Erotismo de primera mano

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Erotismo de primera mano. Artes plásticas y visuales en México (siglos XX-XXI), Ingrid Suckaer, 2011, 144 p., ISBN 978-607-420-080-5, $280.00
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Viñeta

 

Jorge Alberto Manrique

La mochería en la historia de México es tan grande, el puritanismo invade tanto que el erotismo casi no puede sobrevivir, con la presión de la sociedad, la iglesia y el poder de los gobiernos. Hubo una excepción a finales de la época porfiriana. A partir de ahí se fueron rompiendo los prejuicios y empezó a descollar el erotismo en las clases pudientes. Con una visión inteligente y sustentada en su conocimiento teórico del erotismo, Ingrid Suckaer se ocupa de ese fenómeno del siglo xx, especialmente de las artes plásticas y visuales. Es su estudio un aporte importante, pues se trata de un examen global del erotismo; la escritora ha hecho una selección cuidadosa de los textos, los autores y los artistas incluidos en Erotismo de primera mano. Artes plásticas y visuales en México (siglos xx-xxi), ensayo valiente que ayuda mucho al conocimiento de la erótica.

 


Viñeta

Arte y erotismo

 

Carlos López

 

Este, que ves, engaño colorido,

que del arte ostentando los primores,

con falsos silogismos de colores

es cauteloso engaño del sentido;

 éste, en quien la lisonja ha pretendido

excusar de los años los horrores,

y venciendo del tiempo los rigores

triunfar de la vejez y del olvido,

 es un vano artificio del cuidado,

es una flor al viento delicada,

es un resguardo inútil para el hado:

 es una necia diligencia errada,

es un afán caduco y, bien mirado,

es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

 

Sor Juana Inés de la Cruz

 

Los seres vivos están infiltrados de arte y erotismo —que es pleonasmo, pues todo arte es erótico—, aunque éstos se consideren atributos sólo humanos, porque sólo ellos tienen la capacidad de representar de cualquier forma la metáfora del sexo, su expresión mística, que es el erotismo. Arte y eros coexisten, son indisolubles, y es casi imposible que uno no conduzca al otro. Aun en obras con un discurso que no tiene al erotismo como tema central, se puede reconocer la pulsión erótica del autor. Anais Ninagrega un elemento epistemológico al afirmar que «el erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía», como un elemento transgresor, liberador de los seres humanos.

La pulsión erótica ha existido siempre en el arte, desde sus expresiones más básicas —como las pequeñas venus de piedra o arcilla— donde la representación del ser humano con formas exageradas o los sexos expuestos manifestaban un elogio a la fertilidad, pero también una sexualidad latente. En la literatura, en Gilgamesh, uno de los poemas más antiguos de la Tierra, la prostituta sagrada humaniza a Enkidú —un hombre salvaje— a través del amor físico; gracias a la unión sexual, Enkidú deja de ser como las bestias de su manada y se convierte en un ser pensante.

Con el tiempo, el ser humano, y por lo tanto el arte, han ido transformando su visión y elaborando su sexualidad hasta revestirla de imaginación, es decir, de erotismo. El erotismo y el arte tienen muchas características similares porque su impulso es la creatividad, escapar del lugar común y nunca caer en lo obvio. El estímulo está en el juego, en la invención y las múltiples maneras de abordar lo ordinario y volverlo extraordinario. Según Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, «universalmente, la unión sexual es la repetición de la hierogamia primera, del abrazo de Cielo y Tierra, del que han nacido todos los seres: “Cuando esta penetración recíproca se opera, dice el I-ching, el Cielo y la Tierra se armonizan y todos los seres se reproducen”». El ímpetu sexual está también en lo no dicho, en lo prohibido y en esa frontera que junta la vida y la muerte. La relación Eros-Tánatos es el oxímoron del amor. Aquél es la vida; ésta, la cópula. La pornografía avasalla con el deseo, la inteligencia, está más cercana a Tánatos. El cuerpo humano es el centro del combate de la representación de todas las artes. En el erotismo conviven la dulzura y la violencia, Eros y Tánatos, una chispa que las artes plásticas buscan retener con formas y colores. La creatividad erótica y la artística han ido cambiando y parece que sus reglas son movedizas, flexibles. Cuando la cópula deja de ser sólo un pasaje a la reproducción, el cuerpo es una fiesta, lugar de experimentación y goce, pero en México, ¿cómo se ha expresado en el arte ese erotismo? El ejercicio de la sexualidad y la práctica del erotismo siempre han cargado con un peso social. La sociedad, el estado, la iglesia funcionan como represores de los impulsos sexuales y éstos se enfatizan en la vida cotidiana. Todavía podemos apreciar —y nos quedan resabios— de los tímidos asomos del erotismo en nuestros poetas de finales del s. xix y principios del s. xx, como Ramón López Velarde o Gutiérrez Nájera, y somos testigos de esos asomos en el viejo cine mexicano que provocaba éxtasis al mostrar el tobillo de una mujer.

