Cuento, antología y canon: rutas paralelas en el tiempo

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Cuento, antología y canon: rutas paralelas en el tiempo, Estrella Asse, 2013, 232 p., ISBN 978-607-420-130-7, $240.00
$240.00


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Viñeta

Cuento, antología y canon

 

Juan Antonio Rosado

 

Muchos lectores creen que al comprar una antología han adquirido lo más «significativo» o lo «mejor», pero casi nunca se preguntan quién hizo esa selección, con qué criterios o a qué intereses sirve. Luz Aurora Pimentel, en el prólogo al libro Cuento, antología y canon, de Estrella Asse, también hace notar la ausencia de interrogación por las «inercias» que arrastran los materiales antologados, o por las exclusiones: «Simplemente aceptamos ―afirma― como una realidad el universo configurado y valorado como lo más representativo del tema». Justamente el análisis de Estrella Asse, entre otros objetivos, pretende descubrir hasta qué punto los criterios de selección de una antología con frecuencia responden a las jerarquías propuestas por el canon y aun por intereses editoriales.

   Pero el libro de Asse es sumamente rico en información y reflexión. No sólo aborda el tema de las antologías, sino que también diserta en torno al género cuento y su recepción a lo largo de distintas épocas, y profundiza en el engorroso tema del llamado «canon literario». De hecho, hay un nexo insoluble entre canon y antología. Allí, en ese nexo, subyacen «juicios de valor de antólogos, editores o académicos en la elección de obras que se enseñan en las aulas, que son potencialmente vendibles o sólo colecciones que se hacen sin fines utilitarios». Los mapas, sin embargo, nunca son definitivos.

    El libro se divide en cuatro capítulos: «Panorama histórico de la antología», «Origen del cuento», «Evolución y consolidación del cuento» y «Aproximaciones al canon literario». Es necesario aclarar que la autora sólo se centra en el mundo occidental, aunque de repente aparezca alguna referencia a otras culturas, a veces ―como en los casos de India y China― mucho más vastas, complejas y ricas en antologías, «cánones» y crítica que la griega y europea en general. No obstante, el libro es valioso por sus reflexiones y por la gran cantidad de ejemplos y referencias.

   A pesar de su erudición y constante diálogo con un considerable aparato crítico que implica la acuciosa investigación en la materia elegida, el libro de Asse no es pesado ni denso. Todo lo contrario: se trata de un texto ameno, que se dirige a todo tipo de lector, sobre todo a aquel interesado en el fenómeno de la antología en el mundo occidental.

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La Cultura en México, Siempre!, núm. 3156, México, 8 de diciembre, 2013, p. 85

 


Viñeta

Las antologías de cuento encarnan contradicciones; agrupan autores destacados de un siglo, una nación o un periodo, pero marginan a otros en la misma proporción; gustan por ser un medio ideal para acceder a un conjunto de textos que de otro modo permanecerían dispersos y se convierten en herramientas didácticas imprescindibles; mientras que algunas son imperecederas y refuerzan el canon aceptado, otras se ajustan al gusto dominante o pueden ser ajenas a cualquier intención de objetividad.

En este estudio, Estrella Asse reflexiona acerca de las dificultades que encierra el acto de antologar; inicia con un recorrido que va de la antigüedad clásica y llega hasta la era moderna para mostrar un amplio panorama donde cuento, antología y canon se analizan a la luz de un complejo entramado histórico. La alternancia de diversas voces que han dado pie al estudio de las antologías se conjuga en un diálogo fructífero que permite pensar hasta qué punto su proximidad ha creado vínculos estrechos y por qué comparten caminos afines.

Remontarse a las primeras manifestaciones narrativas hasta la plena madurez del cuento en el siglo xix, indagar en la naturaleza multifacética de la antología, cuya historia arrastra siglos que llegan al presente, y abordarla como instrumento decisivo para el estudio del canon literario brindará al lector la oportunidad de asomarse al mundo de las antologías con mayor certidumbre y amplitud, lejos de la candidez que a simple vista deja ver la selección de cuentos.

 

 


Viñeta

El arte griego de recoger flores:

Cuento, antología y canon, de Estrella Asse

 

Crear una antología se asemeja a hacer una maleta. La complejidad aumenta si se trata de una maleta pequeña, o peor aún, si es una mujer la que empaca. Nunca nos cabe todo lo que queremos llevar, uno guarda lo esencial pero siempre te quedas con la sensación de que algo se te olvidó o de que hubieras podido llevar un vestido mejor. ¿Meto la pijama o un vestido de noche, por si se ofrece? No, mejor saco los shorts y llevo una falda. Por trivial que esto parezca, imagino a un antólogo de cuento quebrándose la cabeza: ¿Cortázar o Borges? ¡Los dos! Pero si los meto, ya no va a haber espacio para Onetti y es esencial… ¡Y me falta Rulfo! ¿Cómo le diré al editor que quiero aumentar el número de páginas? Así que uno termina desechando con resignación y desagrado, o comprando una maleta más grande, si es que se puede.

