Corteza de la otra orilla

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Corteza de la otra orilla, Carlos López, 2014, 160 p., ISBN 978-607-27-0278-3, $160.00
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Viñeta

Vania Vargas

Hacer de las palabras un oficio, una máquina del tiempo que parte desde la nostalgia, un juego, una obsesión; convivir con ellas, las propias y las ajenas, reconocer su sonoridad, sus posibilidades semánticas, sus caminos de ida y vuelta; convertirse en guardián de su precisión y su cadencia, comulgar con ellas. De esta relación vital con el lenguaje surge la amplia producción literaria, compilatoria y editorial de Carlos López, de la cual Corteza de la otra orilla es una mínima reunión; una muestra del ejercicio contemplativo previo a la palabra, de la captura de las imágenes vivas o rescatadas de la memoria, de las preguntas, las conversaciones con los ausentes, y del trabajo de pulirlas, sacarles ritmo, enmarcarlas cuidadosamente en estructuras métricas y formales; un trabajo minucioso que hace que sus textos, más allá de ser una crónica lírica, se conviertan en un juego de precisión, un juego riguroso, como es el de la escritura, el de la creación: esa otra manera en la que se manifiesta la nostalgia por el niño que fuimos, ése que desde algún lugar lejano en el tiempo nos sigue dictando las coordenadas del asombro.

 


Viñeta

Carlos López: Corteza de la otra orilla

Juan Antonio Rosado

 

En el vasto territorio del poema, se oculta la corteza fónica con sus múltiples e inauditos significantes que no sólo generan melopea; también evocan, invocan y provocan presencias: la música casada con el sentido. Por ello, Carlos López, poeta guatemalteco y mexicano, inicia su Corteza de la otra orilla indagando con sutil ironía en la poética, en la contemplación (theoría) del acto poético: «¿Con tu pobre prosa/ cantas a la rosa?». Allí está el sonido, la recurrencia de o y r, y allí el ritmo, pero dichos versos además encierran una poética compleja: la pobreza de la prosa resulta insuficiente para expresar el universo, desde lo tangible hasta lo inefable. El verdadero creador, sin importar su técnica, medio o género (cuento, novela, teatro, ensayo, cine, pintura, música...) debe ser, ante todo, un poeta. Sólo él plasma la otredad, la salva de su condición efímera y la vuelve perenne en las humanas dimensiones; sólo él cruza a la otra orilla, sobrevive y se nutre con su corteza.

«Piedraluz», primera parte del poemario, consta de 69 haiku plenos de brillantez y plasticidad. Cito sólo dos: «Enloquecido,/ copula con la luna/ el sol nocturno» y «Alumbran soles/ entre los naranjales,/ oro en tus senos». En la segunda parte, «Diente de león», compuesta por piezas regulares (cada una con cinco versos de 5, 7, 5, 7 y 7 sílabas) se intensifica la concisión y voluntad de forma. Invoca desde estrellas, infinito y Vía Láctea, hasta espacios oníricos, pasando por imágenes terrestres: «La piel del lago», «Un viento roto» o «un gato bebe sombras». Por sus poemas extensos, «Cantos de la tierra» contrasta con las otras partes. Si bien lo terrestre, percibido desde el título, sigue sorprendiéndonos debido al modo en que se percibe y trata, aparecen aquí antisolemnidad, coloquialismos, ironía, juego, cotidianidad: un prosaísmo que se vuelve poesía: «La mirada de la mesera se estampa en una tortilla/ sobre la que se posan las moscas». Eso ocurre en un pueblo donde hasta el saludo quema. En otro lugar escuchamos: «(leer las noticias era tu forma de estar en el mundo, padre,/ y mi manera de no entender nada)». Es memorable el poema narrativo sobre Cata, «la única puta del pueblo». La siguiente sección, «Morir, eso es todo», tiene piezas de distinta extensión. Cito unos versos de «Table dance»: «Bailarina de la noche ámbar/ de alcohol y recuerdos, de luces/ en el pelo, sobre la cresta/ de encajes, puerto del deseo». Es imposible abarcar todo el poemario. Los títulos de las siguientes partes son sugerentes: «Rojo al alba», «Quebrantahuesos», «Rueda del destino» y «Almendranada».

En su prólogo, «Con el sol en las manos», Perdomo Orellana afirma que López, distribuidor de pequeños soles entre las páginas, es de los que llevan la poesía al extremo, como Neruda, Montale o Elytis. Más allá de su desprecio por la fama y su amor a la palabra, en Corteza de la otra orilla el autor nos invita a cruzar el umbral e iniciarnos en otros mundos que no son sino este mundo expresado a quienes sean capaces, con su sensibilidad y razón, de descubrirlo.

 

La Cultura en México, suplemento de Siempre!, núm. 3225,

México, 5 de abril de 2015, pág. 84

 


 
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