Jaime Sabines. Entre lo tierno y lo trágico

jaime-sabines.jpgjaime-sabines.jpg
Autor: Óscar Wong

Óscar Wong - Jaime Sabines. Entre lo tierno y lo trágico
$120.00


Preloader

Viñeta

Jaime sabines 

Óscar Wong (Tonalá, Chiapas, 26 de agosto, 1948), poeta, narrador y ensayista de ascendencia sinomexicana, fue becario del Fonapas-INBA en crítica literaria durante 1978-1979, periodo en el que escribió Hacia lo eterno mínimo. Otra lectura de Muerte sin fin (Secretaría de Cultura de Puebla, 1995), y del Centro Mexicano de Escritores en ensayo (1985-1986), donde concibió el presente volumen. Ha obtenido diversos galardones, entre los que destacan el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 1988, por su libro Enardecida luz (UNAM, 1992), primer lugar en el Certamen Literario Rosario Castellanos 1989 en cuento, con el volumen La edad de las mariposas (Talleres Gráficos de la Nación, 1990), el Premio de Poesía de Ciudad del Carmen, en el 2000, con la obra Razones de la voz (CNCA, 2002) y el Premio Nacional de Ensayo Magdalena Mondragón 2006, en Torreón. Es autor del poemario Espejo a la deriva (Editorial Praxis, 1996), de La pugna sagrada. Comunicación y poesía (Coyoacán, 1997), del estudio crítico-antológico Chiapas. Nueva fiesta de pájaros (Editorial Praxis, 1998), así como de Cantares del escriba (Instituto Mexiquense de Cultura, 1999) y de la antología crítica Chiapas. Dimensión social de la narrativa (Edamex, 1999), Rubor de la ceniza (Editorial Praxis, 2002), Fulgor de la desdicha (Instituto Mexiquense de Cultura, 2002) y de Poética de lo sagrado. El lenguaje de Adán (Coyoacán, 2006). Coordinó talleres de creación poética en el Museo Universitario del Chopo y en el Instituto Nacional de Bellas Artes. Imparte cursos y talleres de creación literaria, de manera independiente.
 

 


Viñeta

 

