Almedranada

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Almendranada, Carlos López, 2011, 40 p., ISBN 978-607-420-085-0, $50.00
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Viñeta

Maite Villalobos

Carlos López derrama una semilla poética que recuerda la tradición hebrea por la que desde la base de un almendro se puede tener acceso a la ciudad de la Luz. A diferencia de Jacob, Carlos López no halla en su centro a la inmortalidad sino a la nada. Almedranada es una voz que lleva al lector hasta la tumba sobre la que se lee: In nihilo ab nihilo quam cito recidimus. Ciertamente, en la nada, de la nada, qué pronto recaemos. Nada somos y en nada nos convertiremos. Almedranada es también una mujer, musa, diosa, el principio del caos, la vacuidad ontológica; la gran dualidad de la primera madre a la que acude el cadáver en postura fetal para ocupar de nuevo el vientre abandonado. Al principio era la mariposa negra: anuncio de la nada que se encarna en el silencio, en la piel del viento y en la destrucción. La mariposa negra —sin luz, sin almendra, almedranada— anuncia la  llegada de lo doliente como único alimento que en un péndulo sublime nos envuelve dentro del juego del placer y el displacer: la lengua hambrienta se detiene. Almendranada también es un lugar, un Panteón con Dios, dioses, diablos e infiernos. Demonios y jinetes. Espíritus y presencias. Ancestros y fantasmas. El cáliz es amargo y la ofrenda está extraviada; no habrá venia alguna que resguarde al hombre. Los conjuros son divinos; en ellos se cocina destino y magia. La voz poética se desgarra ante la imposibilidad de nombrar al mundo y de recordar los caminos aprendidos, lo andado, la zona del laberinto que se hizo propia. La diosa transmuta en humanidad, lo doméstico en cósmico. El mundo se reordena en la muerte. Las luces que captura la voz poética para transitar la oquedad son a su vez las que la hundirán laberinto adentro. El enigma se traza con máculas dentro del tiempo; el apocalipsis del humano reconoce en el centro de su vacío su lesa humanidad. La palabra es la única arma para calzar al mundo, recuperar la memoria y salir del laberinto; a sabiendas de que a más luz, más tiniebla. Tejidos, esquinas, telarañas, urdimbres, rizomas, espirales, caracolas son una invocación al laberinto: Almendranada.

 


Viñeta

El trazo de una mariposa

Estrella Asse

 

Hay poemas que llegan a nuestras manos como si vinieran dentro de una caja de sorpresas. Una vez que la mirada comienza a recorrer los signos impresos en el papel, surge el deseo por sacar a la superficie lo que yace en el fondo, lo que apenas se asoma en los resquicios de las palabras y es mera intuición del universo que el poeta proyecta en su creación.

Al reflexionar acerca de la poesía, Rabindranath Tagore la compara con el impulso primario de la vida, con el estrecho vínculo por el que los seres se descubren a sí mismos, aun cuando no sepan lo que es. Ante ese enigma que no tiene fin, que no se agota por analizarlo ni se puede medir, es suficiente con exclamar: «aquí está».

Es verdad que el hallazgo del poema «Almendranada», de Carlos López, basta para sorprender, pero la curiosidad incita a querer adivinar qué se oculta detrás de ese título que fusiona dos términos irreconciliables, tras el choque que produce la unión de una imagen concreta con el concepto abstracto de la negación, del vacío absoluto.

Frente al riesgo de interpretar, siempre cabe la duda; la razón quiere encontrar la homogeneidad, los porqués, los principios que satisfagan todas las preguntas que se suscitan bajo el riguroso escrutinio de la lectura. De manera simultánea, la expresión emotiva del poema toca fibras íntimas, la fuerza de sus imágenes despierta la imaginación, los sentidos reaccionan y, en ese acto receptivo, emergen significados.

¿Cómo conciliar en el centro esa dualidad que, similar al movimiento pendular, va de un extremo al otro? ¿Cómo aprehender la emoción que excede a la cantidad que puede absorberse? ¿Cómo no percatarse del rigor en los rasgos que dan forma, consistencia y ritmo al poema?

Cierto es que ningún lector de «Almendranada» pasará por alto su esmerada forma, su estructura movible que contiene 294 versos decasílabos en los que se entreteje una trama que no tiene inicio ni final. Los fragmentos que selecciona la memoria del poeta para verterlos en la realidad del presente se adaptan a una lectura de 21 poemas independientes que, en segmentos de 14 versos, son suma y equilibrio de estrofas que reconstruyen el tiempo inabarcable del recuerdo. Al igual que el poeta, nos sumergimos en el pasado para presenciar momentos, sensaciones, evocaciones que transforman la linealidad de los instantes en círculos que se disuelven y se reúnen en un todo de imposible permanencia.

