Obraje

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Obraje, Mario Roberto Morales, 2010, 156 p., ISBN 978-420-049-2, $140.00
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Viñeta

 

Esta primera novela de Mario Roberto Morales marcó las bases temáticas, técnicas, estilísticas en que se fundaría su obra posterior, merecedora de un lugar principal en la literatura latinoamericana por su calidad y oficio; además, trazó las mojoneras de la nueva narrativa guatemalteca.

Sobreviviente de la guerrilla, Morales conoce los entramados de la lucha política y los plasma con una visión poliédrica, crítica, honesta en Obraje, inédita durante casi cuarenta años debido a la represión del estado (en Guatemala la crítica literaria se ejercía a golpes y el punto final lo ponía una bala) y, en principio, por el ninguneo del «fuego amigo» (críticos de cantina, homocafeteros componedores del mundo, descalificadores de oficio que aventaban palabras como balas). Morales, gallardo, soportó ambos embates y ahora le entrega a sus verdaderos destinatarios una obra que desde entonces brillaba por su lenguaje, la textura de la composición y la maestría en la recreación de una etapa de triste recuerdo en la historia guatemalteca, que se recicla de manera intermitente en una espiral vertiginosa que brota de cada triza de su malogrado espejo.

Carlos López


Viñeta

Mario Roberto Morales
Argumentos insumisos

Oswaldo J. Hernández perfila a un autor polémico que ha hecho de la guerra,
la política, la música, la literatura y la crítica, toda una hazaña vitalicia

 

«Distractores» como dedicarse a la lectura o a la escritura, en medio de un conflicto armado, pue­den ser un tropiezo inmenso en medio de una mi­litancia guerrillera. «Claro, Mario Payeras y Otto René Castillo eran las grandes excepciones ante este detalle», dice el escritor Mario Roberto Mo­rales, exmiembro de grupos insurgentes y Pre­mio Nacional de Literatura Miguel Ángel Astu­rias 2007. Morales, próximo a presentar el libro Obrajes, es conocido como uno de los mayores críticos de la izquierda, también de la derecha, y de las circunstancias nacionales en general. Fue criado en el seno de una de las familias de elite de Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla.

Nacido en 1947, desde pequeño, la «chapina­da» —como llama Mario Roberto a los guatemal­tecos— fue para él un gran «espectáculo», «algo un tanto exótico», agrega, «similar a como lo veía mi abuelo —anticlerical, asturiano, antimilitaris­ta— gran lector de Martí».

En principio, se recuerda a sí mismo, «dentro de este país», en la farmacia de su padre, don Ri­cardo, el boticario principal de Cotzumalguapa, allá por los años 50: «Cada domingo los indíge­nas de los alrededores colmaban el pueblo; lle­naban la plaza. Su jornada, luego de la iglesia, era visitar la farmacia. Y allí mismo te dabas cuenta de un contraste que consistía en una atención distinta y recetas diferentes... Cualquier otro día, mi padre recomendaba lo más oneroso, hasta fórmulas reconstituyentes; el domingo era otra cosa». Ante esta circunstancia, fue de su madre, doña Magda, que Mario Roberto aprendió que existían «realidades desiguales, que los indíge­nas eran explotados». Desde luego, le faltarían algunos años más para entender la magnitud de esta dimensión.

 

El agringado y el rock & roll

 

Años decisivos fueron los siguientes a 1954: Ami­gos cercanos que desaparecían. La caída de Ár­benz, la paranoia e incertidumbre. Los negocios familiares, bien que mal, en auge. Mario Roberto acumulando años. La mudanza. El futuro… «Me mandaron directamente a la capital a estudiar en el Colegio Inglés Americano. Era el mundo de la burguesía guatemalteca. Había gringos, judíos y chinos. Pero también eran los años del rocanrol, no en español, que nos enfermaba, sino del buen rock & roll en inglés», comenta.

Mario Roberto dice que la Guatemala que co­noció entonces era una copia de la realidad que vería años más tarde en la película setentera de George Lucas, American graffiti. Carreras clandestinas, romances, bailes, beisbol, karate... Elvis Presley, todo esto era lo que acompañaba la vida «agringada» y «rebelde» de un Mario Ro­berto Morales adolescente. «Tenía un Corvette Monza que llevaba al colegio y con el que casi me mato unas 12 veces… corríamos en las aveni­das Elena y La Reforma… competíamos allá por donde Miguel Ángel Asturias hoy está haciendo basura…» (risas).

Hoy, pasados los años, cuando lo visitan sus "amigotes" de secundaria, la pregunta "obligada" que le hacen es:

—¿Y vos Mario, y vos que siendo de una familia «decente», de ficha y de buenas costumbres cómo jodidos paraste de guerrillero, en la izquierda…?

