Sólo la errata permanece

S__lo_la_errata__50b57dfe34d77.jpgS__lo_la_errata__50b57dfe34d77.jpg

Sólo la errata permanece, Carlos López, 2012, 360 p., ISBN 978-607-420-110-9, $300.00
$300.00


Preloader

Viñeta

 

Mario Roberto Morales

 

Carlos López —implacable perseguidor y revelador de erratas—, ha hecho de su placentera obsesión perfeccionista el cimiento de una impecable labor editorial y literaria que asusta por su rigurosidad, así como una fuente inagotable de humorismo refinado y de ironía y sarcasmo carnavalescos. Desde aquí se regocija tanto de los actos fallidos de la «aristocracia del talento» como de sus esforzados simulacros populares. Para muestra, este libro: un enjundioso compendio de falencias, un sonriente catálogo de resbalones verbales, una vistosa colección de mariposas clavadas a su belleza errónea por el aguijón de este inclemente maniático justiciero que recorre el mundo imponiendo el orden de la palabra en todos los páramos en los que la mano del hombre ha osado poner el pie.

 


Viñeta

 

Carlos López: Sólo la errata permanece

 

Juan Antonio Rosado

«Yo he sufrido mucho con las erratas», escribe Alfonso Reyes, «ya he dicho que el libro Huellas (“colección de erratas con algunos versos”, según Ventura García Calderón) me metió en cama con fiebre. Pero también debo a las erratas algunos involuntarios aciertos». Entre éstos, el regiomontano recuerda el de Visión de Anáhuac, en cuyo original se leía: «La historia, obligada a describir nuevos mundos», pero que fue cambiado, por error del tipógrafo, a «la historia, obligada a descubrir nuevos mundos». Continúa Reyes: «Me gustó la errata, y la adopté decididamente en las posteriores ediciones». En su nuevo libro, Sólo la errata permanece, Carlos López despliega una extensa colección de anécdotas de este tipo sin centrarse en una nación ni en un autor.

Hasta la mitad del libro, en un tono jocoso, humorístico, a veces cínico y mordaz, y otras sólo irónico o sarcástico, el autor nos obsequia citas sobre las erratas de autores como Günther Grass, José Martí, George Steiner o el «Soneto a la errata», de Alfonso Sastre. También delata desde errores o erratas de escritores como García Márquez, Vargas Llosa, Ricardo Garibay u Octavio Paz, hasta el famoso del billete de 100 pesos: «Sufragio electivo no reelección», o el de traducción en uno de los catecismos del Vaticano.  Sin embargo, el blanco favorito del autor son los políticos. Por ejemplo: «En su visita a Guatemala, el 27 de octubre de 2009, Felipe Calderón afirmó: “Como diría un admirado guatemalteco [...], Ricardo Arjona: ‘El sur también existe’». Agrega Carlos López que «hasta la fecha, ninguno le ha informado que el poema que menciona lo escribió Mario Benedetti y lo musicalizó Joan Manuel Serrat».

La segunda parte del volumen es una colección de fotografías: un verdadero álbum de la errata: anuncios, carteles, encabezados de periódicos, advertencias, grafitis... Lo interesante es que no son sólo erratas lo que se exhibe, sino errores de todo tipo, pleonasmos, anfibologías, discordancias, incongruencias, sinsentidos y un largo etcétera. Anoto únicamente un ejemplo de anuncio: «Hay hielo frío». Sólo la errata permanece es un libro que nos hace reír desde la primera hasta la última página.

 

La Cultura en México, Siempre!, núm. 3115, México, 24 de febrero, 2013, p. 84-85

 


Viñeta

El que a yerro mata...

Cómo saber disfrutar con las erratas nuestras de cada día

 

Después de dos ediciones de un primer libro y un nuevo segundo tomo,  Carlos López demuestra mediante  un tercer proyecto  bibliográfico que —como bien señala el título de éste— Sólo la errata permanece (Editorial  Praxis), un tema que no sólo en los medios impresos es fuente inagotable  sino también en las redes sociales, la radio, la televisión y la cotidianidad.

Viridiana Villegas Hernández

 

El escritor y editor Carlos López (mexicano nacido en Guatemala en 1954) asegura no haber encontrado una fórmula para editar los últimos tres libros de su autoría, sino sucede que las erratas, según explica, «son inevitables: están presentes en todos los actos de nuestra vida (escrita y oral), motivo por el cual se deslizan de manera constante». Por otra parte, sabe que «podría pensarse que he hallado un caminito para escribir; sin embargo, sólo puedo decir que me topo con los yerros de manera casual, nunca con el afán de exponer a nadie. No escondo una doble intención, dolo o morbo de buscar el error en el otro. En verdad me divierte mucho llevar un registro, pues algunos de los ejemplos que he encontrado se prestan a la anfibología, a sentidos insospechados que en todo tipo de textos (por muy santos y puros que sean) aparecen».

