Escarabajo

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Escarabajo, Jenny Asse Chayo, 2010, 128 p., ISBN 978-607-420-044-7, $130.00
$130.00


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Viñeta

 

Mariana Bernárdez

Escarabajo es mucho más que un relato poético que versa sobre una mujer que aventura un descenso a sus ínferos para exorcizar los  rostros que moran en las entrañas de la muerte. Se trata de la historia de un caer que arriesga el rumbo de la palabra que le arde hacia dentro, motivo único con el que teje las redes de su ser, hilado que abraza la frontera que une los cielos y la tierra, el paraíso y el averno, la locura y la incordura.

En este entramado que ovilla el escarabajo, la mujer renace hacia los principios de sí misma: línea de fuego donde el vocablo y la búsqueda de lo divino dan sentido a la escritura, palabra que perdura en su rasgarse atravesando los siglos y los labios que la pronuncian en un diálogo que surca las aguas de la desmemoria, presencia en ello de la vida.

Escarabajo no es una apuesta sino una asunción donde Jenny Asse demuestra que la poesía hace cuestión de lo profundo, de lo que nos hace gravitar entre la luz y el desierto, eso que resiste la travesía de la muerte.

 
 

 


Viñeta

 

Jenny Asse Chayo (México, D.F. 5 de octubre de 1963) Es licenciada en literatura latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. Estudió filosofía judía en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Ha publicado los libros Busco en mi carne el nombre (Editorial Praxis, 1997)  Es sed de morir el paraíso (Conaculta, 2005) y El tránsito de la Luz (Editorial Praxis, 2007).

Es coordinadora cultural de las librerías El Péndulo.


Viñeta

Andrea Montiel

 

Escarabajo es un profundo homenaje a la palabra, y Jenny Asse, la escriba (como ella se autonombra a través de sus páginas) sabe que esa palabra la esclaviza e irrumpe para ser reflejo, espejo de sí misma tratando de buscar una verdad, un atajo para entender este viaje de existir que todos compartimos.

Sus versos y su prosa poética inician hablándonos de los nombres de la muerte, preguntándose para quién escribe. Y no sólo juega con las palabras, sino con el sentido de las palabras, y a partir de su escritura las rompe, encuentra significados distintos, como cuando escribe es cara abajo y busca el Uni-verso, y con ello enfatiza una sed de cielo, una sed por las alturas pidiendo que le respondan a sus múltiples preguntas. Preguntas que preguntan sobre el nacimiento del nacimiento, del renacimiento constante, continuo, parido por la palabra y dado a luz en la escritura. Preguntas sobre el camino, sobre Dios/sobre el ser. Para ello evoca lo místico/lo espiritual/la contemplación de sí misma en Dios y escribe con su yo, con su ella, del tú.

Ella es el múltiple alfabeto, su yo vive en el enigma de las letras… allá la poeta recordándonos la Poética de la kábala del libro de Mario Satz: Senderos en el jardín del corazón. Y ella, letra por letra, sin decirlo abiertamente, es aquellas letras vida, letras muerte del corazón que busca, escarba/ escarba abajo/ escarba arriba, escarabajo que encuentra alguna o muchas raquíticas explicaciones del ser que somos todos.

El libro en muchas de sus páginas nos habla del misterio de la nada, del silencio, la luz y la oscuridad. Nos habla de las interlíneas y entrelíneas, de la letra y el acto de escribir y la escritura. Nos habla del dolor de pertenencia a este mundo o a la vida,  porque así nada más, el existir duele, la vida duele.

Y en un diálogo entre su yo y su ella, ese espejo que le permite reflejarse y verse reflejada, las hojas de este libro conversan. Libro que es dos libros a la vez, y que podemos leer a dueto o en soliloquio entre sus páginas nones y las pares. Dos libros a la vez: uno del yo de la escriba, otro de ella, también la escriba. Uno de tiempos presentes, y el otro del aquí y ahora, y también del tal vez, de la posibilidad, del futuro, de la esperanza.

Y se entreteje con luz y sombras, con hilos de escarabajo, símbolo egipcio, símbolo cíclico del sol, y al mismo tiempo, símbolo de la resurrección. Escarabajo es la imagen del sol que renace de sí mismo «Dios que deviene». El que renace de su propia descomposición/ cielo solar del día y la noche/ lodo de la tierra en el sentido material y moral del término, y llamado a pesar de todo, a convertirse en divinidad (Diccionario de los símbolos).

Entonces surge ella y se abre el espejo donde el yo se mira a sí mismo, en medio del silencio o entre las contradicciones de un oscuro sol o una luz que deviene tristeza. Y dibuja sus muertes con la palabra/ la letra/ el fonema, y con ellos descubre su existir, como ella nombra, de polvo y cumbre/ derrota y conquista. Y todo en medio del campo de batalla que significa la página en blanco.

Y ella se pregunta: ¿Quién habrá de leerle el corazón?  Esa ella que al mismo tiempo sabe, que habita y se consagra a las interlíneas y a las entrelíneas, dentro de las letras, debajo, encima, detrás, de lado y se contesta con este irrefrenable deseo de ser habla/ lengua/ libro.

