, sino un disfraz». Pero el simulacro es un todo en el cual la escritura forma parte de un sistema de flujos internos. El estilo de Sosa no es un fenómeno de representación exterior, sino un circuito interior de referencias alternas. Dos patrias y siete madres después, y con el orín hacia el poniente, el discurso de un demente parece acercarse a la validez perentoria del método. Las siete madres debieran medirse en la cantidad de maneras del habla que parecen habitar los libros de Sosa.

e) Nagasakipanema es pariente directo de la versión más recóndita de un narrador a gran escala y que supo ser un poeta lateralizado por la metonimia: Severo Sarduy. Tanto el cubano como el uruguayo-mexicano Víctor Sosa, se inscriben en una fórmula constructiva que es toda una poética proveniente del mismo rizoma: hojaldre-ready-made-haiku. Se trata esta cadena de un texto que aún sigue en proceso, y cuya publicación será todo un acontecimiento, funciona como un piso movedizo donde la escritura de este poeta formula sus bases y nos dice desde dónde perfeccionar la lectura de una obra tan sinuosa como arraigada en la crisis del lenguaje, que es la traducción más cercana a la lectura de la tradición poética. Esta secuencia ribonucleica programada por Sosa describe a la perfección el movimiento incesante de los textos de Nagasakipanema, la fusión entre estallido y deseo, entre un big-bang creado por el artista y la sinuosidad de la palabra en la deriva del reparto de procedimientos. Esto se observa con claridad en dos textos como La saga del Sordo y El principio de eternidad. En ellos nos aproximamos al problema más agudo del tono. Sosa no emprende su escritura contra las dificultades de la escritura sino que enarbola los signos usurpados de la forma, y nos obliga a pensar, una vez más, que un tono puede ser imitado, fingido, y al mismo tiempo maquillado. Es una manera de proponer síntesis donde debiera haber algo más que acumulación de procedimientos. Estos dos libros se mueven como pivotes alquímicos de un passagem haroldiano, hasta arribar a este Nagasakipanema, prosaico, fundacional del arte de la traducción generalizada. Uno de los personajes de El principio de eternidad, una especie de obra coral de concatenaciones fónicas, se pregunta: «¿Se escribe sin causa?». La respuesta se hace desear, pero emerge dentro de ese rico sistema de impostaciones que Sosa maneja como pocos. La respuesta es «No sé qué decir ni qué decirte». Pero mientras se niega se responde y esa es justamente la salida que encuentra Sosa para diferenciar Nagasakipanema de su obra anterior, aunque incluyéndola como un sacrificio de imposibilidad verbal. Para escribir como Víctor Sosa se debe verificar que no se puede decir mientras se dice. Si El principio de eternidad funciona como el piso conceptual de La saga del Sordo, ambos libros, al mismo tiempo, son el soporte que objetiva esa operación de traducción en Nagasakipanema; de lo contrario, cómo se llega a escribir «un emplumado crótalo es el Sordo que zigzaguea/ en su sémola invisible inoculando abejas desde la catarata de su ámbar», si no se piensa en el fantasma vampírico de Lezama Lima, conforme esa imagen de serpiente emplumada edulcorada por el movimiento continuo de las palabras del autor. Sosa traduce a Lezama y le coloca una lengua adecuada a los tiempos que corren sin causa, pero con efectos colaterales en la sintaxis. 

f) Una vez escribí que Víctor Sosa eligió el camino de la dificultad poética, de acuerdo con una testificación que hiciera Eduardo Milán con relación al segundo libro —Sunyata— de nuestro autor. Esa dificultad podría leerse como el resultado de un camino sin concesiones. En su ya importante obra cohabita cierta precisión ambulante (conjugando largos momentos reflexivos) junto a destellos de una espontaneidad con todos los sentidos alerta. Sosa no se parece a ninguno de su generación en Uruguay, pero sus textos funcionan como un fermento de todos ellos (Espina, Milán, Appratto, Ojeda, etcétera). Si en Decir es Abisinia ese doble espasmo del lenguaje consigue un raro control, permitiendo al lector adaptarse a una lectura en principio ralentizada, en Nagasakipanema todo aquel equilibrio de tono se vuelve una marea roja que «empuja una tortuga herida hasta la costa y todos los niños la rodean». Ese animal vencido promueve lo que aparenta y menoscaba la idea que a priori tengamos de lo que debe sugerir la poesía. Cada texto suyo obtiene una velocidad adecuada a la respiración, pero también al trazo que repica casi en relámpago, lo mismo que un cuadro de Mark Rothko o de Antoni Tàpies, o tal vez afín a los trabajos en clave chinesca de Henri Michaux. Sosa es de aquellos escritores que aseguran que quienes escriben —o pintan— no pueden escapar al estilo, definido sin obstáculos como una «huella digital de la lengua ya personalizada». O bien que el estilo es como «el cuerpo (visible) de un aliento (invisible)». Ese orden de concatenación entre los visible y lo invisible se pone de manifiesto con la cantidad de llamadas al pie que pueblan este extenso tratado sobre la acumulación del discurso para revertir el discurso. Desde citas de Melville hasta un prospecto de Rivotril, Víctor Sosa nos advierte sobre la necesidad de decirlo todo, a pesar de la imposibilidad de la empresa, y nos previene de las consecuencias de quedarse a mitad de camino. Pero Sosa es un escritor sumamente inteligente: conoce muy bien que la única forma de que exista una totalidad es aproximarla, rodearla como si uno pudiera tomarla por la cola, aunque apenas. El arte de escribir, nos dice en Nagasakipanema, es dispersar el sujeto, extenderlo, como si un yo desproporcionado fuera un nylon cubriendo una pileta, despedido el verano, en pleno canje de estación, y con las pupilas aún enjuagadas por las imágenes de un periodo feliz. Los poemas de Víctor Sosa se muestran extenuantes, semejan la antesala de la perversidad, pero sólo funcionan en un engranaje deseante. 