Ingrid Suckaer en Erotismo de primera mano. Artes plásticas y visuales en México (siglos xx-xxi) hace un repaso de las distintas etapas y vicisitudes del arte mexicano de un tiempo significativo por su importancia en el contexto universal. En su itinerario, la autora cuestiona la banalidad a que se somete el arte en función del mercado, por la represión política o por el sometimiento consciente de los artistas. De éstos señala la poca búsqueda hermenéutica y la ausencia de pistas ontológicas que den sentido a la narrativa pictórica que refleja la cultura del país.

La autora establece las diferencias entre sexualidad, erotismo, sensualidad, pornografía, obscenidad, el discurso falogocentrista o vaginocentrista y nos da conocer las variantes de cómo el arte mexicano ha retratado o abordado el erotismo. A veces, los autores son los observadores del mundo; otras veces crean a partir de la autobiografía. Entre lo social y lo íntimo, el arte es una revelación de quiénes somos. Ingrid Suckaer hace un registro importante de la lucha de los artistas por la defensa de su trabajo (José Clemente Orozco, Roberto Montenegro, Tina Modotti, Nahui Ollin, Frida Kahlo, entre otros) salpicado de ingenio y anécdotas humorísticas —ambos ingredientes del erotismo—que el tiempo ha convertido en tales, porque en su momento fueron grotescos afanes de cooptación, control, represión. La selección que la autora realizó de los artistas incluidos en su ensayo responde al conocimiento del arte mexicano y a sus afinidades estéticas; no podía ser de otra forma por la empresa tan ambiciosa y omniabarcante que emprendió desde hace años y que es, por tanto, inacabable.

Ingrid nos seduce con su libro por la poética que sustenta y por su carácter libertario. Su mirada acerca lo complejo de una manera entrañable.


 


Viñeta

 

Erotismo de primera mano

Germaine Gómez Haro

El libro que hoy presentamos, Erotismo de primera mano, de Ingrid Suckaer, me parece un acierto en todos los sentidos. Confieso que yo no había reparado en la escasez de textos antológicos y teóricos sobre la historia del arte erótico en México, por lo que una publicación de esta naturaleza resulta más que bienvenida. Va también mi felicitación para Editorial Praxis por apoyar este magnífico trabajo.

Con el rigor que caracteriza su quehacer profesional —cabe recordar el valiosísimo libro sobre Rufino Tamayo que publicó en el año 2000, sus aportaciones al estudio de la cerámica contemporánea en México, entre otras investigaciones, y su experiencia en el oficio curatorial—, Ingrid Suckaer se sumerge en las profundidades del piélago del erotismo en las artes visuales de nuestro país, armada con las herramientas de su sólida formación de historiadora y crítica del arte, pero a la vez guiada por un instinto poético que aflora en todo momento a lo largo de este ensayo que se lee gozosamente de corridito. Es una lectura que despierta el interés desde su inicio y va provocando la curiosidad por conocer más sobre los artistas citados y recorrer más ampliamente sus trayectorias. A fin de cuentas, ése es el objetivo principal de un trabajo de esta índole que no pretende, ni puede ser, una obra exhaustiva. Cabe señalar también que otro gran atractivo de este ensayo es que, por la frescura de su contenido, es de fácil acceso tanto al gran público como a los especialistas, lo que hace de ésta una obra a la medida de todos aquellos interesados en contextualizar el tema del erotismo en las diferentes disciplinas artísticas. Así pues, este libro de portada rosa chillante atrae por fuera y seduce por dentro, abriéndonos la puerta de acceso al fascinante recorrido por los vericuetos del erotismo en la historia del arte mexicano de los siglos xx y xxi.

Acertadamente escribe Jorge Alberto Manrique: «La mochería en la historia de México es tan grande, el puritanismo invade tanto que el erotismo casi no puede sobrevivir, con la presión de la sociedad, la iglesia y el poder de los gobiernos. Hubo una excepción a finales de la época porfiriana. A partir de ahí se fueron rompiendo los prejuicios y empezó a descollar el erotismo en las clases pudientes». Efectivamente, a diferencia de lo que ha sucedido en otras culturas del mundo, el erotismo como tema de creación estética en nuestro país se remonta tan sólo a cerca de un siglo y medio, es decir, se trata de una práctica muy reciente si pensamos que la representación erótica ha estado presente en las manifestaciones artísticas desde los albores de las civilizaciones primigenias. Muchos estudiosos coinciden en considerar a la Venus de Willendorf la efigie erótica más antigua que se conoce. Se trata de una figurilla de piedra del paleolítico fechada alrededor de 30,000 a.C., la cual presenta una deliberada estilización en sus pechos y caderas prominentes que, a todas luces, homenajea la condición femenina relacionada con la tierra y la fecundidad. Sobra decir que desde entonces tenemos innumerables testimonios que dan cuenta de la importancia que ha tenido la representación del cuerpo humano y de la relación erótica entre parejas —tanto heterosexuales como homosexuales— en el imaginario de los artistas de todas las épocas, dando lugar a uno de los capítulos más alucinantes de la historia del arte y de la literatura.