Y me hermano con Jenny a la admiración cuando habla de Clarice y de su Agua viva, la Lispector terrible, la angustiante, la maravillosa escritora brasileña, la que no tiene límites para el lenguaje ni para las vivencias, sino un corazón con ramas y hojas, y las hojas son palabras, como las de Jenny, quien escribe para borrarse; sin embargo, sus versos la sostienen.

Y con su soledad se acerca en diálogo al silencio para dictarle que es una extranjera en su mundo; aun así, nace, renace, se pare a sí misma, a pesar del espanto de ser y de estar viva.

Y a través de su espejo, de su ella, de nuevo se cuestiona: ¿En qué segundo su alma decidió venir a la tierra? Ella, la poeta que pregunta y escribe un cúmulo de versos en cursivas, ella el espejo de las páginas quien habla de sí y de su otredad siendo las mismas. Ella que se mira reflejada con sus sueños pendientes, su ser hecho de palabras, de nombres, de libertad para decir sobre las hojas. Ella dentro de un libro donde nace y renace constantemente como en un cambio de piel.

Y la música de los versos de Escarabajo nos lleva del cuerpo a la letra, de la letra a la sílaba, de la sílaba a la tristeza, la de ella, la del espejo que no es sino su yo misma. Y se confiesa sobre esa página-espejo para ser libre, o más bien para sentirse libre. Y afirma que así como al repetir y repetir las palabras pierden sentido, al repasarse y repasarse a sí misma acaba por contar su mundo. Entonces ella pregunta: ¿Quién será cuando haya terminado de decirse?

Ahora se encomienda a lo divino y surge el tú, el Dios que la sustenta en su palabra. Y al escribirse es salvación, liberación en cada letra. Escribir para no morir la propia muerte, Dios letra/ Dios nombre/ Dios semilla y pueblo/ Dios de su propio rostro y de su mirada por donde se asoma/ Dios en este libro que tiene el paraíso en sus páginas, el lugar del sembrador para decirlo todo.

Para la poeta Dios posee el laboratorio de la lengua, y para su espejo la voz da a luz la luz de la palabra, pero Dios es silencio, y también El único borde del que vale la pena asirse. El único lago para hundir el alma. Por eso su yo afirma: Soy más de Dios que de mí misma. Y en el espejo de sí misma se confunde entre múltiples rostros:

 

Soy la otra, la que sale del espejo confundida, es/cara/bajo.

Vivo en un sinnúmero de rostros; emerge, en la quietud, mi

madurez esquiva.

Soy la otra, la que alumbra las sombras del pasado y ronda un beso.

Ansío el tiempo de la costilla. Amarme escara/baja.

Escara/ costra/ pústula/ incisión del amor que la poeta concibe como colmena/ hambre/ sed/ llanto/ semilla de tiempo sepultada/ amor que roe con sus hebras dolientes, al mismo tiempo esperanzadas, y un ansia de beberse al mundo.

Por ello escribir la salva, las sílabas arropan su tristeza, y se convierte en polvo/ en sol que enfría/ el amor se le enreda entre las piernas y es centro del tiempo eterno:

Ínfima, como las partículas del paraíso, sabe que no es suya la voz

ni la escalera. Sabe que tendrá que escalar cada segundo de su faz, como si estuviera viva y en el confín fuera apedreada por su sombra.

Escarabajo los nombres que la destruyen. Escarabajo las trabas

del sin sentido, escarabajo todas las puertas de la tristeza.

 

Y en el sin sentido ella mira el grito/ los enigmas/ las penumbras/ los desiertos y destinos. Se siente parida por las sombras, que son el universo… Su yo sigue narrando las memorias, las huellas donde se encuentra con ella, la del espejo, la que esculpe sueños, la que muere en el mar de las cenizas escribiendo y da a luz lo que no puede vivir. Pero ella insiste en salvarse, en Entrar en el círculo de la libertad profunda/ enrenacer doliéndose en duelo de sí misma, De la que ha muerto bajo el sol todas sus muertes.

 

Y mientras su yo habita vacíos en su deseo y abrazos con la nada, a ella le sabe el mundo a sal y le duele el dolor ajeno.

Escarabajo es un libro laberinto que guarda muchos secretos al igual que el alma humana. Jenny Asse trata de desentrañarlos para ella misma y para nosotros. Lograrlo implicaría leer sus versos varias veces. Leerlo a dueto página frente a página, o en soliloquio entre las páginas escritas en altas y bajas, o por otro lado, las páginas escritas en cursivas. Es como leernos a nosotros mismos ante un espejo, con sístoles y diástoles, como alfabetos que comenzamos en el aleph de lo primordial o del soplo primigenio, y terminamos en tav, el espacio final de la perfección. Todos en un viaje de la sangre a la luz, del fuego original hacia el misterio.

Gracias, Carlos López, por este bello libro diseñado y producido en tu casa, Editorial Praxis.

Gracias, Jenny, por tu poesía, por tu amor a las palabras, y por este hijo tuyo de tinta y papel que nos da luz oscureciéndonos y nos lleva a inquietarnos por el ser en el estar de este mundo al que tú llamas limbo.

 


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