Jardín de dagas

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Jardín de dagas, Aleyda Quevedo Rojas, 2013, 76 p., ISBN 978-607-420-142-0, $80.00
$80.00


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Viñeta

Aleyda Quevedo Rojas (Quito, Ecuador, 1972), poeta, ensayista, periodista y gestora cultural, publicó los libros Cambio en los climas del corazón (1989), La actitud del fuego (1994), Algunas rosas verdes (1996), Espacio vacío (2001), Música oscura (2004), Soy mi cuerpo (2006), Dos encendidos (2008), La otra, la misma de Dios (2011), El cielo de mi cuerpo (2013). En 1996 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade. Ha representado a su país en los más importantes encuentros internacionales de escritores en Colombia, Perú, Chile, Argentina, España, México, Brasil, Venezuela, Nicaragua, Cuba, República Dominicana, Francia y Puerto Rico.

 


Viñeta

Nadie es poeta en su tierra

 

Damián de La Torre

La poeta Aleyda Quevedo Rojas siempre está un paso adelante y parecería que vence al tiempo. Llega unos minutos antes a la cita  acordada y saborea un café americano mientras espera: le gana a la puntualidad.

Este detalle es tan sólo una ínfima raya a su antelación: a los 13 ya escribía sus primeros versos, a los 17 publicó sus poemas, a los 18 gozaba de la maternidad junto a su hija, a los 19 ya presentaba en el extranjero su obra —Bogotá, específicamente—, en fin, como ella mismo dice: «En la vida y en la poesía soy bien precoz».

Además de su precocidad, se caracteriza por su hiperactividad. No puede estar quieta y le cuesta parar de hablar. Resulta difícil entender de dónde saca toda sus energías, considerando que es bajita.

Curiosamente, su estatura pequeña se contrapone con la gran altura de su poesía. Sin duda, ella es una de las voces poéticas más representativas de su generación.

Hace pocos días (7 de marzo) presentó en Quito dos libros —la antología El cielo de mi cuerpo, publicada por Ediciones Orto (Cuba), y Jardín de dagas, bajo Editorial Praxis (México)— dentro del marco del Festival Cultur’Elles, organizado por la Alianza Francesa.

 

Durante el evento, dos enmascarados acompañaban a la poeta, ¿por qué la cuidaban si su poesía se defiende por sí sola?

Se trataban de El Santo y Blue Demon, dos grandes luchadores, dos grandes rivales que se complementan. Cuando presentaba Jardín de dagas en México, me encontré con que promocionaban a la Feria del Libro del Palacio de la Minería con Blue Demon leyendo un libro. Eso te enseña que quienes parecerían menos interesados en la lectura, son lectores en potencia. En Quito tratamos de transportar esa idea. Además, yo soy una fanática de las luchas. Aprovechando todo esto del Día de la Mujer, qué mejor manera de demostrar que, sin importar el género, podemos tener los mismos gustos, así como podemos encontrarnos y reconocernos en la poesía.

 

Uno de los libros presentados fue El cielo de mi cuerpo, una antología de su obra. ¿Cómo se determina el momento de lanzar una antología?

Llevo más de 20 años escribiendo y esta trayectoria puede ser el motivo que despertó el interés de publicar una antología. El gran escritor cubano Jesús David Curbelo, quien por su sencillez ni siquiera quiso que apareciera su nombre en los créditos, vio en mi obra mucho tiempo de trabajo y mucho tiempo de decantar un tema, como decía Borges: «Todos escribimos siempre un mismo poema». En mi caso se trata de cómo nombrar al cuerpo y cómo hacer del erotismo un territorio del autoconocimiento, y eso es lo que, de alguna manera, este libro recoge.

 

En 2002, en un artículo, Cecilia Velasco hablaba de las promesas de nuestra literatura. Allí aparecía su nombre. ¿Puede decirse ahora que usted ya no es una promesa sino toda una realidad?