«Fue cuando estudiaba en la Universidad Lan­dívar», responde, cuando por los mismos pasillos circulaban Álvaro Arzú o Jorge Carpio Nicolle. «Otra retahíla de burgueses. A mí se me metió la idea de que iba a ser psicólogo y que iba a ganar mucha plata. Pero paré metido en filosofía».

 

 

Fuerzas Armadas Rebeldes

 

Una noche de 1966, Lico, uno de los compañeros de la universidad, convocó a Mora­les y a otros 5 cuatesa uno de los baños de universidad: «Recuerdo que Lico, con quien siempre discutíamos de filosofía, esa noche, nos mostró una escuadra, una calibre .45. La desarmó, la volvió a armar y nos dijo que él pertenecía al Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre. Desde entonces nunca se me olvida la cacha nacarada color blanco de aquella pistola».

El único que demostró interés por las armas fue Mario Roberto, «el único prospecto guerrillero salido de la Landívar», considera.

Su proceso de reclutamiento lo cuenta así: «1) Te endosan con un responsable. 2) El responsable comisiona a 2 pelones para que te investiguen. 3) De acuerdo con la investi­gación, ya se te recluta, se te lanza la invitación».

Mario Roberto, fan declarado de Luis Turcios Lima, «por lo peliculesco que se plantea­ba todo lo que hacía», no quería estar en el 13 de Noviembre. «Pedí a Licoque me contac­tara con las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), donde estaba Turcios».

Dice: «Así como hoy la chaviza se emociona, qué sé yo, por ser parte de un concierto de Metallica, así nosotros nos emocionábamos al pertenecer a un movimiento revolucio­nario. Ser guerrillero era ser parte de la onda. Y pues yo tenía también la cuestión rebel­de del rock & roll».

Por supuesto que cualquier cambio real, en aquel momento, tras el ejemplo de Cuba, iniciaba con vencer al ejército. «Al menos eso se creía», y Mario Roberto, integrado ya en las FAR, pasó a ser parte de la llamada Resistencia Urbana, célula que operaba en la ciudad. Esto sucedía justamente en los mismos años en que él y el escritor Luis de Lión empezaban a tratar de entender «el rollo» de la literatura… escribir y publicar.

 

 

Matar a Miguel Ángel Asturias

 

Durante los años 70, mientras el planeta entero hablaba del boom la­tinoamericano de la literatura (Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti), Morales dice que en Guatemala, los escritores de la «chapinada» trataban de imitar el estilo «vanguardista» de Miguel Ángel Asturias. «Había que acabar con eso», exclama. «Luis de Lión decía que cuando uno imita es porque todavía no has terminado de entender. Y en dichos términos, en tertulia con Luis Eduardo Rivera, Marco Antonio Flores y Luis de Lión, escribí "Matemos a Miguel Ángel Asturias"». Sus primeros libros tenían cumplidos de escritores como Margarita Carrera o Luz Méndez de la Vega, así como premios. «Y en­tonces yo dije puchis, esto está fácil, y además me gusta. Así me con­vertí en escritor, en tanto el país estaba convulso, patas arriba. Es un contexto que puede ser leído en todo mi trabajo».

De la literatura de Mario Roberto Morales, que le ha valido muchos reconocimientos, se dice que es un punto de inflexión para las letras de Guatemala. «Tiene un tratamiento menos mágico y se enfoca más en un realismo social, con lenguaje cotidiano».

 

 

La crítica y la izquierda

 

Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), Fuerzas Armadas Rebel­des (FAR), Ejercito Guerrillero de los Pobres (EGP), Organización del Pueblo en Armas (Orpa), Movimiento Revolucionario del Pue­blo Ixim (MRP-Ixim), Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalte­ca (URNG)… «Todo el mundo quería ser el Fidel Castro particular de Guatemala. Turcios ya estaba muerto, desde 1966... Yo gano una beca para estudiar historia del arte en Italia. Arana Osorio zampa bombas de napalm en las montañas y la guerrilla casi se deshace en 1968. La lucha se retoma en 1973; yo retorno en 1975».

Así, Mario Roberto regresa como reclutador en el área de occidente y se integra al MRP-Ixim, da clases de formación política y poco a po­co escala posiciones. Para 1981, era parte del llamado es­tado mayor de ese movimiento y un año más tarde le encargan una incursión azarosa de dos semanas en el Distrito Federal mexicano. Se trataba de un viaje que duraría 10 años.

«Me arrestaron estando en México. Me torturaron, pero decía que era escritor, que era pacifista y la libré. Me mandaron a Costa Rica y luego me establecí 10 años en Nicaragua».

Nicaragua entonces era aquel otro país en el cual la revolución ha­bía triunfado. Morales actuaba de modo diplomático, «evidenciando la desinformación que llegaba de la URNG: decían que la guerra se iba ganando, cuando ésta, en realidad, ya estaba perdida desde 1982».

Comentarios así al escritor le valieron un encarcelamiento de 2 me­ses y 4 días, de torturas sicológicas. «Algo incomprensible, con secue­las: eran los mismos compas».

