Las dulzuras de limbo

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Juan Antonio Rosado - Las dulzuras de limbo
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Viñeta

Juan Antonio Rosado (México, 1964). Narrador, ensayista y crítico literario. Es autor de los libros de ensayo El engaño colorido (2003), Bandidos, héroes y corruptos o nunca es bueno robar una miseria (2001), El presidente y el caudillo (2001) Y En busca de lo absoluto (2000). Colaboró en la realización del Diccionario de literatura mexicana. Siglo xx (2000 y 2004). Ha publicado cuento, ensayo y poesía en más de seis libros colectivos y en más de diez revistas literarias, así como en diversos suplementos culturales. En septiembre de 2000 fue ganador del Premio de Ensayo Juan García Ponce, otorgado por el Instituto de Cultura de la ciudad de México. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) durante los periodos 1997-1998 y 1999-2000. En 2002 obtuvo el grado de doctor en letras con una tesis sobre el erotismo y el misticismo en la obra de García Ponce.

 


Viñeta

 

Juan Antonio Rosado: Las dulzuras del limbo

Armando Pereira

Hace un par de años, con ocasión de la publicación de El presidente y El caudillo, yo señalaba una serie de características de su autor, es decir, Juan Antonio Rosado, que lo convertían en un sólido y convincente ensayista. Entre ellas está su exhaustividad en la investigación, su minuciosidad en el análisis y un afán de totalización del objeto estudiado, todo ello acompañado de una prosa rica, compleja y siempre estimulante. Libros como En busca de lo absoluto (2000), Bandidos, héroes y corruptos o nunca es bueno robar una miseria (2001), El presidente y el caudillo (2001) y El engaño colorido (2003) están ahí para corroborarlo. En todos ellos se evidencia una personalidad obsesivo-compulsiva, que nadie que conozca a Juan Antonio se atrevería seriamente a negar, y que es la que le ha permitido agotar su campo de estudio sin dejar un solo resquicio fuera de su incisiva mirada de ensayista.
        Cuando una fría tarde de noviembre, envuelto en abrigos y bufandas, llevó a mi casa Las dulzuras del limbo, su primer libro de cuentos, en una hermosa y cuidada edición de Editorial Praxis, traté de imaginar, antes de empezar a leerlo, lo que sería esa prosa exhaustiva y minuciosa, pero también tensa y a veces ríspida, en un cuento. Y me alarmé. No me resultaba nada fácil imaginar sus cuentos a través de sus ensayos. A menos de que sus cuentos no fueran sino la ilustración de una idea, llenos de glosas y de citas al pie de página. Afortunadamente, me bastó comenzar a leer el primer relato para darme cuenta que aquí se trataba de otra cosa. En Las dulzuras del limbo, la prosa de Juan Antonio Rosado se relaja, se distiende, con la flexibilidad del acróbata de uno de sus cuentos, para incursionar en zonas o registros distintos, siempre de acuerdo con la materia que trata.
        Ante todo habría que comenzar diciendo que este primer libro de cuentos de Rosado no guarda una unidad temática esencial. El lector acostumbrado a encontrar una línea argumental o estilística que conecte a unos cuentos con otros —la literatura fantástica en Cortázar o Borges, el realismo mágico en García Márquez, por ejemplo—, se sentirá profundamente defraudado. En el libro de Juan Antonio ocurre lo contrario: en su diversidad está su fuerza. El lector nunca sabe, ni logra imaginar, el cuento que vendrá después del que ha leído. Y esa incertidumbre y desconcierto son los que estimulan la lectura hasta la última página. Si un cuento como «Las luces opacas» opera en un registro fantástico, «Florido laude», en cambio, podría figurar con plenos derechos en una antología de ciencia ficción; «Destino de átomos», por su parte, incursiona en la literatura del absurdo, y cuentos como «Higiénica entrega», «El nombre en el espejo» o «Las dulzuras del limbo», este último que da título al libro, exploran un erotismo que debe mucho a Juan García Ponce, un autor al que Juan Antonio Rosado ha dedicado un excelente estudio todavía inédito que espero pronto se vea publicado.
        Creo, como decía antes, que en esta diversidad de registros habita la fuerza de Las dulzuras del limbo, pues en ella el lector podrá encontrar una serie de conductas textuales —el amor, el humor, la parodia, la sensualidad, la intriga, la metafísica— que hacen de la lectura una experiencia siempre distinta y reveladora. Pero si el lector todavía insistiera en encontrar un cierta unidad en este libro, que se le oculta en los temas e incluso en el tratamiento de los temas, sólo podrá encontrarla en la escritura misma, en las cualidades que caracterizan a esa escritura; sólida y al mismo tiempo sutil, segura de sus propios recursos (que son muchos), siempre convincente por su flexibilidad para adaptarse al asunto que trata y, sobre todo, sin transigir nunca con las espurias modas del mercado.
        Son estas las razones que me permiten pensar que si Juan Antonio Rosado, con sus libros anteriores, había alcanzado un lugar destacado en la ensayística mexicana, Las dulzuras del limbo, su primer libro de cuentos, no pasará desapercibido al lector ni a la crítica, pues anuncia a un escritor en pleno dominio de sus recursos, que sin duda tendrá mucho que decir en el actual panorama de la literatura mexicana.

