Cuentos crueles

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Eduardo Rojas Rebolledo - Cuentos crueles
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Viñeta

Marcela Solís-Quiroga
 
Reseña publicada en La Cultura en México, de la revista Siempre!, 2767, año LIII, México, 25 de junio, 2006, p. 71

 

CUENTOS CRUELES

Escribir acerca de los asuntos más oscuros y tristes de la vida, como la muerte, la fealdad, lo grotesco y todo aquello que causa repulsión, asco y temor se ha convertido para muchos en una tradición cuyos orígenes se remontan a siglos antes del manifiesto estético de Víctor Hugo. Baste recordar algunos textos medievales profanos que aluden a la parte más excrementicia del ser humano y la veta escatológica de muchos textos de los siglos de oro español. En fin, abordar temas como la fealdad, la muerte, la prostitución y la mierda no resulta nada original; sin embargo, el tratamiento de estos tópicos bien puede sorprendernos si el escritor se lo propone. En el caso de los Cuentos crueles (Editorial Praxis, 2004), de Eduardo Rojas Rebolledo, el lector puede percibir una gran espontaneidad narrativa, una naturalidad en la escritura que se aleja de cualquier adorno lingüístico y que le proporciona fluidez a la lectura. Este estilo llano, no telegráfico sino perfectamente cohesionado, nos deja seguir al dedillo la trama cáustica e hiriente de distintas anécdotas. En los cuentos de Rojas Rebolledo, la crueldad no es sinónimo de insensibilidad o impiedad, aunque sí de crudeza. El primer cuento, titulado «Las hermanas Reichenbach», trata sobre un tema de actualidad: el espectáculo de las operaciones quirúrgicas. En la televisión es frecuente ver programas de salud en los que se transmiten fragmentos de cesáreas, intervenciones quirúrgicas estéticas, historias de pacientes críticos con enfermedades como el sida o de carácter genético, etcétera. Este tipo de programas, accesibles a casi cualquier persona, hacen de la enfermedad un espectáculo, lo que no resulta extraño si recordamos que hasta la misma guerra se ha convertido en una serie televisiva. En «Las hermanas Reichenbach» no podía faltar, además del espectáculo de la operación de estas hermanas siamesas, el factor morboso y grotesco: el embarazo de una de ellas y el fracaso de la operación. El segundo cuento, «Fue en la casona de la señora Schuschnigg», es un relato totalmente escatológico; narra la historia de un hombre que al oler mierda puede identificar cada uno de los componentes de ella, desde el ingrediente más mínimo de la comida digerida hasta el estado de ánimo de quien lo consumió.
        El tercer relato, «La fea Krimilda y el ciego Johanns», es un cuento demasiado humano. Con el antecedente de la novela realista de Benito Pérez Galdós, Marianela, nos enfrentamos al texto de Rojas Rebolledo con una mirada poco inocente. No obstante, el cuento se nos presenta con una intensidad concentrada y un enigma por resolver: ¿Qué había sucedido en la casa de la sra. Krimilda? La respuesta, aunque un tanto predecible, es un reflejo del miedo humano al cambio, al devenir; es la encarnación del egoísmo y de la crueldad más severa: anular la libertad del otro de decidir sobre su propia vida.
        Así como los relatos descritos, hay otros igualmente interesantes, y alguno de corte naturalista, lo que hace de este volumen, no un libro de ruptura, sino de continuidad: la continuidad de la tradición que ha encontrado en lo más repulsivo del ser humano un medio de autoconocimiento.

 

 

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