Francisco Álvarez Quiñones

Jaime Sabines, entre lo tierno y lo trágico, de Oscar Wong, compendia el resultado de sus investigaciones, sintetizando eruditos y sensitivos ensayos de diversos autores, su propio emocionado análisis y el acucioso estudio de las características formales en torno a la poética de don Jaime, como llamamos en Chiapas al poeta Jaime Sabines, querido por toda la nación mexicana y más allá, por decir algo que me libere de construir un hipérbaton suficiente para expresar, a quienes aún lo conocen poco, el cariño que sentimos los hispanohablantes y amantes de la poesía por nuestro lírida chiapaneco de raíz también libanesa, traducido ya a muchos idiomas del mundo. Pero antes de abordar esta alfombra de Las mil y una noches, o estera primordial del Popol Vuj, o carabela o nao de china, que espero me conduzca con bien a través de los intensos oleajes que se levantan en mi alma al hacer el comentario de este ensayo del sinochiapaneco Wong sobre un creador de fama ya universal, primero le pregunté al numen del poeta Raúl Garduño lo que a su vez él le preguntaba al de Joaquín Pasos, capitán del Canto de Guerra de las Cosas: —¿Adónde vamos, capitán? —No lo sabemos —contestaba el capitán, y así, humildemente, me respondía Raúl—: —No lo sabemos. Lo sabremos cuando hayamos llegado.        —Y cito aquí a Raúl con agradecimiento porque fue él, junto con Ámbar Past —a quien también aquí agradezco su siempre amable presencia y amistad—, quienes según la cuenta que me engaña, pues me parece que fue hace pocos años, me presentaron por tercera ocasión, pero esa vez de manera poética directa, amistosa y cordial —con todo el corazón—, al poeta Sabines, a quien ya años antes había conocido, estando yo en medio de un trágico drama amoroso de juventud, del que él me sacó con su atención y sus poemas de viva voz, salvándome literalmente la vida, devolviéndome el ánimo al hacerme sentir de nuevo asombro, fortaleza y entusiasmo ante la paradoja existencial que el poeta expresó en toda su obra, infligiendo con intención de antemano el impacto emocional y el reto que sus versos provocan a los lectores obligados a sobrevivir en estas desilusionadas épocas, como, por ejemplo, dos de sus contundentes enunciados: «Es inútil vivir, pero es más inútil morir». La actitud que surgió en mi atribulado espíritu de adolescente por esta heroica filosofía, implícita en muchos de los poemas del singular tigre antilírida, como le llamó el poeta Eduardo Lizalde, al proponerle a Jaime que sus nombres no fueran homenajeados poniéndoselos a algunos parques o monumentos, sino a las tabernas y los rincones bohemios donde se juntan después de haber sentido, después de haber tomado al diablo por los cuernos para exaltar la vida, los poetas como, según la historia de Héctor Cortés Mandujano, hacían los atenienses chiapanecos en la mesa redonda del bar el Ateneíto, donde cuenta Oscar Oliva que Jaime frente a todos aquellos bardos decía para su regocijo: «Yo no soy poeta; yo soy Dios». Y voy a lo que digo: que esa actitud de amor a la vida, haciendo de tripas corazón y asumiendo, con alegría de torero frente al minotauro, la diaria confrontación con la muerte que me nació, fue por una lectura que don Jaime dio bajo sus árboles hermanos, en la Casa del Lago de Chapultepec, diciendo unos poemas de su Diario semanario y poemas en prosa, junto a su eterna amiga Rosario Castellanos, quien daba a conocer ahí también su poema «La lamentación de Dido», lugar y ocasión en que sentí por primera vez la mirada de jaguar, la presencia y la voz de volcán en reposo de Jaime Sabines, retándome y urgiéndome a la aventura de vivir intensamente, como lo dice en Yuria, con un poema de juguetería:        «Si sobrevives, si persistes, canta, sueña, emborráchate. Es el tiempo del frío: ama, apresúrate. El viento de las horas barre las calles, los caminos. Los árboles esperan. Tú no esperes; éste es el tiempo de vivir: el único». Y obedecí con agradecimiento y entusiasmo a ese llamado. ¿De qué otra manera podría yo haber interpretado las palabras que se iban grabando en mi alma mientras las iba yo escuchando de su voz en ese instante, tan profundamente que las aprendí de memoria para el resto de mi vida?:
       «Si uno pudiera encontrar lo que hay qué decir cuando todas las palabras se han elevado del campo, como palomas asustadas… Si uno pudiese decir algo con sólo lo que encuentra: una piedra, un cigarro, una varita seca; hasta un zapato. Y si este decir algo fuese una confirmación de lo que sucede: por ejemplo: agarro una piedra, estoy dando un durazno; si con decir madera, o tocar la pata de la cama, supieras que me muero. La vida es lo único que puede decirlo todo simultáneamente; he aquí el rayo caminando por el techo, la lluvia asomándose por la ventana; los carros, el televisor, la gente, y todo lo que hace ruido, y este café caliente resbalando de mi boca abajo, mientras me da tos y la deseo, y cierro los ojos a propósito. Lo más profundo y completo que puede expresar un hombre no lo hace con palabras, sino con un hecho: el suicidio…».
