El taxista saca su pene

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El taxista saca su pene, A.E. Quintero, 2014, 48 p., ISBN 978-607-420-148-2, $50.00
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Viñeta

 

Nada bueno me ha traído

ser paciente,

ceder el paso,

no engancharme en las cosas

que la lluvia pelea,

que la noche discute.

 

Nada bueno me ha traído no engancharme.

Creer que el verde, el blanco

y el rojo

me darían empleo y un seguro para gastos médicos

por si se necesitara (¡toco madera!).

 

De niño siempre quise crecer

para comprarle a mi madre un collar de perlas o brillantes

y pagarle con algo

el que me quisiera tantos años.

Pero el tiempo y el dinero

caminan por patios diferentes, se asoman

a balcones distintos, juegan en jardines separados,

se desconocen

siempre, o casi siempre.

 

Y uno termina por entender

que la paciencia

es cosa de arañas y de santos.

 


 

Seducción de la imagen

 

Ricardo Muñoz Munguía

Las imágenes en una obra creativa son la perra brava que nos inquieta, que sin morder nos hace sentir sus colmillos. Y son las imágenes que en el volumen que hoy nos ocupa tienen esa presencia que señala la relación que el autor guarda con su alrededor, con la cotidianidad, y que este tipo de acercamiento no posee la figura solemne o impenetrable, si se me permite el término; la poética de A.E. Quintero es cercana para el lector que visite sus páginas.

El quehacer poético de Quintero parece arrojar la semilla de la que habrá de brotar la condición humana, el tiempo que nos complementa, el placer latente y palpitante, los personajes que nos habitan la mirada y, sobre todo, la soledad o el reclamo o esa necedad (necesidad) de la memoria por darle voz al ser infantil que se guarda en la orfandad del cuerpo actual.

En su más reciente poemario, El taxista saca su pene, el poeta traza líneas paralelas, ambas con el recurso de agotar la imagen, una de ellas de mayor peso poético que permite el bocado placentero de la palabra con la metáfora, la otra línea sin desenfado desata lo coloquial de una escena o un personaje o de un sitio.

En un par de versos el autor apunta: «Pero un niño enojado/ puede ponerle tantos rostros a una hormiga», a un ser tan diminuto; mas esa mirada es de dimensiones de imaginación prodigiosa. Así la infancia tan viva que después de su época se vuelve el luto que inquieta por sus destellos. En varias ocasiones llega a la escena, por lo regular no solicitada, la postura en que se afirma que hablar mucho sobre la infancia es algo que no te deja salir, volar. A.E. Quintero, en la mayoría de su obra, teje con la memoria ya su infancia, ya la infancia de otros, con la diferencia de que ésta no lo deja salir o volar, ésta le permite habitar latitudes nuevas del ser, volar sobre los escenarios que forman la actualidad, pues no olvidemos eso de que «infancia es destino». «De niño siempre quise crecer/ para comprarle a mi madre un collar de perlas o brillantes/ y pagarle con algo/ el que me quisiera tantos años./ Pero el tiempo y el dinero/ caminan por patios diferentes, se asoman/ a balcones distintos, juegan en jardines separados,/ se desconocen/ siempre, o casi siempre.// Y uno termina por entender/ que la paciencia/ es cosa de arañas y de santos».

  La Cultura en México, suplemento de Siempre, 3205, México, 16 nov., 2014, p. 77

 


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