Caminos cerrados

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André Cruchaga - Caminos cerrados
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Viñeta

 

La voz del poeta André Cruchaga se alza contra la herrumbre del planeta, al que sus inquilinos se empeñan en aniquilar. Sus versos son una muralla contra la ignominia, a la vez que viento fresco en los saldos humeantes de la muerte y la peste de la guerra. Un verso no detiene una bala, pero ayuda a que no se dispare la otra sin que trepane la conciencia de quien lo hace. El poeta, en todos lados, esté como esté, enarbola la justicia, la libertad, la vida como bienes preciados. Cruchaga defiende con su verbo poderoso el derecho de los hombres a imaginar un mundo mejor.

 


Viñeta

Juan Antonio Rosado

 

¿Qué ha sido de este país? Museo de huesos,

vianda de moscas salpicadas por espigas

de lágrimas.

André Cruchaga

 

Entre los actuales poetas salvadoreños, André Cruchaga (1957) merece el lugar de quienes han conquistado su voz, una voz que, como pocas, expresa con intensidad nuestra época; una voz que, por lo mismo, se aleja de la función meramente esteticista o «artepurista», que García Lorca, por ejemplo, consideraba como «una cosa que sería cruel si no fuera afortunadamente cursi». Pero el poeta no ha renunciado ni a lo estético ni a las imágenes por instantes crípticas, aunque llenas de plasticidad en su hermetismo.

Ceñido al signo de nuestro tiempo —uno de los más crueles y deshumanizados—, Cruchaga ha encontrado en la poesía el vehículo para expresarlo. En su último poemario, Caminos cerrados (2009), impera la noche, el «aire de ceniza», la catástrofe, «el cascabel del pánico», lo infernal y la indiferencia de Dios (si lo hay), así como escalofrío, desasosiego y, en general, signo negativo: «alfabeto del extravío», camino cerrado:

 

    Mientras los países mueren desangrando

     su agonía,

     no sé en qué piso de la onu los embajadores

     cabildean para convertir las falacias en verdades,

     el azúcar en gastada diabetes

     y en insomnio histórico la hojarasca.

           

El libro resulta una descripción apocalíptica del espíritu en su lamentable estado de degradación. Tras la guerra fría, cuando «el único imperio se tornó Dios», hemos heredado un mundo sin paz: «tapiz de balas por aire y tierra», donde «el hongo del ruido ha sido un vasto ornamento» y donde «envejecemos junto a la noche,/ la pólvora y la tortura». El espíritu de hoy es el de «las teorías antropófagas de los políticos» y el «aliento de alacranes»; el «tiempo de bestias» en una «tierra de miedo» en que la armonía es negada y el caos tiene su vestíbulo. Por ello, el tema recurrente del volumen es la guerra, inherente a muchas naciones latinoamericanas. El Salvador no es, por supuesto, la excepción, y México hoy se halla enfrascado en una guerra inútil, sin rumbo, porque es ése el medio que ha elegido el estado para provocar temor en la población: más de once mil vidas apagadas a causa de tratarnos como menores de edad y prohibir sustancias que «no debemos» introducir en nuestros cuerpos «porque es malo». ¿En qué conciencia cabrá ese daño, esas vidas (inocentes o culpables), si es que hay conciencia en el aparato represor del estado? Cruchaga, más allá de su tiempo y su lugar, ha sabido captar una esencia humana: el estado de conflicto independiente de sus causas. Lo importante es que ha sentido, sufrido, expresado sus consecuencias. Y sin embargo, «bajo el caos, la palabra», como reza uno de los títulos del poemario. Renunciar al verbo poético implicaría caer en el amarillismo de muchos medios de comunicación; al fin y al cabo, vulgarizadores de la violencia. Tras los estados de conflicto que estamos viviendo, nada puede volver a ser igual:

    

     Aquí era la ciudad antes de la guerra.

     Era el mercado, la escuela, el día;

     ahora es el escombro y el aliento seco.

           

El poemario posee una fuerza, una intensidad emotiva que destila indignación, impotencia, grito, a pesar de su clamor por la paz. Es difícil concluir el volumen sin dolor por el estado actual en que viven (sufren) países como el nuestro. He ahí la unidad del libro, que oscila entre el pesimismo y una tímida, penosa de abrir los ojos, esperanza de paz. Este conjunto de poemas no dejará indiferente a ningún lector sensible, que vive y padece nuestra época y el destino del otro y del yo en un mundo —como diría el poeta hondureño Roberto Sosa— «para todos dividido».

 

 

André Cruchaga, Caminos cerrados, Editorial Praxis, México, 2009

La Cultura en México, de la revista Siempre!, núm. 2943, México, 8 nov, 2009, p. 84


 

 

 

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