De noche, una calle

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De noche, una calle, Refugio Pereida, 2002, 72 p., ISBN 970-682-094-9, $70.00
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Viñeta

José Falconi

En De noche, una calle Refugio Pereida funda una urbe poética habitada por los símbolos del deseo, el amor, la soledad y la muerte. Estos símbolos deambulan encarnados en personas, animales, elementos de la naturaleza e insectos que se confrontan, se confunden, se reúnen y se separan construyendo destinos personales y paradójicamente colectivos que es señal, cifra, santo y seña de una triste realidad: la vida en sus múltiples expresiones es a fin de cuentas una mascarada febril, carnavalesca, tal vez tan sólo fantasma o espejismo de lo que tendría que ser una vida a la altura de la imaginación humana y de los recónditos misterios de la realidad, tal como querían los poetas surrealistas.

Entrampados en «el reino de la necesidad»los seres humanos nos hemos apartado de nuestra naturaleza adánica —donde mora nuestra capacidad de poetizar— y hemos negado el mandato más alto que la Naturaleza nos ha confiado: cuidar la maravilla y la diversidad del mundo para evolucionar junto con él. Enajenados por las supersticiones que el mundo del poder, el éxito, el dinero nos ofrece, hemos dejado de comprender de qué tamaño es el desastre que nos hemos construido y heredado. La poeta Refugio Pereida parece decirnos que el desastre de la realidad que nos circunda sólo puede darnos tregua cuando ejercemos nuestra soberanía corporal; el derecho —que debiera ser irrestricto e irrenunciable— al ejercicio de nuestra sensualidad y sexualidad «bajo el pulcro bostezo de la noche».

La poeta Refugio Pereida en De noche, una calle funda una ciudad poblada de sonidos y silencios. Es decir, de un ritmo poético que recuerda canciones de incunables sonidos, de danzas al mediodía o de una lengua vagabunda o rumor de sorgo que cae y lo hace con las palabras que se ocultan detrás de las voces cotidianas. Detrás de los frágiles nombres de las cosas, los hechos, las emociones del mundo, si bien observamos, si indagamos como detectives adánicos que quieren ver más allá de la apariencia de la realidad, encontraremos las lianas rotas de tu mano en mi mano; es decir, la potencia poética que unifica la realidad objetiva y subjetiva: las otras palabras, las que son capaces de erotizar «el retrato de un suicida trepado en su silencio».

De noche, una calle es un intenso libro escrito con maestría en sus decires, en que el tema, contrario sensu a lo que sucede en buena parte de la poesía que en estos tristes tiempos se escribe, sí cuenta, y en mucho: el tópico nodal de este libro es el de la resistencia y reafirmación de la condición humana y sus númenes creativos. Resistencia y reafirmación ante una realidad que pervierte la condición primigenia del ser y enajena su capacidad de hacer el mundo más amplio y luminoso. Un mundo desquiciado por las acechanzas, desvaríos y perversidades de los poderes políticos, económicos, religiosos y aún culturales que quiebran el amor, desarman el deseo y promueven no la hermandad sino la complicidad.

Hace apenas unas cuantas noches, en una calle de la colonia San Rafael vi un grupo de enanos que habían sacado a pasear a sus sexos bajo la lluvia y en la esquina de esa misma calle me encontré al Che Guevara y a Manuel Acuña, sentados en la banqueta, tomándose una cervezas y leyendo los poemas de Refugio Pereida, poeta que tanto admiro.

 


Viñeta

Refugio Pereida: la noche; la calle

José Falconi

En De noche, una calle Refugio Pereida funda una urbe poética habitada por los símbolos del deseo, el amor, la soledad y la muerte. Estos símbolos deambulan encarnados en personas, animales, elementos de la naturaleza que se confrontan, se confunden, se reúnen y se separan construyendo destinos personales y paradójicamente colectivos que es señal, santo y seña de una triste realidad: la vida en sus múltiples expresiones es a fin de cuentas una mascarada febril, carnavalesca, tal vez tan sólo fantasma o espejismo de lo que tendría que ser una vida a la altura de la imaginación humana y de los recónditos misterios de la realidad, tal como querían los surrealistas. Entrampados en «el reino de la necesidad»los seres humanos nos hemos apartado de nuestra naturaleza adánica —donde mora nuestra capacidad de poetizar— y hemos negado el mandato más alto que la Naturaleza (con N mayúscula) nos ha confiado: cuidar la maravilla y la diversidad del mundo para evolucionar junto con él. Enajenados por las supersticiones que el mundo del poder, el éxito, el dinero, nos ofrece, hemos dejado de comprender de qué tamaño es el desastre que nos hemos construido y heredado. La poeta Refugio Pereida parece decirnos que el desastre de la realidad que nos circunda sólo puede darnos tregua cuando ejercemos nuestra soberanía corporal; el derecho —que debiera ser irrestricto e irrenunciable— al ejercicio de nuestra sensualidad y sexualidad «bajo el pulcro bostezo de la noche». 

La poeta Refugio Pereida en De noche, una calle funda una ciudad poblada de sonidos y silencios. Es decir, de un ritmo poético que recuerda canciones de incunables sonidos, de danzas al medio día o de una lengua vagabunda o «rumor de sorgo que cae» y lo hace con las palabras que se ocultan detrás de las voces cotidianas. Detrás de los frágiles nombres de las cosas, los hechos, las emociones del mundo, si bien observamos, si indagamos como «detectives salvajes» que quieren ver más allá de la apariencia de la realidad, encontraremos las lianas rotas de tu mano en mi mano; es decir, la potencia poética que unifica la realidad objetiva y subjetiva: las otras palabras, las que son capaces de erotizar «el retrato de un suicida trepado en su silencio».

De noche, una calle es un intenso libro escrito con maestría en sus decires, en que el tema, contrario sensu a lo que sucede en buena parte de la poesía que en estos tristes tiempos se escribe, sí cuenta, y en mucho: el tópico nodal de este libro es el de la resistencia y reafirmación de la condición humana y sus númenes creativos. Resistencia y reafirmación ante una realidad que pervierte la condición primigenia del ser y enajena su capacidad de hacer el mundo más amplio y luminoso. Un mundo desquiciado por las acechanzas, desvaríos y perversidades de los poderes políticos, económicos, religiosos y aún culturales que quiebran el amor, desarman el deseo y promueven no la hermandad sino la complicidad.

 


 


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