g) En Nagasakipanema el sentido se manifiesta como formación de series, que al mismo tiempo son desplazamientos, proposiciones ontológicas e interferencias en medio de un génesis de entramados. No se trata de leer estos textos necesariamente como poemas, sino como porciones espacio-temporales que desguazan la noción de verdadero y falso. Esto se observa en un tramo del texto «Gravedad cero», cuando señala que «ni los alisios ni los franceses soplan. Ni siquiera un sinónimo, correcto, bien hallado en la turbamulta de la lengua, sopesado en el buqué (mise en bouteille) de sus caninos, mensurado en metrónomo de X a la A, de catapulta a láser; nada, ni qué decir o sobre qué dudar, en esa incandescente, suave gloria». Víctor Sosa es ese tipo de poeta que se hace dueño de una mirada que incluye un atajo al acertijo, pero donde no importa adivinar, ya que haría de lo real alguna cosa tangible y la realidad es irrazonable. Nagasakipanema formula esa delgada frontera donde se hace fuerte la invención y donde intervenir es constatar el sonido perturbado de los objetos cuando chocan, se despedazan, haciendo trizas una lengua de inmediato a recuperar, aunque ya no en su estructura original.

 

 


Viñeta

La risa rigurosa de la palabra inoxidable

 

María Cruz

Para viajar a Nagasakipanema es necesario atreverse a nadar en aguas singulares y habitar la contradicción, se necesita poner un pie en la bomba atómica y otro en una serena playa de Brasil, es decir, que la contradicción da la bienvenida al lector y le aviva zonas dormidas y le pone abejas y exóticos pájaros en la sensibilidad y en la inteligencia. Víctor Sosa empieza este libro con un poema llamado «Negación» y con él hace un anuncio de rebeldía; el poema funciona como advertencia de que en este libro no habrá condescendencias, pero sí mucha complicidad. Aquí hay un vasto conocimiento porque para poder negar y jugar, hace falta conocer el mundo, el literario y los otros, el extenso mundo de la interioridad humana y el exterior con sus rarezas, su arte, su polifonía, su historia.

Nagasakipanema es un libro de poemas que no lo parece porque cada enunciación cuestiona el lenguaje poético. Probablemente el protagonista de este libro es el lenguaje, el español, pero salpicado y contaminado de otras lenguas, de otros ronroneos; pues lo que es evidente es que el poeta busca lo no reductible y entonces rompe la sintaxis, organiza de otras formas las palabras que aquí adquieren un significado propio, son parte de un sistema en donde la comunicación no se da de manera convencional porque ésta también es cuestionada. ¿Qué son estos organismos poéticos?, ¿cuentos?, ¿prosas poéticas?,  ¿narraciones musicalizadas? No lo sabemos y en ese no saber está su atractivo y su enigma. Parece que estamos ante anécdotas que en realidad no son; hay, por supuesto, un fuerte impulso de narrar y un hilo dramático que mantiene tensa la prosa, pero no hay una estructura fija o un final esperado, el dramatismo se disloca y acaba en risa o en sinsentido o esperpento. Los textos fragmentarios, caóticos, inacabados tienen vitalidad, energía y un humor que se genera a partir de la exageración, del extremo y lo saturado; tienen, además, un ritmo envolvente.

George Steiner dice que «el lenguaje se venga de quienes lo mutilan». Víctor Sosa no debe temer esa venganza porque él no discrimina términos, enlaces, palabras, más bien hace su festín con ellos, los trae de distintos mundos (de la ciencia, de la cocina, de la tecnología, de la moda) y une lo que parece imposible de juntar y separa lo que parece inseparable. Esto no es surrealismo, éste es un lenguaje anfractuoso, híbrido, que gusta de contaminarse, de mezclar, de insertar, de interrumpir y que no explica ni es racional. Están las palabras, pero también los conceptos y la cultura, el poeta juega a la simultaneidad, minimiza lo grande, engrandece lo mínimo; juega también al estiramiento de los tiempos históricos y a la mezcla inusitada de todos los elementos.

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