Con esta antología me he puesto a meditar mucho. No lo he hecho desde una realidad pretenciosa ni con la arrogancia que puede caracterizar a los escritores. Estoy consciente de mi obra y la trayectoria que tengo, pero soy aún más consciente de que existen tantas voces poéticas importantes que resulta difícil pretender tener una voz original. Ha pasado el tiempo y sé que ya no soy una escritora joven, tampoco estoy vieja —acota mientras esboza una sonrisa—, pero tras la antología no me queda más que comprometerme aún más, ética y estéticamente, con mi escritura.

 

Su obra, prácticamente, se ha publicado afuera. ¿Esto responde a una oportunidad externa o a una necesidad interna?

Nadie es poeta en su tierra —exclama con cierta picardía, dejando entrever cierta desazón—. Mira, la verdad es que siempre he creído que uno no puede sentarse y esperar. El artista tiene que saber vender su producción; si ésta vale, empiezan a abrirse las puertas. El hecho de tejer redes me han dado la oportunidad de publicar en el extranjero, lo cual es una ventaja por el compromiso editorial que existe. Para empezar, te pagan tus derechos de autor y respetan tus regalías, algo que acá no mucho se estila porque todo funciona como imprenta. Por otra parte, ellos te arman una agenda con medios, te buscan espacios en ferias y se encargan de la difusión. Por ejemplo, de los mil ejemplares que editó Praxis de Jardín de dagas, 100 libros ya están distribuidos en las bibliotecas más importantes de México; tuve la suerte además, de que el libro fuera editado por el poeta Carlos López, que es además de director de un sello consistente como Praxis, un lector voraz y un catedrático universitario de primera.

 

¿Qué opina de los membretes? ¿Eso de que la engloben dentro de la poesía erótica de las mujeres?

Los membretes me caen súper mal. Los hombres escriben también sobre el erotismo o acerca de situaciones amorosas y también lo hacen sobre la sexualidad. A mí me interesa pensar a la literatura como un género andrógino.

 

Suplemento Artes, Diario La Hora, Ecuador, marzo de 2014

 


Viñeta

Alpidio Alonso

Jardín de dagas es el mejor libro de Aleyda Quevedo. Ahí alcanza un nivel de concentración en su expresión que le da una fuerza y un misterio muy grande a los poemas. Además, el libro tiene una unidad tremenda, no sólo de contenido sino también a nivel composición (muy sagazmente concebida, por cierto) y de escritura: no son poemas que la poeta fue juntando, sino que se siente la solidez de lo que se trabajó como un conjunto, como una tesis que fue desarrollándose en el proceso, y todo con un sesgo filosófico de gran hondura. En mi opinión, éste es un libro formidable, el más trabajado. Dudo mucho de que ahora mismo en sus predios se haya publicado algo superior. 

 

 


Viñeta

Diana Bellessi

Se trata de un arsenal de versos que penetran en la oscura y maravillosa insensatez del deseo, el amor y el desamor. En este libro, como dagas finas de una mujer quiteña, los poemas cortan y suturan, al mismo tiempo, el corazón de quien los lee. Basta, por ejemplo, el primero y hermoso que abre el jardín de la casa: «Sus cuerpos me hablan cuando preparo mi daga —cortes exactos—. Algo que congele la belleza de la pasiflora o el romerito negro». Las líneas de palabras, las dagas, como llama a sus versos Aleyda Quevedo, bordan en rojo y negro la ausencia de un cuerpo, pero más aún, bordan el halo del deseo ardiente que sólo puede dibujarse en el vacío, en la claridad del aire del desierto, exacto ahí, frente a esos misterios a los que se declara fiel. Y si debo prendar al lector con estas palabras, lo llevaré ahora a un pequeño y confiable poema, al final del libro, que dice así: «El azote del viento/ en tu rostro luminoso./Golpe de remo,/  cielo oscuro,/ un amor ciego y sin regreso./ Ese pozo del que no se sale,/sino para morir de amor».

 

 


 

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