Legiones

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Félix Suárez - Legiones
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Viñeta

Félix Suárez (Estado de México), poeta, ensayista y editor, egresado de la carrera de letras españolas de la Universidad Autónoma del Estado de México, fue becario del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Centro Toluqueño de Escritores. Obtuvo la Presea Sor Juana Inés de la Cruz (1984), el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino (1988) y el Premio Internacional de Poesía Jaimes Sabines (1997). Además de Legiones, tiene cuatro títulos de poesía publicados: La mordedura del caimán (1984 y 1990), Peleas (1989, 2001 y 2002), Río subterráneo (1992 y 1998) y En señal del cuerpo (1998). Su obra está incluida en las antologías Literatura del Estado de México, donde nadie permanece (1991), Poesía a nueve voces (1995), Poetas de Tierra Adentro (t. I, 1991; t. II, 1997), Poesía joven, veinticinco años de un premio literario (1999), En el rigor del vaso que la aclara, el agua toma forma (2001) y Eco de voces (generación poética de los sesenta) (2003). Ha colaborado en distintas revistas y periódicos del país; entre otros, Siempre, Revista de la Universiad Nacional Autónoma de México, El Cocodrilo Poeta, Tierra Adentro, Castádila, Blanco Móvil, La Jornada Semanal, La Colmena, El Financiero, Alforja, Casa del tiempo, Periódico de Poesía y viceversa. En la actualidad, funge como editor de publicaciones del Instituto Mexiquense de Cultura y como director de la revista Castálida

 


Viñeta

 

Legiones: de la congoja a la pesadumbre

Óscar Wong

Si consideramos que la poesía es un lenguaje cargado de significados, un idioma que explora y explota al máximo de sus posibilidades su energía, Félix Suárez (Ixtlahuaca, Estado de México, 1961) ha sabido dirigir con sabiduría esa expresión, revelándonos su contenido y su carácter. Y si nombrar es el primer acto creativo, aunque Cioran habla del vacío que se presiente en las palabras(1), Félix Suárez constituye el ejemplo de un demiurgo contemporáneo, un creador que desemboca en la embriaguez de lo múltiple y pretende no la salvación sino revelarnos la caducidad de la vida, lo aterrador de la existencia. Por eso la brevedad lapidaria en Legiones(2), su más reciente obra poética, donde se ocupa, como Séneca, De la brevedad de la vida(3), aunque su postura no es estoica ni cínica, puesto que no pretende esbozar una moralidad práctica o realista ni buscar la sabiduría que garantizara la perdurabilidad. Su voz, su tono, su intención llevan a determinar el vacío existencial, lo vacuo de la trascendencia en las posiciones políticas, militares o literarias alcanzados, por citar un ejemplo.
        Más cerca de Catulo, más próximo a Marcial por la sonoridad exquisita, por el estilo preciso y delicado y la corrección de la frase, Legiones contiene agudeza, rapidez, rispidez aderezada con dulzura, con soltura y rotundidad. Por su carácter político, por su adecuación panfletaria, su expresión alcanza el tono y la genialidad de sátiras menipeas, como aquellas iniciadas en Grecia en el siglo i a.C. por el filósofo y poeta Menippos. El primer poema es revelador, puesto que destaca el encumbramiento de Alcibíades y su descenso y la actitud bufonesca asumida en la vejez. Preciso que en este poemario no subsiste ese sentido caricaturesco o la simple gracia cínica. Cierto: lo inesperado, lo sorpresivo, revela mordacidad, malicia, pero por sobre todas las cosas, prevalece lo infausto de la existencia. La vana imperfección del hombre y la vanidad femenina —herida mortal denigratoria— que más que lapidaria inscripción versificada se transforma en epitafio. Por algo el término epigrama deviene del griego epigrame (sobrescribir):

 

No puede dormir: un dolor
de ciegos mendicantes
le consume la espalda.

Piensa en su vida: nada que salvar;
se hunde su casa.
El sudor es vitriolo sobre el lecho vacío.
Flotan alrededor suyo,
ahogados —pájaros multicolores—,
sus hijos, sus amigos.

Cierra los ojos un instante,
los abre una vez más cuando vislumbra ahí,
a la distancia,
ahorcada en un gemido,
la súbita inminencia del derrumbe.
                                                      (p. 29)

 

        El tono es demoledor, más que festivo. El epigrama, la sátira, no sólo asume una intención vejatoria o burlesca. Aquí se revela no la viborilla iracunda, sino lo desgarrador del ser. La brevedad lapidaria de la vida, lo sutilmente perverso y depredador del tiempo, de la gloria efímera se manifiesta en Legiones. Por supuesto que Félix Suárez desemboca en la acidez, en lo perplejo de la experiencia. Si revisamos, aunque sea brevemente su obra anterior, era inevitable que el tono y la expresión líricas de Félix Suárez alcanzaran a este nuevo volumen: la propiedad musical con una orientación significativa, la imaginación visual y la peculiar esencia estética son determinantes desde Peleas(4), por ejemplo, pasando por En señal del cuerpo(5), libros que enlazan y revelan la excitación memoriosa, la precisión y agudeza que caracterizan al poemario que me ocupa. En Peleas, prevalece el tono irónico, solemnemente desparpajado, donde la dulzura amorosa se trastoca en hiel y menosprecio. Aquí no hay arrebato. La pasión se canta a través del intelecto, pero la razón no alcanza a colmar el vacío, el dolor dejado por el sentimiento fenecido.
        Félix Suárez se debate entre la duda y la certeza. Hay un dejo de funesta vacuidad en sus palabras, en su tono. El lenguaje, no obstante, es preciso: verbos y adjetivos pugnan por revelar el trasfondo de las cosas, del alma humana; por eso el verbo «enfloraron» (p.27), por eso los «desvanecidos goznes» (p. 27) o la expresión, casi oxímoron, «ardiente sombra» (p. 28) o bien «la gracia inmune y sabia del olvido» (p.30). Dos ejemplos más: la arremetida de los siguientes versos: «emputrecen los dátiles de agosto» y el reflexivo «se enfangan para siempre los océanos...» (p. 35). Algunas locuciones rememoran a Catulo, puesto que de alguna manera hay una conexión con Los poemas a Lesbia(6): ante la desgracia de los celos, corroe, devasta la incompletud del amor; el poeta latino habla de sus amores como si se tratara de otro; con objetividad se autonombra y usa la segunda persona del plural. Hay un texto que puede servir de núcleo conducente, casi definitorio del aliento poético que prevalece en Peleas,con sus dísticos isométricos y estrofas heterométricas, hasta el presente poemario:

