Rielar

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Leticia Herrera Álvarez - Rielar
$150.00


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Viñeta

Vicente Leñero

Los textos de Leticia Herrera Álvarez se enlazan, uno a uno, como los eslabones de una cadena que se balancea entre la narrativa y la poesía. Son breves estampas, imágenes instantáneas, que tomadas por separado relatan episodios o dibujan viñetas literarias que se cumplen en sí mismas, como chispazos líricos. En realidad, los textos forman en su conjunto, en el flujo que les permite deslizarse a través de las páginas de todo el libro, un relato coherente impregnado de fantasía, pero definitivamente dramático. Una visión que descubre, al final del camino narrativo, la crisis de un desamparo. Memoria de episodios infantiles, despertar de la inocencia al mundo de la mujer adolescente y, luego, joven y, luego, madre o esposa o amante en perpetua reflexión de sí misma. Un viaje largo que se prolonga más en lo que sugiere o simboliza que en la acción directa jamás explicada o agotada. La prosa de Leticia Herrera Álvarez se preocupa, sobre todo, de la cadencia, y sus anécdotas suavísimas no se precipitan jamás en los barrancos del acontecimiento; pretenden volar, más bien, rumbo a la imaginación y descubrir en ese vuelo los perfiles del misterio que envuelve y define toda vida humana.
Libro original por su construcción complicadísima, pero sencillo en apariencia y, en consecuencia, profundo, intenso, grave. Rielar, crónica de un relato de novela cuenteada escrita en forma poética a manera de pinturas literarias muy cercanas al abstracto testimonia el talento de una escritora que aporta un tono nuevo a la siempre sorprendente literatura mexicana de hoy. 

 


Viñeta

Rielar de historias

 

Maricruz Patiño

 

Abro el libro y empiezo a viajar en esta novela cuyo personaje es siempre una maestra que sueña despierta durante el día, que opone lo maravilloso al misterio que representa la vigilia y nos va contando como paciente en un diván (al menos así me la imagine, por el tono confesional de los textos, generalmente en presente, como son contados los sueños al analista) una serie de breves relatos fantásticos en los que adivinamos la cotidianidad transfigurada por la imaginación en un vértigo delirante de imágenes poéticas que nos obliga como lectores a transformar continuamente la premonición del relato y nos somete a lo inesperado. La voz en primera persona se desplaza de la realidad al onirismo sin ningún pudor, sabiendo que la palabra crea realidades incuestionables. Si el poeta es, como afirma Bachelard, un ensoñador de palabras, la autora da rienda suelta a la ensoñación que atisba con un ojo el acontecer cotidiano y con el otro su metáfora, ya que su tercer ojo se ha vuelto estrábico, como afirma el propio personaje en el capítulo «Encandilada».

Como en los textos surrealistas más audaces, la ficción se enreda y desenreda al arbitrio de la conciencia que sueña y se transforma en una sucesión de imágenes que satirizan los acontecimientos más comunes. Porque, como diría Breton, «solamente en la proximidad de lo fantástico, en ese punto en el que la razón humana pierde su control, tiene todas las probabilidades de traducirse la emoción más profunda del ser, emoción no apta para traducirse en el mundo, y que en su propia precipitación no tiene más salida que responder a la llamada eterna de los símbolos y de los mitos». Parecería que la autora recurre a «lo maravilloso» como quien corre un velo frente al enigma: la confusión de la maestra en el momento de decidir el mejor lugar para hacer el círculo mágico se traduce en un remolino, como el de Doroty o Alicia, en el que nuestra entrañable personaje, de cuyo nombre no podemos acordarnos, porque sencillamente la autora nos lo oculta, crea despierta el trazo de un movimiento circular cuyo sólo impulso tras la repetición del movimiento la arranca de la tierra con la silla girando para vivir toda clase de aventuras terrestres para terminar su diario viajar frente al espejo: «Todavía no consigo iluminarme,/ por lo menos me voy a colorear» escribe por último, con ese sabor ácido de la burla corrosiva.

