El que a yerro

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Carlos López - El que a yerro
$300.00


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Viñeta

Patricia Conde Juaristi

De las expresiones comunes a la humanidad, el lenguaje es la más cercana y enigmática de todas.

En El que a yerro, Carlos López nos interna, como es su costumbre, por los caminos sinuosos, divertidos e insospechados de la palabra; la examina con rigor desde un ángulo cubista; descubre sus juegos y retruécanos para desnudarla; revela el humor, tantas veces involuntario, para mostrar, contundente, la esencia misma de la mexicanidad.

En este libro, los sonidos dan paso a la representación gráfica que los convierte en un cosmos filosófico y social absolutamente propio. 

 


Viñeta

Juan Antonio Rosado

Durante treinta años de labor poética y editorial, Carlos López (Guatemala, 1954) —uno de esos pocos obsesionados por el lenguaje oral y escrito— ha presenciado, recorrido y coleccionado cantidades enormes de erratas, errores y vicios de lenguaje. Mediante la observación y la reflexión no exenta de ironía, ha extraído de libros, revistas, anuncios, carteles, programas de televisión, discursos y otros muchos vehículos de ¿comunicación? frases incoherentes, absurdas, ilógicas, con humorismo involuntario, que exhiben el descuido, la distracción, la ignorancia —o de plano la estupidez o mala leche— de quien las expresó y osó publicarlas. Frutos de estas reflexiones son los libros Helarte de la errata (2005) y, más recientemente, El que a yerro (2009). ¿Que estos libros tienen también sus erratas y errorcillos? Sí. Errare humanum est y ningún libro es perfecto, pero hay de erratas a erratas, y de errores a errores.

Si el autor se ha comprometido con la palabra y ha escrito obras didácticas como su ya muchas veces reimpresa Redacción en movimiento; si ha experimentado con la lengua en volúmenes de palíndromos y otros géneros, en su última obra pone en la picota los grandes errores, confusiones, ambigüedades a lo largo de la historia, desde la primera errata registrada en Occidente, pero particularmente en el ámbito mexicano.

En «I kan’t Descartes» y otros capítulos, López aglutina —siguiendo una estructura tanto enumerativa como lúdica y sumamente ágil— una serie de anécdotas como la de una periodista de La Jornada que resucitó a Miguel Ángel Asturias (1899-1974) en 1982 y lo hizo declarar su desacuerdo con que García Márquez haya ganado el Nobel. «¿Cuál es el coraje contra el Nobel guatemalteco que le imputan declaraciones ocho años después de muerto? —se pregunta López— ¿Asturias fue el único que manifestó envidia por García Márquez? ¿Así que la reportera entrevistó a 6 mil millones de almas en todo el planeta y la única que le dijo que estaba verde de la envidia era la del autor de El papa verde? ¿De qué novela pudo sentir envidia Asturias después de escribir El señor presidente? Además, no se iba a levantar de su tumba sólo para eso. Primero hubiera hecho algo más interesante. Ir a un bar, por ejemplo».

En un tono similar, la misma estrategia delatora, crítica, irónica —con la ayuda de excelentes fotógrafos— despliega una multitud de ejemplos no sólo tomados de la prensa y de anuncios (espectaculares o no), sino también de una buena cantidad de libros, entre ellos el Quijote. Hay información valiosa sobre la historia de las erratas en Occidente y los muchos medios que se utilizaron para vencer a ese molesto duende que recorre las imprentas: desde los medios persuasivos y violentos, hasta pedir disculpas y perdones anticipados en prólogos o proemios.

Anécdotas de escritores como Borges, Nabokov, Donoso, Monterroso y Bioy Casares, o de políticos y politiqueros, periodistas, editores, instituciones como Conaculta y otros bichos, desfilan con humorismo, exhibiendo errores y erratas, pero también, a veces, sus posturas sobre el asunto. Ameno, divertido, fluido, con fotos tomadas de la misma realidad cotidiana, este libro es esencial —a pesar de sus erratas— para todo interesado en cuestiones de lengua.

 

La Cultura en México, de Siempre, núm. 2958,

México, 21 feb., 2010, p. 82

 


 

Viñeta

Ignacio de Jesús Sánchez Montes

Hoy en la madrugada (jueves 15 de marzo, 2012), tratando de contener la risa al leer El que a yerro, desperté a mi familia, ya que me fue imposible «luchar contra ese incendio hilarante».

 


 

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