 

Te alumbraron, conmigo, alhajas y azafranes,
finísimos contactos de lustrosos faros.

Te enfloraron de flecos y pavanas,
te volviste hermosa y conmigo te quisieron.

Hoy deshaces los ramos, niegas lo que fuimos,
y envanecidos goznes,
                                                 traidora,
me dan con tus ventanas en la cara.
                                                                  (p. 27)

 

        La brevedad de los versos, la contundencia de su expresión —y de su intención—, la gravedad temática a través del silencio rigen en el volumen denominado En señal del cuerpo, con el que obtuviera el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1997. La visión trágica del pueblo hebreo se impone. Pero la respiración, el relampagueo existencial, perturbador de lo transitorio, cobran relevancia. Persiste un tono grave, un hálito devastador, desolador de la vida que respira, devastando. El lenguaje asume, ahora, otro matiz, aunque con voraz fugacidad de perenne llama enfurecida y de ceniza victoriosa. El amor se vuelve apacible turbulencia, pesadumbre, mansedumbre. Acaso desolación agradecida:

 

Ahora todo es lento,
frutal,
         deshilvanado.

Y de una tibia
y perpleja mansedumbre.
                                     (p. 40)

 

        El tono de amarga fluorescencia y el desaliento ante la vida, es recurrente. Pero también la precisión y contundencia; ritmos y acentos ordenando la emoción, verbos y adjetivos conciliados en «dicha pasajera». Vuelven los adjetivos reveladores para ampliar el horizonte semántico y ahondar la percepción estética: «piedra intacta» (p. 15), «carne ciega» (p. 16), «cadáver tierno» (p. 17), «mustios girasoles» (p. 18), «animal escarnecido» (p. 26); o la combinación de epítetos con un sustantivo intermedio: «ciego corazón desmemoriado» (p. 16), «escaso arsenal defensivo» (p. 29), «ridícula torpeza milenaria» (p. 29) o bien «afiladas navajas pendencieras» (p. 29).
        El poema «Paisaje nocturno» sirve como eje conductor entre este poemario y Legiones, sin olvidar, desde luego, algunos momentos de Peleas:

 

Asciendo entre las ruinas y rastrojos de la noche.
El aire quema a estas alturas.
Una canción mantiene en cruz la madrugada.
De quién es deudo este pesar.
De dónde esta ventisca de hojas secas
que arrastra almas y vivos hasta el valle.

La tristeza es otra, sí, y no ha venido.
Hoy nada más
es una flor febril que no termina.
                                                  (p. 24)

 

        Pero Legiones va más allá de esa melancólica «flor febril». La tragedia existencial repercute en cada verso, en cada estrofa, en cada poema. El tono epigramático, satírico, es evidente. Después de todo, nos recuerda Ezra Pound(7), «la sátira es cirugía, inserciones y amputaciones»; también, acota con justicia: «El culto a la belleza y la delineación de la fealdad no se contraponen»(8)
        Por supuesto que habría que recordar la función del poeta satírico, quien, según Graves, hace las veces de la serpiente, como expresión de Sabiduría; desde luego, no en el sentido de malignidad que refieren las iglesias judeocristianas. La tarea del bardo era creadora o curativa, mientras que la del satírico era destructora o nociva. «El propósito de la sátira es destruir todo lo excesivo, marchito y desgastado y despejar el terreno para nueva siembra»(9). Félix Suárez lo consigue y va más allá en su siembra y en su cosecha. Para él, la poesía representa un placer, una pasión, una experiencia nueva. Por algo Legiones, basada en la gran tradición grecolatina, se apoya en el saber, en la alétéia griega; es decir, en la desocultación del ente, la instauración de la verdad, aunque ésta sea adversa o infausta. Legiones va de la congoja a la pesadumbre y nos arrastra hacia ninguna posibilidad conciliadora.

 

1. apud, Esther Seligson, Apuntes sobre Cioran, CNCA/Ediciones Sin Nombre, México, 2003 (col. La Centena), passim

2. Editorial Praxis, México (col. Vado Ancho), 51 p.

3. Sarpe, Madrid, 1984 (col. Los Grandes Pensadores), 214 p.

4. Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, 1988, UAEM/IMC, Toluca, Estado de México, 1989, 62 p.

5. Editorial Praxis/CECA-Chiapas/IMC-México, 1998, 61 p.

6. UNAM, México, 1987 (Cuadernos de Humanidades), 109 p.

7. El arte de la poesía, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1983 (Serie del Volador), p. 70

8. ob. cit., p. 71

9. Robert Graves, La diosa blanca, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p. 607

 

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