Leticia Herrera, la verdadera, exhibe en estos textos un humor finísimo, profundamente íntimo y femenino, convirtiendo el drama de su personaje en una picaresca perfectamente intelectual que, justamente por su enorme trasfondo realista resulta en un juego de inteligencia que rescata la figura de la mujer de su propio melodrama. La madre, la esposa, la hermana, la amante, la usurpadora, la maestra, la mujer, la poeta poseída por sus visiones, la loca-cuerda, todas esas facetas operan como en el sueño: son siempre la proyección del yo, todos los personajes son ella misma, incluso Carlos y Arturo cuando aparecen y desaparecen en el laberinto de su perplejidad.

Rescatados de su posible patetismo, los diversos actantes de estas crónicas poéticas a manera de pinturas literarias cercanas al abstracto transcurren con naturalidad en su continuo absurdo, y eso, pienso, es su virtud, hasta las cosas más terribles como la ensoñación de que un pulpo acabe con la hermana, típico celo infantil, casi cruel por ser inconsciente, aparecen distantes, un tanto fríos y agrandados, como al bucear en el mar, donde todo parece más grande de lo que es, efecto de la densidad del agua, elemento arquetípico del psiquismo. La autora pareciera estar convencida de que la imaginación jamás ha creado nada que no sea real, y es quizá por ello que en uno de los últimos cuentos y que justamente da título al libro afirma que todo lo descrito es verdad.

La lectura de esta crónica de novela cuenteada me mantuvo continuamente en el asombro y eso es otra virtud. Lo insoportable del realismo a secas es que su estilo ha sido plagiado y trasvestido por los mass media, y ya no sorprende a nadie; la televisión y el cine nos han hecho inmunes a los dramas, por eso siempre he pensado que la literatura como arte ha de transportarnos a otra dimensión que ilumine nuestra vida concreta, brindándonos una mirada que trascienda la torpe urgencia de los necios.

Dejo al futuro lector aceptar o contradecir mis elogios, y descubrir o no los brillos de esta pequeña joya tallada por la autora en quién sabe qué laberintos.


 


Viñeta

Jaime Erasto Cortés

 

El libro de Leticia Herrera muestra desde la portada sus expresas exigencias. El verbo rielar, que le da título, habla de una brillantez causada por una luz trémula. La autora, en reciente entrevista, explica: «es también el juego entre lo que es la vigilia y el sueño»; en verdad, son temblorosos sus acontecimientos en la medida en que una y otra vez agitan el interior de la narradora, personaje principal que los protagoniza, los presencia y los transmite plena de emoción, pues éstos muestran una naturaleza excitante, intranquilizante.

Así que espero haber satisfecho este primer requisito para ahora abocarme a reaccionar frente a la definición genéricamente plural. Crónica, por la cercanía atestiguadora con que se narra. Leticia señala: «está relacionada directamente con hacer el relato fiel de lo que va ocurriendo cronológicamente en el sueño»; relato, o más bien relatos, pues varios de ellos rebasan los límites cuentísticos y otros los reducen hasta constituirse como minificciones. Transmito algunas de ellas: «Esa vez no se me fue el sueño; lo eché: mi fosa nasal izquierda produjo un ruido como de aspiradora cuando se traga un reloj de papel. Era mi alma que regresaba al cuerpo, porque ya amanecía: giré la cabeza sobre la almohada y dije: ya llegué». La escritora las llama «chiribitas», textos brevísimos de unas cuantas líneas que pueden ser consideradas como una bomba porque son muy pequeñas, pero de enorme alcance: novela cuenteada a causa de la suma de las fracciones que en ocasiones constituyen una secuencia cronológicamente sostenida y que, por el contrario, alteran la línea temporal. Sin embargo, tal ruptura no invalida que la lectura transcurra como si se tratara de un diario íntimo, fantástico, onírico. A esta clasificación he de agregar que cuentos de hadas para adultos sería también una clasificación apropiada, la cual comenté con Leticia, quien me informó que inicialmente ello lo había considerado. Y aunque no se trate de una definición genérica, el llamar a Rielar una historia familiar apunta hacia un territorio habitado por los abuelos y demás parientes y señala los repetidos viajes a la infancia, a los sucesos de pasados tiempos, no sin dosis de terror: la hermana devorada por un calamar durante la comida; la erupción virulenta que desaparece ante la presencia de un cerdo desollado y transformado en un ser demoniaco; el padre que fue enterrado vivo, rescatado de la sepultura para conducirlo después y finalmente a su tumba. Llamar Rielar una historia de amor es convocar a Arturo, quien primero entre sueños aparece y más tarde comparte un vuelo con ella, acompañados ambos por bandas de patos. Arturo ya como esposo, como padre, atraído por otras mujeres. Arturo y Carlos,  su rival, de quien se dice: «Era el suyo un erotismo subliminado, que no buscaba competir con el de mi esposo». Arturo realiza su último vuelo, cae muerto a tierra, por lo que ella concluye: «Pensé en la armonía del universo; sonreí, maravillada y reanudé el vuelo». Llamar Rielar una historia de aventuras es proponer viajar con la protagonista en toda clase de vehículos, como el tren, el automóvil, el autobús, el innecesario avión, ya que nuestra heroína realiza sus propias travesías aéreas, inclusive colgada de una burbuja. Pero, ¿a qué lugares arriba?: a diferentes casas, al lugar de batalla entre los ateos y los no ateos, a una plataforma, base superior de un muro, contigua a un abismo, a un pasaje que conduce a un patio que tiene una noria y que parece ser de juegos, a las naves de un exconvento habitado por «una congregación de menesterosos sin esperanza», a un lago subterráneo donde se encontró con un «dragón de piedra, bueno y pacífico», a la ciudad de México, donde ya fueron construidos «los cimientos de un casino veinte veces más grande que la ciudad», que causará austeridad en el país, porque «todos los fondos será destinados a esta obra», a un sitio de ceremonia ritual donde se hallaban tres esculturas vivas que movían «sutilmente los brazos múltiples que les brotaban de un mismo cuerpo formado por protuberancias delicadamente redondeadas. Tenían colas de serena sirena descansando». Y es que desde las primeras páginas, desde los primeros viajes, esa mujer declaró su felicidad por no haber tenido miedo de abandonar su casa para salir a pasear, abandonando también su cuerpo en la cama, como si fuera una cáscara, para que nadie pudiera molestarla por su causa.

