Las vacas de Dios

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Florentino González - Las vacas de Dios
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Viñeta

 

Florentino González

Alberto Barreto Villalobos

LA LULÚ
   
Uno de los rasgos interiores que pudiera sacarse a flote ahora de Florentino González, sería la humildad. Otro más, y que lo cargó con sobrada dignidad hasta sus últimos días, fue su mote: La Lulú, quien nació en el expueblo blanco de América, Comala, en 1936. Cocinero, gourmet y, siendo sexagenario, escritor… no de esos de oficio, pero sí aficionado con la necesidad de expresión para contarnos parciales acontecimientos de su vida, escabrosa para algunos, enternecedora para otros.
    La Lulú nunca aspiró a ganar ningún premio de literatura. El máximo sueño era ver publicado su primer —que fue su único— libro. Finalmente, en diciembre de 1996, en la desaparecida librería Hermes, se presentó su aspiración más importante como escritor que le daba cabida en el gremio de los literatos colimenses con obra publicada. El libro en cuestión, una serie de cuentos impreso en la ciudad de México por la Editorial Praxis: Las vacas de Dios. Tres meses después de la presentación, Florentino González fue enterrado en el viejo panteón de Villa de Álvarez.
    Dadas las circunstancias del declive final, su muerte significó un misterio, pero no su vida, puesto que, como simple relatador oral, nunca con el sesgo del literato, le daba por contarnos a varios amigos pasajes de su intimidad y trozos emotivos de su vida. Una vida nada fácil, por sus preferencias sexuales comúnmente nombradas en nuestra sociedad como anormales o, ya en el plano del más recalcitrante prejuicio, enfermizas.
    Por el contrario, Florentino era una persona normal; debo advertir, su inclinación sexual estaba bien definida y buscaba lo que le correspondía en el amor, con sus avatares y alegrías, igual a todos los seres del mundo que ansían el amor y la felicidad mediante la comprensión y el respeto.
 

SUS MARINEROS GRIEGOS Y PESCADORES DE MANZANILLO

La Lulú pasó largas temporadas en el puerto de Manzanillo, donde convivió con marineros y pescadores. Su gran amor de juventud fue un marino griego, quien le correspondió plenamente durante su estancia en el puerto. A pesar, según reparaba La Lulú con un resignado sentido del humor, de su nulo atractivo físico. «El griego —había dicho también— era un adonis y me enseñó a preparar comidas riquísimas. Jamás sabré por qué se fijó en mí».
    Pero, a la vez, varios pescadores manzanillenses se fijaron en él y le enseñaron muchas cosas. Así entre amoríos y amistades, en ese ir y venir en los barcos anclados en el muelle de Manzanillo o en su caminar por las playas, las fondas y los prostíbulos, La Lulú adquirió una sazón exquisita para cocinar y una compulsión para enamorarse. Mientras su sensibilidad, sin mayor academia que la de su experiencia y no pocos golpes rudos que le infringió la vida, guardaba las vivencias en su corazón, para, después, recordarlas con mayor precisión por medio de la escritura de las mismas. Se entiende que inicialmente ésta era rudimentaria, no obstante hablaba la sinceridad y su propio y natural don para transmitirlas.
 

LAS VACAS DE DIOS

Sólo él para saber desde cuándo se convierte en escritor. Al fin de cuentas, terminó siéndolo. Calladamente, sin muchas lecturas y por supuesto sin la ayuda de ningún taller literario, se va forjando un narrador nato, un creador humilde —en el estricto sentido de la palabra, quiero decir escasos recursos económicos—, pero con una riqueza notable de cuentista. Su literatura (Las vacas de Dios) es el equivalente a un fresco de la pintura realista. La memoria de niño se le quedó anclada para siempre. De ahí la recurrencia infantil y del adolescente Florentino que penetra en la claridad provinciana de sus recuerdos. Visión de su nostalgia rural. Sus historias, que en gran parte son fracciones autobiográficas, cargan una sensitiva añoranza, sus figuraciones, el juego del caimán o su propio Unicornio —el fantástico deseo y tentación de La Lulú— y aquel hermoso «Esplendor de los naranjos».
    Florentino era un hombre de presencia frágil; bajito, similar a si fuera un equilibrista chino. Y su calidad humana aparecía segundos después de haberlo conocido, acompañado de una modestia que semejaba ser la prueba de dignificar a una persona que nunca buscara el daño ajeno.
    En reuniones con amigos poetas y gente letrada de Colima, La Lulú jamás hablaba de su literatura. Él sabía que ésta no ameritaba discusión. Al mismo tiempo, siempre intuyó que la literatura se hace escribiéndola, no mediante la enrolladora disquisición de una polémica. Tal vez la ausencia de un sustento teórico le hacía guardar el prudente silencio del que aprende escuchando. Y entonces él prefería hablar de la vida, el amor y la muerta, o sea, de lo que está hecha la literatura. Como Las vacas de Dios, su gran herencia. Su testamento de la vida bajo el itinerario afortunado de su particular biografía, impuesta por la condición humana de un distinguido comalteco.

 

 

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