En el México prehispánico no floreció una tradición de arte erótico como sí la hubo en la cultura mochica de Perú, cuyas representaciones de sexo explícito son altamente sugestivas, a diferencia de los escasos ejemplos que se conocen en el arte mesoamericano. Durante los tres siglos de dominación española, la mojigatería propiciada por la imposición de la moral judeocristiana y el implacable yugo de la Inquisición condenaron al erotismo a refugiarse en la oscuridad de las alcobas privadas y no hubo prácticamente espacio para su expresión abierta en pintura y escultura, salvo contados casos aislados en la palabra escrita, como fue la atrevida sor Juana Inés de la Cruz. Las tres cuartas partes del siglo xix marcadas por las luchas independentistas y las turbulencias internas tampoco dieron lugar a una libre representación del imaginario erótico sino hasta las últimas décadas, cuando sobreviene una voluntad de transformación total en la sociedad mexicana inspirada en el modelo europeo, el cual llegó a nuestro país por la vía del llamado modernismo. En ese contexto surge un personaje fundamental: el zacatecano Julio Ruelas —pintor, dibujante e ilustrador— cuyo trabajo realizado aproximadamente entre 1890 y 1907 reúne algunos de los ejemplos más notables del arte erótico recién inaugurado en nuestro país. Ingrid toma a Ruelas como piedra de toque para su estudio y hace referencia a la pintura La domadora,pequeño óleo sobre cartón de apenas 15x19 cm, cuya fuerza subversiva resulta sobrecogedora aún hoy. Aquí, Ruelas hace alusión a Circe, la diosa griega que transformaba en animales a sus enemigos y sometía a sus amantes malagradecidos, creando a su vez una analogía con el arquetipo de la femme fatale,en esos años tema central en la pintura simbolista europea y en los prerrafaelistas ingleses.

Contemporáneo a Ruelas, Mariano Silva Bandeira realizó una pintura erótica de carácter naïf y simbolista que no ha sido todavía cabalmente valorada. Me parece un gran acierto haber incluido a este genuino artista, también atrevido para su época y aún hoy poco conocido, inclusive entre los estudiosos. Ingrid apunta que Silva Bandeira fue relegado por la plástica de su tiempo, y aunque recientemente ha sido tema de estudio de Tomás Zurián, las pocas obras que de él se conservan han tenido escasa difusión, con excepción, quizás, de la que aparece en este libro —Eva en el paraíso—,un hermoso desnudo femenino cuya silueta curvilínea recuerda las venus de barro de las culturas milenarias. Esta pintura se encuentra en exhibición permanente en la que fuera habitación de Diego Rivera en la Casa Azul. De Francisco Romano Guillemín aparece la pintura intitulada Flora (La ninfa del manantial), un desnudo femenino tendido sobre una pradera florida que inevitablemente remite a la Ofelia de Millais. Tomando como piedra de toque estos artistas finiseculares, la autora hace una selección de algunos creadores que se desarrollaron en el contexto del muralismo y el arte nacionalista, pero quienes, a su vez, exploraron la veta de un arte más ensimismado, donde la seducción, el deseo, e inclusive la relación de Eros y Thanatos son el tema central; por ejemplo, Ángel Zárraga, Saturnino Herrán, Francisco Goitia, Gonzalo Carrasco, Francisco Díaz de León, Julio Castellanos, Manuel Rodríguez Lozano, Carlos Bracho y Rufino Tamayo. Quizás de todos éstos el artista que más se ha relacionado con el erotismo es Orozco en su magistral serie de prostitutas y burdeles, pero cabe señalar que otra vertiente poco explorada y difundida es la de sus dibujos de niñas, generalmente colegialas, inspirados en ese amor secreto de juventud que se llamó Refugio Castillo y cuyas cartas de gran contenido erótico dio a conocer recientemente Adriana Malvido en su libro José Clemente Orozco. Cartas de amor a una niña.

En esos años, la creación fotográfica también rindió soberbios homenajes a Eros, como es el caso de Antonio Garduño, inspirado en la imponente belleza desnuda de Nahui Olin, Tina Modotti, Juan Crisóstomo Méndez, Luis Márquez Romay, Edward Weston —quien no

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