Hasta aquí resulta evidente que la fantasía, con una buena y consistente dosis, ha alimentado las acciones, si bien, y contrario a lo que ocurre en obras de esta naturaleza, la cotidianidad no es alterada por un suceso extraño, porque tal cotidianidad sólo mínimamente existe, pues ha cedido el paso a lo extraordinario. Leo el primer capítulo: «Entonces, los pescadores observaron el dibujo que pintaba la luz al penetrar el agua en movimiento y lo repitieron en sus redes, para que los peces entraran en ellas sin desconfianza». Desde este momento en adelante, Leticia no le da respiro, descanso al lector, ni tampoco a ella misma; página tras página persigue, atrapa a una y otra criaturas en uno y otro giro dirigido a un nivel profundo de la realidad para al final asegurar, confesar que «todo es verdad», afirmación sostenida en el principio con la declaración de que se trata de una «autobiografía premonitoria». Dicho procedimiento narrativo alcanzará ciertas etapas: «Ya no soy sino búsqueda. Tal vez seré algún día reconstrucción o, acaso, nuevo llanto. Resolví acostarme para descansar y enfrentar mi nueva condición de ser libre».

Algunas de las historias de los 82 capítulos no son producto de un viaje realizado sino únicamente ocurrencias, ocasiones, tales como el titulado «El murciélago», o «El espíritu del pulque», o «La mujer del conchero», que magníficamente prueban el poder imaginativo y la ilimitada libertad creadora de Leticia, a tal punto que uno se pregunta: ¿cuántos capítulos más podrían haber sido? ¿Fueron suprimidos algunos en beneficio de la edición? Quizás Leticia tuvo que contenerse, durante los diez años, lapso comprendido entre la conclusión de Rielar y su publicación, a fin de no prolongar su extensión. O esos estados de conciencia, estados del alma, o esos sucesos en el sueño y la realidad cesaron en un determinado momento para dar paso a la formación de la obra, pues supongo que una era la reconstrucción matutina de los hechos y otros su revisión escritural y su acomodo estructural, ya que dentro de la misma obra el capítulo 77 principia de esta manera: «La voz de los personajes de mi sueños estaba distorsionada, como si la emitiera una bocina reventada que al vibrar deformara el sonido».

Termino, entonces, con estas interrogantes, propias del proceso creador, zona que un presentador como yo nunca ha de conocer, de descubrir, aunque, tal vez, la autora de Rielar, tenga a bien develar.
 

 

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