Estrella Asse, especialista en cuento, parte de una pregunta esencial que surge de su quehacer docente: ¿cuál es la mejor antología, la más completa, la más confiable?, ¿desde dónde se han elegido a los autores y los contenidos?, ¿qué criterios defiende cada antología? Las preguntas han derivado en una investigación exhaustiva recogida en Cuento, antología y canon: rutas paralelas en el tiempo, editado por Praxis. La obra está llena de curiosos datos literarios; por ejemplo, el de que los griegos pensaron en la antología como la metáfora de una guirnalda o corona de flores. Antos, significa «flor»; légein, «recoger». Así, las primeras antologías buscaban ser un ramillete de bellas y diversas flores, pero literarias.

La autora hace un recorrido por la historia de las antologías, desde los epigramas griegos pasando por las colecciones de narraciones orales medievales hasta las complejas compilaciones estadunidenses que defienden a las minorías: afroamericanos, mujeres, asiáticos, chicanos, entre otros. Particularmente interesante resulta el capítulo dedicado a la historia del cuento, donde Asse conecta con maestría las genealogías literarias desde El Talmud, Las mil y una noches, El Decamerón, Los cuentos de Canterbury, Edgar A. Poe hasta James Joyce, Virginia Woolf y Borges.

La mosca en la sopa la pone Harold Bloom, el crítico estadunidense, al abrir la discusión sobre el canon, que retoma Asse al final del libro, justo donde los catorrazos iban a ponerse buenos. ¿Cuáles son los criterios en los que se basa un antólogo para elegir unas obras y no otras? Según Bloom, las nuevas tendencias estadunidenses que recogen obras de las minorías nacen desde los criterios del resentimiento, mientras que él busca basarse estrictamente en criterios estéticos. Pero, ¿qué son los llamados «criterios estéticos»? ¿Son universales y homogéneos o cambiantes y heterogéneos? ¿Cómo decir que un texto literario es bueno, o si se considerará así dentro de 50 o 100 años? Justo esta discusión es el pan nuestro de cada día entre los editores de libros y revistas literarias.

Asse apunta también a la importancia que ha tenido la antología como medio de difusión entre los lectores, algunas veces recogiendo obras o autores poco conocidos; otras, poniendo por escrito narraciones orales. Finalmente, el antólogo es un súper lector que guiará en su aventura a otros nuevos lectores.

Cuento, antología y canones un texto académico, especializado y con una bibliografía monumental dirigido a un lector igualmente especializado, que ame la historia de la literatura y las discusiones críticas. Es notable la erudición de la autora y el hecho de aventurarse a un tema tan poco abordado en México. Lo único que hace falta para tener el círculo completo es que Estrella Asse haga su propia maleta, que forme su propia guirnalda, y que se sumerja —probablemente— en la confusión eterna del antólogo: qué llevar y qué no.

 

Fátima López, revista Gandhi Máscultura, México, 16 de octubre, 2013


Viñeta

Arnulfo Herrera

 

Seguramente muchos de nosotros todavía recordamos aquellas viejas antologías que nos imponían cuando terminábamos la primaria o empezábamos la escuela secundaria. El galano arte de leer, de Manuel Michaux y Jesús Domínguez y, para los más avanzados, la prestigiada selección de Amado Nervo cuyo largo título empieza con las palabras Lecturas literarias… Estos libros se siguen editando con tapas de diseño moderno, pero su éxito ha mermado mucho, especialmente el de Nervo que fue compilado en 1918, y no por razones de calidad artística, sino por razones de otro orden. Si volviéramos a sus páginas, tal vez no encontraríamos en ellas el mismo encanto que nos proporcionaron en nuestras primeras incursiones de lectores; o tal vez, contagiados por la nostalgia, recuperaríamos muchos elementos de nuestro pasado que habían quedado olvidados. Lo cierto es que algunos de esos lectores nos aficionamos tanto al ejercicio de leer que lo continuamos hasta convertir esta práctica en una  «costumbre heroicamente insana», después en un proyecto de vida y al final en una profesión. Eso significaría, sin duda, que aquellas antologías cumplieron sus propósitos, pero lo hicieron en demasía. Porque al cabo no terminamos siendo los consumidores ingenuos que se deleitan con las misceláneas arbitrarias, como los inocentes lectores que siguen comprando en los puestos de periódicos El declamador sin maestro de aquel mítico Homero de Portugal, y ahora tenemos la malicia suficiente para entender que el éxito de El galano arte de leer se hallaba menos en el gusto de la selección de obras y autores que en su parecido a los libros de texto gratuitos y, si persistimos en recoger el hilo, nos vamos a topar con una tremenda realidad política: la larguísima dictadura de la doctora María Edmé Álvarez al frente del Departamento de Español en las secundarias diurnas de nuestro país. Apoyada por el maestro Francisco Monterde, desde 1947 y hasta mediados de la década de los setenta, ella promovió (entre muchas otras cosas) las lecturas y se convirtió en autora de libros de texto que tuvieron «enorme demanda» y también exhibían un gran parecido con los libros de texto gratuitos.