       Esta tremenda afirmación sacudió mi cuerpo y mi espíritu, de tal manera que no pudiendo rechazar esa cruel verdad, e identificándome totalmente con el poeta, sintiendo en anagnórisis, puse de pie a mi cuerpo e interrumpí a don Jaime como si el poema fuera mío, casi gritando: «¡El amor o el suicidio!», a lo que él, con tierna comprensión, tal vez sabiendo la conmoción que me había causado, y que con ello me reconfortaría, me miró con benevolencia y continuó, agregando la exaltada y vivífica palabra: «el amor o el suicidio», concedió, pero no cambió para nada la singular frase siguiente: «Es la única manera de alcanzar a la vida en este decirlo todo simultáneamente; mientras tanto, hay que conformarse con decir: en aquella esquina pasa esto o aquello, bajo aquel alero hay una golondrina muerta. Ni siquiera es cierto que sean las seis de la tarde».
       Porque don Jaime literalmente nos animaba con sus consejos, al decirnos, por ejemplo, «No digamos la palabra del canto: cantemos». Oscar Wong advierte desde las primeras líneas que este ensayo es, más que un homenaje, un reconocimiento a la enérgica vitalidad creadora y hondura emocional de la obra poética de Jaime Sabines, pero yo entiendo al leerlo que también es, como lo dice en el poema dedicado a don Jaime y a mi amigo-hermano, su hijo Julio, y a la manera asiática, tolteca y maya, una florida transmutación nagualística, una muy compleja, pero natural y espontánea expresión de agradecimiento, como en este momento lo es la mía, por la manera tan sencilla y humana en que, como a mí, la poesía de Jaime Sabines conminó y sigue conminando al crítico literario, profesor y ensayista Oscar Wong a convertirse en el poeta Wong peatón, en libre y asombrado ser humano, capaz de mirar, actuar y vivir poética, pero humilde e intensamente la cotidianidad, y en esa condición nos enseñó a sus lectores a estar siempre enmilagrados y agradecidos por los continuos cambios y asombros de cada día, vengan los toros del tamaño y con las mañas que vengan:
       «Uno es algo que vive,/ algo que busca pero encuentra/ algo como hombre o como Dios o como yerba/ que en el duro saber lo de este mundo/ halla el milagro en actitud primera./ Fácil el tiempo ya, fácil la muerte, fácil y rigurosa y verdadera/ toda intención de amor que nos habita/ y toda soledad que nos perpetra./ Aquí está todo, aquí. Y el corazón aprende/ —alegría y dolor— toda presencia;/ el corazón constante, equilibrado y bueno,/ se vacía y se llena./…Uno es ese destino que penetra/ la piel de Dios a veces,/ y se confunde en todo y se dispersa».
       Así le enseñó al mismo Jaime Sabines el patriarca hindú Rabindranath Tagore, quien fue (y en la espiritualidad Sadannah sigue siendo) de sus poetas favoritos, por su capacidad de divino asombro, y de hallar canto nuevo, poesía hasta en lo más recóndito y sencillo, y de expresarla con los tonos de voz más conmovedores y las palabras más comprensibles para todos, para darnos alimento. «Todo poeta es un padre», dice Denise Levertov, tal vez pensando en el significado patriarcal más profundo de la palabra poiesis: «acto primordial de crear», que se repite como cruz eterna en todo lo creado; la vida y los amores de Sabines lo confirman, ya que ciertamente él es una figura paternal, heroica o cariñosa hasta lo chusco a veces: «Te regalo la luna para que la tires»; austera y exigente en otras: «¡A la chingada la muerte!», que profería con fiero modo, con tierna furia cargada de amor, humanamente inmerso en la contradicción, iracundo hasta la blasfemia cuando sentía la exigencia de indignarse, pero siempre intuyendo, siempre asumiendo la responsabilidad que como poeta le daba esa omnipresencia paternal y amante del pueblo, sabia y generosa para todas y todos los lectores de poesía, incluyendo a los más exigentes de nuestra época, como a Carlos Monsiváis, y a la pléyade hipersensitiva, erudita y agudamente perceptiva, creativa e inteligente que estudia y cita Wong en este ensayo, para provecho de las y los lectores que aman o están inmersos en la obra de Sabines, pero sobre todo para provecho de las crecientes generaciones de lectoras y lectores poetas juveniles, anhelantes de creaciones sabias, generosas e inspiradoras, con las que realmente puedan identificarse, como estoy seguro sucederá con los poemas y citas de este ensayo, que cumple con la exigencia magistral de Moisés Morales, el sabio mayista de Palenque, quien pregunta: «¿De qué sirve que sepas, si no lo enseñas?».
       ¿Y cómo si no enseñando nacieron los poemas de los que habla Wong aquí en este libro, para los que no existe división de género ni brecha generacional? «El poeta está dando a luz», continúa Levertov reflexionando sobre el poeta arquetípico, lo que se puede decir precisamente de Jaime Sabines, de cierta manera analogándolo con Zeus, quien por exceso de amor se vio obligado a tragarse a una de sus amantes, la bellísima inteligencia, por lo que engendró en su divino cerebro a Palas Atenea, diosa de la sabiduría, pariéndola después de un cruel hachazo a su propia testa, que le abrió en dos el cráneo, atormentado por dolores de parto. Y eso que acabó de nacer fue la poesía de Dios, de Deus, nacida del dolor, como lo fueron los poemas tonantes y vivíficos que hecho un pequeño dios, como exigía Huidobro, el creacionista, nos legó Sabines, quien con su vida y obra respondió a esa mágica urgencia: «¿Para qué cantáis la rosa, oh, poetas? ¡Haced la rosa en el poema!».