 


Viñeta

José Francisco Mendoza

Un intento de caracterización global de los nueve cuentos que componen el libro Las dulzuras del Limbo (Editorial Praxis, 2003), de Juan Antonio Rosado, podría quedar en estos términos: son historias desarrolladas en espacios urbanos o en sus proximidades, donde actúan seres frustrados o consumidos por la rutina, los cuales, en la mayoría de los casos, encuentran en las relaciones sexuales un paliativo, un escape o una forma de sobrevivir.
        El gran escenario, la pista o la pasarela donde estos seres destrozados por la rutina duerme, deambula, trabaja, estudia, come, se enamora y copula es la ciudad de México y su zona metropolitana. Hay más de una referencia: San Ángel, Plaza San Jacinto, La Merced, Glorieta del Metro Insurgentes, el periférico, carretera Naucalpan-Toluca, Cuatro Caminos, Vía Gustavo Baz, San Rafael y las calles Neutrón, Electrón y Protón del Parque Industrial Naucalpan, donde se ubica la fábrica a la que fueron a buscar trabajo los dos protagonistas de la magistral narración «Destino de átomos». Es la ciudad de México actual y la del futuro, sin el Xochimilco de canales y flores, en la extravagante historia de ciencia ficción «Florido Laude».
        En cuatro de los cuentos, el espacio adquiere relevancia y carácter imprescindible. En «Las luces opacas», las protagonistas pasan de una zona más o menos familiar de matorrales y arbustos amarillentos a otra indefinida e incierta, como su destino. En «Vuelta de paseo», la parte superior de la barda que circunda la azotea de un alto edificio se convierte en el punto desde el cual un oficinista que quiso ser actor provoca asombro y curiosidad. En un fétido y deprimente cuarto de hotel de paso, la prostituta adolescente de «El nombre en el espejo» tiene que tolerar una y otra vez a clientes impotentes, morosos e insolventes. En ese lugar es también donde la intentan acuchillar, donde ella mata y donde, al parecer, piensa seguir representando el mismo papel.
        Una colonia de la zona metropolitana del Distrito Federal, por carecer de señalamientos que permitan entrar a ella, recorrerla y abandonarla, se convierte en la trampa que, en «Destino de átomos», retiene a dos vacacionistas ansiosos de llegar a sus casas.
        En cuanto a los actores, llama la atención que en tres cuentos sean hombres dedicados a labores de oficina y con un fracaso en su vida matrimonial a cuestas. Una misma situación existencial, tres diferentes salidas: uno entabla una relación con una prostituta y la continúa con otra al ser abandonado; ha escogido ir de prostituta en prostituta. Otro, luego de ser abandonado por su amante, recurre al absurdo de exhibirse desde la azotea de un edificio para llenar su hueco existencial. Al tercero le llega un remedio inesperado: una novia de juventud lo invita a participar de una manera muy peculiar en una relación lésbica.
        Los restantes protagonistas no coinciden ni en circunstancias vitales ni en formas de responder a ellas. Por ejemplo, Alma, de «Florido Laude», movida por su amor patológico hacia las plantas, se hace un transplante vegetal de cabeza. Claudia, de «Revelación», a disgusto con todo y con todos, se va de viaje y reanuda la escritura de su diario.
        Excepto las narraciones «Las luces opacas» y «Florido Laude», las restantes siete quedan hermanadas por la alusión al acto sexual o su descripción sucinta o detallada. En una presentación amarillista podría decir que al hojear el libro se oyen jadeos, gemidos y suspiros, o que al voltear cada hoja para continuar con la lectura, la división a la mitad del libro, que separa una y otra nueva página, se transforma momentáneamente en la raya vaginal o en la que divide a los traseros. También podría decir, hablando en el mismo color, que de varias páginas escurre sudor y semen.
        Podría también examinar el carácter erótico de estos pasajes, es decir, la manera artística como se presentan. Sin embargo, lo que voy a hacer es resaltar su carácter de acontecimientos, de acciones trascendentales que inician, mantienen o concluyen la historia que se está contando.
        Tanto en «Higiénica entrega» como en «Vuelta de paseo», los dos oficinistas hacen del coito diario —uno con su amante y el otro con una prostituta—, el sustento para vivir. En cambio, para la prostituta de «El nombre en el espejo», los múltiples coitos cotidianos son lo que la ayuda a sobrevivir.
        En «Revelación», el haber hecho el amor Claudia con Rolfo «como perros en celo» sirve como catalizador para que ella abandone su actitud abúlica, apática y de desgano, y tome las riendas de su aburrida vida. En «Destino de átomos», el predecible acostón que tienen los protagonistas (uno con Amanda y el otro con Vicky) el mismo día en que las conocen, cambia radicalmente la ruta vital por la que hasta entonces transitaban:

Cuando Amanda propuso que fuéramos a su casa, sentí en todo mi ser —y pienso que mi amigo también— una abrupta y salvaje conmoción. No sólo se trataba de la paulatina depauperación que implicaba nuestra nueva circunstancia, sino de una transformación total: convertirse en otros. Fue un sentimiento envolvente del que sólo quise ser llevado por inercia hasta la sorpresa que nos depararían las insalvables consecuencias. El tónico del amor fue consumiendo la neurosis, mientras que el tiempo consumaba la costumbre (p. 95)

        En este terreno de las relaciones que unen historias, hay que destacar similitudes y diferencias entre cuatro cuentos. Tanto en «Las luces opacas» como en «Destino de átomos», los protagonistas regresan de un viaje e inesperadamente quedan atrapados. Mientras que en «Las luces opacas» las protagonistas se extravían en una zona no muy bien identificada y su futuro es incierto, en «Destino de átomos» el espacio es identificable y los protagonistas pueden manipular su futuro, excepto en lo concerniente a salir del lugar.
        En el caso de «Higiénica entrega» y de «El nombre en el espejo», actúan prostitutas con nombres falsos. Si en la primera historia la prostituta cuenta con un cliente de planta al cual abandona, por lo que es sustituida, en «El nombre en el espejo», los clientes son de entrada por salida. Al dejarla tras la consumación del acto, ella tiene que buscar otros. Cuando mata a uno, se ve obligada a cambiar de nombre y de lugar de operaciones para seguir consiguiendo clientela.
        En conclusión, Las dulzuras del Limbo es trabajo de un profesional, no de un aficionado entusiasta. Juan Antonio Rosado refrenda, ahora en narrativa, la capacidad mostrada en obras anteriores. Desde los primeros párrafos de estos cuentos, el lector advertirá el conocimiento y dominio que posee Juan Antonio tanto de las estructuras literarias como de las sintácticas. La muestra más depurada de este dominio es «El nombre en el espejo», cuento construido predominantemente a base de oraciones simples coordinadas, yuxtapuestas o independientes, frases nominales de extensión variable, estilo indirecto libre, oraciones subordinadas de infinitivo sin la subordinante y frases en que se juega con el significado. Cierro el presente texto con un párrafo de «El nombre en el espejo»:

Otra masa sudorosa, tan impersonal como todas, dirige su deseo con el ¿cuánto? en los dientes y el bulto entre las piernas. Una vez más la súplica de pagar al final, pero con la tenaz terquedad de ver y tocar esos senos escondidos, al parecer prominentes. La súplica sólo resonó dos veces. Retirar el sostén y oler la decepción lechosa, los pezones negros, turgentes, estropeados... Siempre es difícil en épocas de lactancia. No hay tiempo para descansar. El niño. La criada que lo cuida... ¿Cuándo acabará esta masa? Quizá cuando la conciencia de Estela haya despertado sobre la breve compañía del novio, las represiones de la madre alcoholizada y los abusos sexuales del padre. Pero el hombre tarda. La ha cambiado de posición cuatro veces. Por atrás, como una esfinge con el pecho sobre la cama y las nalgas paradas. Por arriba. Por abajo. De lado. Dura sequedad burlada por el fluido artificial de aquel envase de plástico sobre la mesita de madera. Si no se viene, que se vaya. Es difícil abstraerse de los tres colores: leche, sangre y semen. El enojo en el semblante colorado y la violenta negativa de pagar. ¿Dinero? ¿Cuál dinero, mi amor? ¡Si no ha pasado nada! Eres mala, mala. Me recuerdas a una muñeca de hule sin vagina vibradora. Eres mala. Un absoluto cinismo. Nunca antes nadie se había rehusado, a pesar de los persistentes fluidos de este cuerpo sin cuerpo. ¿Cómo proteger su trabajo? ¿Qué importa el bebé de la puta envuelta en un caos de líquidos, en una eterna menstruación que desde hace varias semanas la desconcierta porque no la puede explicar?

 


Viñeta

 Cecilia Urbina

Me imagino que el cuento nació el día que un hombre de las cavernas acudió a su imaginación para transformar una anécdota común en algo digno de relatar.Podemos ver laescena; el grupo acuclillado en círculo, el hombre de pie frente al fuego cuya luz acentúa y dramatiza sus rasgos; detrás de él, las sombras como un telón de misterio. Este personaje, quizá un poco actor, un poco dilettante, empieza a describir con detalle la salida en la madrugada, la neblina, los pasos escurridizos de los animales entre la maleza, la ola de pánico al oír un ruido mayor, los latidos del corazón que se aceleran ante la cercanía de la presa. De la oscuridad, sus palabras conjuran paisaje, sonido, sensaciones; los rostros expectantes del público, las miradas atentas, lo estimulan a ser cada vez más creativo, a construir un escenario que poco a poco deja atrás la realidad y se convierte en ficción. El hecho es fidedigno: hubo una búsqueda, un encuentro y una muerte. Pero cada huella sobre la tierra húmeda, cada tallo roto, se convierten en materia de deducción; cada murmullo, en amenaza. La víctima no es un pobre roedor amedrentado, sino una bestia potencialmente mortal. Y la aventura no se resuelve con un mazazo y un grito, se alarga, involucra una lucha sorda, peligro, el esfuerzo valeroso para sobreponerse al adversario. La evidencia, el escuálido animalejo que se dora sobre las brasas, ya no tiene importancia: la imaginación lo ha convertido en un gran trofeo. Todos se retiran a sus cuevas, hambrientos, pero con un suspiro de añoranza; esa noche han atisbado las posibilidades de lo heroico. El relator ha construido una imagen; ha nacido el cuento. Si la presa hubiera sido un mamut, habría nacido la epopeya.
        Todos inventamos cuentos. Es irresistible magnificar

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