La niña busca una mascota que nadie tiene

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Víctor Roura - La niña busca una mascota que nadie tiene
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Viñeta

 

Carlos López

Gracias al cielo, a los ángeles del mundo
(algo inusual): si todavía tenemos
esperanza ante todo lo que sucede
en los saldos desolados del planeta,
si la madre Tierra aún tiene sus ejes
en su lugar y no se rompe y nos vamos
a volar muy lejos, es por la ventura
de seres soñadores, iluminados,
escudriñadores de riolaberintos,
que imaginan ventanas, vetas, poesía
pobladora de universos, de interregnos
para la fantasía, la inteligencia.
La niña busca una mascota que nadie
tiene, con la que nadie jugará, a menos
que ponga a volar su corazón, su mente.

 

Viñeta

 

Rosa Elba Blengio

Siempre!, núm. 2905, México, 15 mar, 2009

La niña busca una mascota que nadie tiene

Durante su trayectoria periodística, Víctor Roura se ha distinguido como un hombre plural dentro del quehacer periodístico, actitud que ha extendido hacia sus letras, cuyas formas no se ciñen a un corset escritural sino que, plenas de libertad, nos garantizan a sus lectores un disfrute literario que se ajusta a las más rigurosas exigencias, sin que por ello deje de ser fresco y original en una serie de ensayos, críticas, poesía y cuentos que ha publicado en más de una veintena de libros.
   La niña busca una mascota que nadie tiene (Editorial Praxis) es su más reciente libro en el género del cuento, en donde el autor acude a la infancia y su afanosa búsqueda por develar los misterios del mundo a través de la fantasía. Una pequeña es la protagonista de esta aventura de la ternura en la búsqueda de lo único, de lo que es sólo nuestro simple y sencillamente porque lo amamos y nos ama. La historia se origina a partir de los miedos infantiles cuando la niña dice a su padre que las muñecas le dan miedo; ¿la razón?: «un día van a despertar y la van a perseguir», ficción que leyó en un libro de la biblioteca.
   A veces nos ha sucedido lo que a este padre, que está arrepentido por haber llevado a su hija a ver una película donde un monstruo sale del vientre de un ser humano, lo que ocasionó que la niña se enfermara por varios días. El miedo es muy delicado cuando no se le da la importancia que merece y la fuerza que tienen las imágenes atemorizantes (reales o ficticias) penetra sin miramientos en las mentes infantiles y producen otros monstruos; pero, como lo muestra este cuento, detrás de los pequeños debe haber una persona que le sirva como guía a los niños, en este caso el padre, quien está interesado en resolver favorablemente el problema de su hija mostrándole que el miedo puede ser sustituido con amor, cariño y conocimiento. La anécdota es muy divertida, pues la literatura de Roura es completamente imaginativa, con el agregado de que los animales reales e imaginarios que ilustran este tomo fueron dibujados por el propio escritor, quien por primera vez incursiona en el mundo pictórico.
   El libro cuenta con 27 dibujos de animales, tales como un elefante, un burro o un tihuítl, y dos láminas de la pequeña. Además, está escrito en tridecasílabos, de manera que le da una fluidez muy apropiada a la lectura. El autor nos enfrenta con una niña inteligente que da sus argumentos para decidir por qué quiere o no quiere a los distintos animales que les va ofreciendo el vendedor. Los planteamientos son reales desde la perspectiva de que no resulta fácil tener un animal en la casa con las características estipuladas por la niña: una mascota que nadie tiene. El libro toca diferentes puntas de una misma figura geométrica, una de las cuales es la insensibilidad imperante frente a los animales que indiscriminadamente se usan de mascotas sin adquirir las responsabilidades correspondientes, no de los niños sino de los padres en una sociedad donde son constantes los signos de indiferencia y crueldad frente a su indefensión.
   En esta búsqueda conocemos animales reales e imaginarios, como el wiflo, que como la mayoría de los animales no se puede adaptar a un hogar de seres humanos. Ante la imaginación del hombre y su fascinación por los animales acudo siempre a Jorge Luis Borges, quien en su libro de los seres imaginarios ha hecho un despliegue fantástico de estos seres y uno en particular me sorprende, el A Bao A Qu, quien habita desde el principio de los tiempos en la escalera de la Torre Victoria y es sensible a los valores del alma humana. Es un animal que vive en estado letárgico en el primer escalón y sólo goza de vida consciente cuando alguien sube la escalera. Testimonio de su sensibilidad es el hecho de que sólo logra su forma perfecta en el último escalón, cuando el que sube es un ser evolucionado espiritualmente. De no ser así, el A Bao A Qu queda paralizado antes de llegar, su cuerpo incompleto, su color indefinido y su luz vacilante. Cuenta la leyenda que en el curso de los siglos, el A Bao A Qu ha llegado una sola vez a la perfección. De una u otra forma las ideas se relacionan y el maestro Roura le consigue a la niña del cuento el deseado animal que nadie tiene. Un animal morado que parece peluche y se llama zecéligo
   La descripción de este zecéligo evoca a ciertos personajes de Lewis Carroll, pues tiene unas orejas muy grandes quizás como las del conejo de Alicia en el país de las maravillas. La narración de Roura nos expande el pensamiento al imaginar espectaculares selvas con sus ríos y animales propios de este hábitat al estilo de Chris van Allsburg.
La literatura ha recurrido a la fauna para representar las expresiones más elevadas, así como las más bajas de la condición humana. Grandes textos de Kafka aluden a los animales, como el caso del gorila en su «Informe a la academia», o el de la pantera, en «El artista del hambre», ya no digamos una de sus cumbres en la que nos contagia la profunda sensación de amanecer como una cucaracha. La lista de obras y autores de zoología fantástica es abundante: Cortázar, Saint-Exupèry, Avilés Fabila. Ahora habremos de agregar el zecéligo, la mascota que Víctor Roura creó para la pequeña niña de su historia quien, con el tiempo, ya no quiso exhibirla, porque los otros niños empezaron a envidiarla por tener un animal que nadie tenía. Entonces supo del tesoro que tenía en casa, y vivió sin presumirlo ni mencionarlo porque, como escribe el autor, «lo más preciado, las más de las veces, son cosas que sólo a uno le importan».

 

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