El también director de Editorial Praxis comenzó a abordar el tema en 2005, con Helarle de la errata, título al que le seguiría una ampliada segunda edición en 2007, para dos años más tarde proseguir con El que a yerro, último tomo en el que comenzaron a aparecer fotografías de los errores ortográficos y sintácticos recogidos de la calle por el autor y algunos de sus amigos (incluso de otros países), al igual que en Sólo la errata permanece, ejemplos verídicos que están respaldados por sus respectivas fuentes. Carlos López afirma que tomando en cuenta que estos tropiezos en el idioma son interminables, «bien podríamos realizar un tomo aún más grueso que el de la Real Academia Española, lo cual sería muy bueno, pues demostraría que los errores superan a los (supuestos) aciertos de dicha institución. Tras los tres volúmenes que he hecho acerca del tema, tal vez debiera estar aburrido; pero me sucede lo contrario: al releerlos, aún me río mucho».

 

¿El buen sentido del humor también aparece cuando encuentra equivocaciones en su trabajo?

No. Esos momentos son de claudicación absoluta, pues sé que ya no es posible repararlos. Es un enojo total. La errata es lo que más me duele, pues después de tanto batallar con un texto salen a flote, cuando uno ya nada puede hacer. No trato de justificarme, pues el trabajo debiera ser impecable; pero cuando veo que se fueron sólo dos errores en todo un libro y, aunque el dolor es insoportable, trato de tranquilizarme al pensar que en otras editoriales los tomos salen con, al menos, una treintena de errores por página. Es increíble cómo los autores no se dan cuenta de sus yerros. Y así, con miles de ellos, mandan sus libros a la imprenta. Encontrar erratas en mi quehacer me provoca una mezcla de sentimientos muy feos y negativos, entre ellos tristeza, frustración e impotencia al observar cómo se maltrata el idioma, el poco cuidado que ponemos en nuestro tesoro, que es la lengua.

 

Asimismo, sostiene Carlos López que al recolectar los textos ajenos le causan gran jocosidad: «Por ejemplo —dice—, una errata memorable que encontré en El Generalito —un lugar de comida corrida que se convierte en antro por las noches en el Centro Histórico— fue leer que vendían un “cubetazo de seis indios por 140 pesos”, lo cual se me hizo muy curioso y barato».

 

Es increíble, decía Mark Twain, cómo una errata en un libro de medicina podía incluso matarnos.

Es verdad. Al respecto existe una anécdota de Antón Chejov, quien en alguna ocasión mandó una fórmula al laboratorio con una cantidad equivocada; al percatarse de ello corrió con el laboratorista, que logró calmarlo y hacerle ver que ya había corregido su descuido.

 

En esta investigación, ¿qué autores ha encontrado que hablen con mayor donaire sobre las erratas?

Entre otros, Jorge Luis Borges, quien sostenía que al lugar que fuera, cuando muriera, quería encontrar sus libros con las mismas erratas cometidas; Malcolm Lowry le escribió un hermoso poema a la errata; los españoles Lope de Vega y Quevedo encontraron el lado positivo a las fallas idiomáticas; por su parte, Alfonso Reyes escribió sobre el asunto asegurando que, una vez aparecidos los yerros, teníamos que convivir con ellos. Considero que el suyo es un punto de vista sabio, pues es imposible permanecer en plan

censor o de policía del idioma por siempre. Es preciso encontrarle una veta oculta a esa parte del lenguaje y no mortificarse; se trata de saber disfrutar con las erratas nuestras de cada día.

 

Respecto a la prensa, ¿cree que hoy en día la figura del corrector de estilo ha perdido su importancia?

Sí, por economizar impiden que los contenidos sean de calidad. Hoy en día la televisión ha trasladado a los medios escritos. Por ejemplo, el periódico Reforma es la tele puesta en una hoja de papel. Qué desvergonzados son al colocar un texto mínimo y una imagen enorme, lo cual implica mucho menos trabajo intelectual, de corrección y de edición. El trabajo del corrector, además de ser necesario, es multidisciplinario, de mucho respeto. Debería ser bien pagado y de pocas horas, porque exige un intenso esfuerzo visual.

 

No obstante, también recoge yerros del cine, la televisión, la radio y la internet, donde abundan nuevos a diario.

Si bien mis erratas favoritas son las de los libros, las revistas y los periódicos, las surgidas en los espacios virtuales me dan coraje. Ahí sí no me río, porque me resultan insoportables. Me enojo mucho cuando las produce gente en la que uno confía, que uno sabe de su talento, su educación y su pulcritud al escribir, pues el lenguaje es todo. Ya lo decían los latinos: el lenguaje es el espejo del alma. Entonces, tal como lo manifestemos, tal como lo expresemos, será importantísimo pues es parte de nuestra esencia como seres humanos. Una persona que se ame tiene que amar el idioma. Cuando a Confucio le preguntaron qué haría si fuera gobernante (que para fortuna de la filosofía no lo fue), respondió que la primera medida que tomaría sería que todos los ciudadanos cuidaran el lenguaje, porque de él se derivan todos los males de la sociedad.

 

También lamenta Carlos López lo que ocurre en las redes sociales:

Uno dice: son literatos, son becarios del Sistema Nacional de Creadores, dependientes de los recursos del Conaculta, vividores del estado; es gente que trabaja con la palabra... y me es inevitable reflexionar que solitos se balconean en Twitter y Facebook con sus faltas de ortografía y de sintaxis al por mayor. ¡Ya no hablemos de una puntuación digna!

 

Muy pronto, Carlos López tendrá listo el siguiente libro de esta serie, el cual se intitulará Errare humanum est.

 

19 de junio de 2013, El Financiero, Pág.32

 


Todavía no hay reseñas para este libro.