       De esta manera, nuestra percepción mexicana —siempre numinosa, mitológica y simbólica— identifica intuitivamente a Sabines con el concepto Pop, Tzakol-Bitol, Totil-Me’il, Padre-Madre, Omeyocan, la entidad dual creadora de los mayas y ancestros originarios, dándole valores creativos idénticos a los de Zeus y el Dueño de la Tierra Florida, el numen o chaneque mayor, dueño de la luz y del relámpago que desata la lluvia. Y de sus poemas como rayos de sol nacimos o renacemos como juventud nosotros, las mujeres y hombres de maíz, florecientes, frescos, fuertes, autónomos, diversos y prestos para ser magníficos actores y autores, capaces también de reconocer, admirar y amar con toda su humanidad a nuestros grandes creadores, de la forma apoteótica mostrada por la juventud que abarrotó la Sala de Bellas Artes donde en 1996 se celebraron, con sus poemas y su voz, los setenta años de vida del entonces ya inmortal Sabines: mil personas de pie, seiscientas privilegiadas con asiento, miles viéndolo en pantalla en la explanada aledaña a la Alameda y toda la nación agradecida porque alguien sencillo, con apellido de nuestros árboles venerados, pudo por fin decirle a Dios y al mundo, en nuestro propio idioma común, lo que en verdad sentimos y pensamos.
       Esa veneración y amor filial por la obra escrita y por la vida que infunde Sabines es lo que nos reúne ahora con Oscar Wong y los creadores y pensadores que convoca este libro, alrededor de las ternuras y tragedias del humanísimo poeta de Chiapas. Lo que caracteriza a este ensayo entre los muchos que se han escrito para plantear las innumerables interpretaciones y revelaciones que van surgiendo de la lectura y relectura cruda y mística de las cuatro corrientes que forman el mar Sabines, es que Wong ha dedicado su vida no sólo a estudiar y escribir críticas y ensayos sobre las más relevantes creaciones literarias de nuestro idioma, sino también a escribir poesía, buscando como los alquimistas la piedra filosofal, el toque mágico esencial, el que hace posible que la palabra escrita nos conmueva, nos vuelva multitudes y nos anime a transformar y mejorar nuestra actitud, haciendo amable al mundo. En una de las partes formales de este ensayo, por ejemplo, revela a sus lectores lo que don Jaime nos confiaba a unos cuantos: que sus poemas no necesitaban musicalizarse, porque ya eran de música. Oscar Wong lo confirma al estudiar el ritmo y la acentuación en la obra de Sabines, concluyendo que el poeta pudo llegar al verso libre, con el que se identifican las multitudes, incluyendo a Javier Molina cuando dice: «La Libertad, hermosa palabra: practicarla, de eso se trata», porque conocía a fondo la versificación en nuestra lengua, y porque tenía un oído prodigioso, señalando que Sabines deliberadamente sacrifica la forma en aras de su propuesta poética. Estudiar la estructura utilizada y la armónica ejecución del sonido como elementos fundamentales en el efecto estético y la total pericia del poeta para manipular sus herramientas, es lo que en esencia motivó a Oscar Wong, hace ya más de veinte años, a ir reuniendo para este ensayo las profundas cavilaciones y rigurosos análisis sobre la poética y estilística de nuestro poeta, aun a sabiendas de lo que decía Gorostiza cuando veladamente hablaba de la poética y las técnicas que usó para escribir «Muerte sin fin»: él dijo que «todas esas cosas el poeta no tiene por qué saberlas cuando crea su obra, y si las sabe, no tiene para qué recordarlas». Pero vaya que son necesarias, como lo saben los jóvenes que quieren iniciarse en el quehacer poético, y los aventureros que por décadas andamos vehementemente en esa búsqueda, como quien espera un milagro, porque también Gorostiza nos ha enseñado, como a Sabines, que «en la poesía, como en el milagro, lo que importa es la intensidad». Y esta es la oportunidad, la serie de lúcidos hallazgos y ahorro de tiempo que ofrece Oscar Wong a los lectores de este libro, que al mismo tiempo es un traspaso de sabiduría creativa y un artificio revelador: inspirado por la bipolar alegría de Jaime Sabines, y en agradecimiento al demiurgo que lo hizo llorar la hermosa vida, hizo Wong de palabras un caleidoscopio de variadas facetas, con ventanillas capaces de hacer que nosotros mismos revelemos los secretos de las diversas dimensiones que abarca la aparentemente fácil magia que hace inmortal a Sabines, para aprender y enseñar el uso de todas las herramientas, todos los herrajes, jaeces, bridas, riendas o timones, y todas las mañas posibles para lograr conducir bien el acto milagroso de reunir de nuevo nuestras almas, de comunicarnos con el alma sagrada de la vida y la naturaleza, por esta verdadera religión que es la poesía.

 


ViñetaComentario

Todavía no hay reseñas para este libro.

© 2017, Editorial Praxis / Reservados todos los derechos
Vértiz 185-000, col. Doctores, del. Cuauhtémoc, 
06720, México, DF, telefax 57 61 94 13