El poema gira, cambia, los vocablos activan su movimiento, la experiencia sensorial reproduce imágenes; una a una se acoplan a los sonidos que emanan de lo profundo de las letras, en cada novena sílaba de voces graves, sostenidas en la medida armónica de 10 pausas. En ese concierto de sintaxis, se oyen cantos de añoranzas, de nostalgias interminables, de cuestionamientos vitales. El itinerario del poeta corre paralelo en la búsqueda de la perfecta amalgama del principio con la ausencia, ordenación de un sistema que aprehende las horas diluidas en el tiempo; totalidad que encierra murmullos que reverberan en el silencio.

Escuchar el verso, decía Ezra Pound, es percibir la música que duerme en la palabra, que debe siempre existir para que haya poesía. Si bien «Almendranada» es enjambre de texturas verbales, visibles, audibles, cuidadosamente recubiertas en su envoltura formal, el contorno se desdibuja, se difumina hacia espacios imaginarios, poblados de símbolos que aguardan ser descifrados.

El diálogo está abierto, nos convoca al tono reflexivo de una escritura íntima: huella imborrable de sucesos, de formas tangibles y vivencias huidizas, de fugas silenciosas que dan nombre a hondas interrogantes, materia que nos aproxima hacia horizontes desconocidos.

Si interpretar implica que el propio conocimiento medie entre la percepción de la lectura y la habilidad para comunicar su resultado, no es por fuerza el único aspecto ni el más importante. Las palabras tienen vida propia, relaciones fundamentales con su entorno. Una imagen vaga, un concepto, una idea que se aloja en la oscuridad de la memoria encuentra un día claridad para transformarse en un poema, para transmitir a otros esa experiencia. El poeta genuino, advierte T.S. Eliot, está oprimido por una carga que debe dar a luz para sentirse aliviado; el poema que compone es una especie de exorcismo contra el demonio. Por ello, mueve en otros sentimientos que no han experimentado nunca y revela lo que sienten, pero no pueden definirlo porque carecen de palabras.

El llamado de atención se cumple en «Almendranada»: Carlos López retrata su mundo interno, pero nos abre una rendija por la que escuchamos secretos que hasta entonces ignorábamos, atisbamos rostros que pensábamos olvidados, reconocemos viejos dilemas enterrados en oscuras profundidades. Su poética se conjuga en diminutos fragmentos, en la exploración del yo que transita a través de la espesura del pensamiento. En su doble inflexión, alterna las rutas; los caminos se abren a un trayecto de inesperadas revelaciones: lo mismo son huella del cuerpo ausente que pulsión del deseo, lamentosas fatigas que místicas cavilaciones esclarecidas, conciencia manifiesta de la muerte e infinitud de la creación que alinea el caos.

La potencia evocadora de una mariposa al inicio del poema será el vuelo que nos impulsa hasta fundirnos en una identidad compartida. Ella nos lleva a posarnos entre los libros del poeta. En las páginas inertes de los textos se incuban gérmenes del ser, la intuición del poeta se nutre de vida; asistimos a la génesis que forja su esencia poética: espejos de letras en los que se reflejan todas las historias; semilla que transmuta en la cosecha del fruto milagroso, útero que abriga el misterio de su origen, ritual que se cumple en el renacer de cada primavera, latido que se prolonga en la nada.

 


Viñeta

Jasmina Jaeckel de Aldana


Es un texto filosófico que reflexiona sobre vida y muerte —muy profundas— con base en varias teorías o sistemas (religiones, filosofía, ciencias naturales) que tratan de explicar nuestra existencia, el Dasein. Una de las muchas verdades que encierra Almendranada es que nada se repite, símbolo de la espiral de la biofísica moderna. La almendra verde, a primera vista de apariencia tan vital, tan real, es otro símbolo, imagen efímera en espacio y tiempo: representa a la nada. Al final, todo es proyección, sueño, fantasma, imaginación, hasta el amor y las letras. Lo real no existe. Nuestro mundo es de carácter ideal. Desde ese punto de vista el título no contiene contradicción. Me gusta mucho su estilo, su temática, su contenido.
 


Viñeta

Guadalupe Galván

Cuando vi el título, no pude separarlo en dos palabras. Yo vi una almendranada, como si fuera un estado, un plural, algo trenzado. Al mismo tiempo me dio la sensación de hueco, de continente, pero no frío, sino sensual, cálido, y al leerlo noté que estaba muy luminoso. 

Percibí aquí una búsqueda muy honda, pero en calma. Parece que fue escrito en las paredes sonoras de una caracola infinita. Una soledad muy consciente de todo lo que la puebla. La mariposa negra posada a mitad del libro rige, instaura la ausencia, el vacío, la nada. Es vigía en la puerta. La mariposa que anuncia lo oscuro de una manera sublime e inevitable. La palabra aparece como ancla, talismán, continente. Sólo la palabra queda. La mujer es el eje, el hilo con el que se va cosiendo la ausencia. Hay fuego y materia colorida en el libro. Me gusta cómo se mueven los peces en los poemas: unos son de fuego, otros vuelan entre los árboles. Me gustan los versos: «no más que letras, somos sonidos», «quema el estado de amor», «la locura de los árboles contagia al cielo», «el reloj marca lentos infiernos» y por supuesto «el mundo se reordena en la muerte».

 


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