No son malos los libros de la doctora Álvarez (yo todavía los hojeo de vez en cuando y me sirvo de ellos), pero los altos puestos en las secretarías de estado suelen ser más verticales y autoritarios que los mandos del ejército; además, la experiencia histórica nos ha enseñado que el ejercicio del gobierno, cuando se prolonga más allá de los períodos razonables, trae una suerte de empobrecedora monotonía que de manera invariable termina resultando nociva. Y el hecho de que algunos lectores hayamos llegado a ejercer profesionalmente el oficio no significa que aquellas antologías cumplieron con sus objetivos sociales. México no es un país de lectores y seguramente es la inercia lo que mantiene aún con vida a El galano arte de leer, puesto que se compra más en la provincia que en la capital del país.

¿A qué viene esta modesta crónica de desengaño? Al libro que nos ocupa esta mañana. Cuento, antología y canon: rutas paralelas en el tiempo, de Estrella Asse, indaga en este terreno las distintas motivaciones que tienen las antologías y el impacto que producen en los fenómenos de recepción. Es un inmenso campo de reflexión que presenta innumerables problemas donde se involucran varias disciplinas literarias, sociológicas y hasta psicológicas. El primer acierto de este trabajo consiste en la forma que la autora consiguió ceñirse a unos cuantos aspectos que, sin embargo, son difíciles de abarcar por sus enormes dimensiones. La doctora Asse se ciñó a la relación que hay entre las selecciones de textos, es decir, las antologías más destacadas, el canon que tiene variantes de época, región, estratos sociales, intereses políticos o comerciales, y un género literario como el cuento, que a lo largo de los siglos ha tenido mejor aceptación que la poesía cuyas banderas oscilan entre la elite y la cursilería popular. El cuento ha tenido una recepción más estable y su extensión le ha permitido convertirse en el género favorito de antologadores y lectores, y en el pasaje natural de acceso a la literatura de una época, una nación, un tema, una generación de autores, una corriente, una perspectiva sobre el mundo, etcétera. No podríamos dejar de recordar las antologías de ciencia ficción que hizo Ray Bradbury, ni las numerosas antologías de cuentos de terror, ni las antologías de relatos eróticos a las que hoy se suman las antolo­gías de mujeres cuentistas o de escritores marginados por su condición de migrantes o por sus preferencias sexuales.

Parece sencillo deslindar los motivos que dieron origen a una antología, sobre todo cuando ésta lleva enunciados en el título sus propósitos. Pero nada en la crítica literaria es más engañoso que en esta aparente facilidad. Las antologías cubanas que nos presentaban a los autores de ciencia ficción rusa, por poner un solo ejemplo, se oponían radicalmente a las antologías que confeccionaba Ray Bradbury. Pero estas mismas antologías cubanas llevaban en sus propósitos selectivos una intención propagandística y soslayaban los temas escabrosos o marginaban a los autores que tenían relaciones dificultosas con los regímenes socialistas. Lo de menos era la calidad o la aceptación entre los primeros lectores, el criterio político determinaba la selección y, como siempre ocurre en las antolo­gías, las inclusiones y las exclusiones se atribuían únicamente a las preferencias del compilador. Por eso resulta muy difícil abordar el fenómeno de las antologías sin encontrarse en cada corte, en cada paso, que después de acotados los problemas, aparezcan nuevas dificultades, como si fuera la Hidra a la que cortáramos la cabeza y, una vez cortada, le surgieran nuevas cabezas, en un laberinto de bifurcaciones interminables como los sueños kafkianos o las medinas de las ciudades árabes. Por eso Estrella Asse se vio obligada a emprender un recorrido histórico. Desde la Antología griega y sus variantes nominales, la Antología planudea y la Antología palatina, hasta las antologías decimonónicas, cuando el término literatura quedó delimitado y surgieron las primeras antologías profesionales que pusieron en evidencia las relaciones entre el canon, las políticas culturales y comerciales, las dimensiones de los textos y el gusto personal. Nosotros incluiríamos con algunos créditos nada triviales a la invención del linotipo y el perfeccionamiento de las prensas que fueron parte de la revolución industrial.

De manera paralela a la confección de las antologías, las colecciones, los florilegios, las misceláneas, los cartapacios y demás nombres que han recibido las diversas compilaciones a lo largo de la historia, el cuento como género literario nacido del padre mito, fue conformando su identidad y separándose de sus parientes como la leyenda, la historia, la parábola, la fábula, la conseja, el exemplum, la descripción natural y de bestiario, etcétera. En la medida que se ajustaba más a un formato, se volvía más susceptible de ser recogido por un antologador. Esto quiere decir que la antología jugó un papel determinante en la identidad del cuento y es algo que no solemos tomar en cuenta.

Lo mismo ha ocurrido con los escurridizos contornos del canon, el cual es imposible tratar sin sumirse en los lodazales de las más complejas teorías literarias. Estrella Asse voló estas ciénagas sin manchar

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