De todo ello, el escritor salió vivo y decidió volver a Guatemala. En 1992, ya en el país, su nombre se convierte en sinónimo de polémica. Desde sus columnas de opinión, en sus novelas, y con cualquier es­crito de su autoría, evidenciaba una crítica constante a los años de la guerra, la política y a sus protagonistas. Al mismo tiempo se vuelve académico y profesor de universidades internacionales. Aun hoy, en Guatemala, sus ideas compartidas con otros columnistas, sus novelas (La debacle, Los demonios salvajes, El esplendor de la pirámide, Se­ñores bajo los árboles, El ángel de la retaguardia...), ensayos y opinio­nes siguen siendo incendiarias. «Me dicen que he estado en política, en literatura, en la academia, en el rock & roll, en un montón de rollos. Yo sólo digo que nunca he abandonado la aventura».


Viñeta

Obraje

La vida de los libros es corta y prolongada entre distintas interrupciones, desde el lector que abandona las páginas por días, hasta aquellos manuscritos que, desdeñados por su autor, se han perdido durante años para regresar a nosotros. Así, un manuscrito de esos perdidos, llega a los lectores de nuestros días: Obraje, de Mario Roberto Morales, ve la luz cuatro décadas más tarde.

La obra se llevó el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela en Quetzaltenango, allá por 1971. Sin embargo, M.R. Morales, debido a su militancia política, perdió el manuscrito cuando el ejército tomara una casa de seguridad de la guerrilla en 1982. Se dio por desaparecido el texto, hasta 2005, cuando la suerte, el destino o el azar encontrara en la municipalidad quetzalteca una copia.

En 2010, la obra sería rescatada de las tinieblas por la Editorial Praxis, en México D.F., y por su director, Carlos López. Etiquetada bajo el nombre de «antinovela», Obraje es, junto a El tiempo principia en Xibalbá de Luis de Lión (ganador del segundo lugar en el mismo certamen un año más tarde), el punto de inflexión entre la novela del realismo social y la obra asturiana, dando lugar a la nueva novela guatemalteca.

Tanto De Lión como Morales no quisieron publicar sus respectivos textos en su momento. El tiempo… se publicó luego de la muerte del autor. Y Obraje se edita hasta ahora. Esta publicación pretende complementar la obra de De Lión, ambas escritas en el mismo tiempo y con la misma experimentación: el de la novela sin orden lineal o cronológico.

Treinta y nueve años después de haber sido galardonado en Quetzaltenango, el Premio Nacional de Literatura de 2007 presenta su obra. Hoy, a las 18:30 horas, en el Centro Cultural Luis Cardoza y Aragón (2ª avenida, 7-57, zona 10). Entrada libre.

El Periódico, Guatemala, 7 de junio, 2011

 


Viñeta

Obraje

Carlos López

Los libros no están a merced de sus autores y, una vez que se desprenden de sus manos, su viaje es incierto. Mario Roberto Morales escribió Obraje en 1970 y en 1971 obtuvo un premio que no incluyó la publicación de la novela, que, inédita, se difundió entre los amigos y recibió de éstos severas críticas —mezquinas y poco certeras, ¿envidiosas?—, lo que hizo que el autor engavetara su trabajo. Los vaivenes personales y la represión política del gobierno de Guatemala provocaron que Obraje se perdiera durante veintiocho años, pero gracias al azar y la amistad, el texto fue recuperado y, cuarenta años después, sale a la luz. El escritor lo acepta como un trabajo de juventud con ecos del boom latinoamericano, pero también con un ímpetu contrapuesto, una antinovela que no sigue una historia lineal (con un inicio y un cierre circulares) y que puede leerse de manera aleatoria.

En este relato, el narrador no emite juicios directos, más bien constata a través de diversos personajes una realidad compleja, evidente, a veces, y, otras, difícil de desentrañar. Obraje es un poblado de Guatemala, un microcosmos donde transitan seres que mueven al lector al sufrimiento, la comprensión o la risa. Güicho, el protagonista, es un joven común, sensible, confundido, que en su etapa adulta llega, sin convicción alguna, a ser presidente de la república. Morales logra retratar a este protagonista (el protagonista principal es el pueblo) como un ser lleno de contradicciones. El núcleo de ese pequeño mundo es la familia de este personaje: su madre, la Chus, una mujer falaz y poco cariñosa que lo castiga «por su bien»; su padre, don Ricardo, un boticario que antes de serlo vendía cristos de casa en casa y que suele emborracharse durante días enteros y amanece casi siempre en Las Horas Felices, el prostíbulo del pueblo. Güicho tiene una formación desigual, producto de las supersticiones de su madre y el machismo de su padre.

El lector que avanza en la lectura va uniendo hilos y piezas para completar una historia de apariencia chusca y trasfondo terrible. El rompecabezas nunca s

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